Parte 1.
Tocamelones abrió una pitillera y extrajo una piruleta, de melocotón para más señas. Le arrimó lumbre mientras aspiraba con fuerza. La primera bocanada le supo a lata de melocotón en almíbar recién salida del microhondas. Ofreció a Tomás, que rehusó el experimento tabaquil con un leve gesto manual y unas ganas horrendas de salir corriendo.
-Según me ha contando Alfredo, los chivatos de la oposición le han sacado unos trapillos sucios.
-Así es.
-La construcción de un campo de fútbol en la serranía por ejemplo.
-Desagradecidos que son –escupió mentalmente Tomás sobre el antiguo compañero de partido que, deseoso de poltrona, había fundado un partido independiente y era su principal rival – les invité a la inauguración del campo y en vez de agradecérmelo, empezaron a gritar desde el palco que la pelota siempre iba a córner, que si el campo estaba volcado...Me hicieron cerrarlo, mire usted.
-Nada nada, chalados, chaladísimos todos –acompañó la acusación con un leve tamborileo sobre la mesa, creando insconcientemente un posible hit de verano condenado a morir entre aquellas cuatro paredes – Además le han chafado el negocio de una urbanización creo.
-Un disgusto, media familia colocada ya y viene uno de la oposición, no se si lo conocerá, uno con gafas.
-¡Huy!, los que llevan gafas son los peores. Ven menos y se fijan más en las cosas.
-Ese mismo, pues bien, llamó a su tío en el Supremo y ya ve, los albañiles no almorzaron en la obra aquel día.
-¡Añoro los viejos tiempos amigo!, esos tiempos en que las normas se hacían a medida que las necesitábamos y las maquillábamos sin dar aviso a nadie –dijo Tocamelones reclinándose en el sillón de cuero y cruzando las manos tras la cabeza, con cuidado de no derribar la corona de princesa que remataba su figura.
-Diga usted que sí.
-Que sí.
-¿Cómo ve usted el caso?
-Vamos a ver. En mi opinión profesional lo primero que debería hacer es salvaguardar el dinero oculto, por decirlo de alguna manera. Lo suyo lo veo bastante regular, pero con suerte le condenarán solo a diez años, de los cuales se rebajarán seis por buena conducta, uno por ir peinado a raya y seis meses si logramos que la sentencia salga en martes. Los martes hay oferta.
-¡En la cárcel!, ¡Madre mía!
-No se amohine, esto no son las prisiones de las películas. Aquí tiene usted agua caliente, televisión por salétite, tres comidas al día y excursiones al Escorial una vez al mes.
-Bueno, eso me tranquiliza, aún así... –a Tomás las gotas de sudor le corrían columna vertebral abajo.
-Nada nada, lo importante es que al salir de allí pueda usted disfrutar de sus dineros.
-Tiene razón. Un concejal corrupto es difícil que encuentre trabajo...¿he dicho corrupto?...bueno...presuntamente supuesto.
-Algún sitio hay, ya le contaré. En fin. ¿Dónde esconde su dinero?
-Hombre...no se yo si fiarme....
Tomás miró detenidamente a Tocamelones. Un hombre ya en el segundo tiempo de su vida, de carnes descolgadas, pintas estrafalarias y ojos excéntricos. Desde pequeño Tomás no había sido demasiado inteligente, característica tendente al empeoramiento tras pasar los años de pubertad. La prueba empírica de su falta de seso era evidente: era el único al que habían pringado en el asunto. Juntó sus manos, rogó al dios de los estafadores y confió ciegamente en que la locura del abogado con pinta de luchador de sumo jubilado salvaguardara su sucia fortuna
Una prueba más de su estupidez supina.
-Están en Badajoz. En un parquecito de las afueras, bajo una palmera en forma de uve doble. –remató con un leve suspiro.
-Muy astuto por su parte.
-Gracias, me pedían muchos papeles para ingresarlos en las Islas Caimán. Le pedí a mi cuñado una pala y listo.
-Claro claro...bien, lo primero es que vaya usted a por esos millones.
-Pues sí, iré hoy mismo.
-¡Pero cuidado! –advirtió Tocamelones tirándose sobre la mesa y agarrando por los antebrazos a un asustado Tomás, logrando dejar un churrete de sudor sobre la madera con aspiraciones nobles –si va a cara descubierta, de día y por carretera levantará sospechas.
-¡Qué astucia!, ¿Qué debo hacer entonces?
-Parta este anochecer. Hágalo solo. No utilice vehículo a motor o a tracción animal alguno. Viaje a pie a través de las montañas. Vista de manera desgarbada, no se afeite, coma lo que el camino le brinde y no revele a nadie su identidad.
-No...no sé si podré...-dudó Tomás aún sujeto por el abogado.
-¡Hágalo!. No por usted, no por su familia. Hágalo por los que en este país vemos la política como moneda de cambio para nuestros caprichos.
-De acuerdo. Así lo haré.-accedió emocionado.
Ambos se levantaron. El abogado se acomodó el pañal de sumo con la misma mano que apoyó en la espalda de Tomás. Ya en la puerta del despacho Tocamelones abrazó con cariño al concejal, levantándolo del suelo un par de palmos. Tras dejarlo en el suelo le susurró al oído : “nos veremos en cincuenta y cinco días en Pekín”.
Tomás se despidió apresuradamente de Alfredo, partiendo hacia la aventura. Este y Tocamelones lo vieron partir desde el balcón pañuelo blanco en ristre y con cara de circunstancia. El abogado bajó las persianas y señaló el asiento a Alfredo.
-¿Cómo ha ido? –dijo acomodándose.
-El dinero lo ha enterrado el muy cazurro bajo una palmera en un parque de Badajoz.
-Será idiota. – se maldijo a sí mismo por no haberlo descubierto solo -¿Cuánto tiempo tenemos?
-Si sigue las instrucciones al pie de la letra, y viendo su condición física, pasarán por lo menos quince días antes de su llegada a Badajoz. Ponle un día más para cavar y otro para calmarse del berrinche. No empezará a buscarnos antes de veinte días...si se da cuenta de que hemos sido nosotros, claro.
-Lo que nos dará tiempo a andar ya por...
-Sebastopol.
-Estupendo. Tengo el coche abajo.
-Espera que me cambie, ¿no querrás que baje a la calle con estas pintas?
-No hombre no. Y ten cuidado con la diadema, es de la comunión de la niña y como la rompas vamos listos con mi mujer.
-Además no querrás creer lo que me tira de la sisa el calzón este.
-Tampoco hace falta que me des muchos detalles. Te espero fuera.
Alfredo se paró en la puerta. Tocamelones depositaba la diadema con cuidado sobre el escritorio. Ambos cruzaron miradas esquivando las motas de polvo que danzaban por el despacho alquilado.
-Dime que hacemos lo correcto.
-Hacemos lo correcto primo.
-Por cierto, lo que me contabas de tu pato...
-Si hijo, sigue sin comer.
-A ver si llevándotelo de viaje y con el cambio de aires...
-A ver hijo, a ver.
Ambos contemplaron el primoroso retrato del pato de Tocamelones presidiendo el despacho.
viernes, 12 de agosto de 2011
miércoles, 27 de julio de 2011
LO PONDRÉ EN MANOS DE TOCALEMONES. ( PARTE 1)
El voluminoso utilitario aún mantenía el motor en marcha, petardeando y bombeando gasoil, ya saben, las típicas cosas para las que está preparado un motor. Alfredo interrogaba con la vista a Tomás, alto funcionario electo de un municipio dotado de mar, para mayor uso y disfrute de constructoras diversas, algunas de las cuales estaban bajo sospecha judicial.
La mayoría no eran sospechosas, ya habían sido declaradas culpables de delitos económicos a cual más escabroso.
Alfredo apagó el motor. Sacó las llaves del contacto y se las guardó en la chaqueta.
-Mira Tomás, si no estás seguro, no lo hacemos. Nos buscamos otro abogado.
-No no, si no es que desconfíe de ti ni de ese abogado que conoces.
-¿Entonces?
-Tú sabes lo que me estoy jugando.
-¡Anda hombre, qué exagerado eres!. Con las leyes como están...parece mentira que tengas tanto miedo.
-¿Qué van a pensar mis allegados? ¿Qué será de mi prestigio?
-No hay nada mejor cimiento para un nuevo prestigio que los fajos de billetes esos que tú y yo sabemos que tienes guardado.
-Cállate, pueden haberte puesto micrófonos en el coche.
-¡Estás paranoico perdido Tomás! –dijo Alfredo alzando la mano derecha, recordando, en cierto modo, los modos y maneras de moverse de un lanzador de bolos ocasional.
-Son concejal y estoy como me da la gana.
Subieron al primer piso de aquel edificio en la esquina de un callejón del casco antiguo que merecía algo más de atención por su papel histórico: se dice que pasaron por allí los Reyes Católicos en la reconquista de la ciudad, aunque fue al equivocarse en un cruce. Cinco plantas de oficinas semiruinosas, conservadas al vacío desde su construcción allá por los 60, cuando las cosas se hacían sin pedir permiso y nadie venía a rechistarte.
Pulsaron el antiguo timbre de plástico. Analia les abrió la pesada puerta de madera ejercitando los biceps, los cuadriceps o algunos de esos. La secretaria del recomendadísimo abogado Tocamelones era alta como su padre e hirsuta como su madre. Avanzaron hasta la sala de espera, intentando no maltratar demasiado el despegado suelo enmoquetado con hule adhesivo tono marrón liviano. Alfredo releyó una revista del corazón con quince años de antigüedad según el carbono 14. Tomás no tenía el ánimo para gaitas.
El impacto visual fue terrible. Entraron en el despacho. Tocamelones vestía calzoncillo azul de sumo y diadema de princesa a juego. El torso desnudo estaba adornado con un colgante extraido de pastelito infantil. En el cromo aparecía el hijo que tendrían spiderman y godzilla, si este cruze genético fuera posible.
Tomás se agarró con fuerza a la chaqueta de Alfredo, descuandrándole una hombrera. Solo le faltó morderle o hacer palanca con los pies para no entrar. Tomás confiando lo introdujo hasta el fondo, justo como en un parto con forceps...pero al revés.
Vaya porquería de metáfora.
El ex concejal adepto a la filosofía “una zona verde sin urbanizar está muy fea” asistía estupefacto al espectáculo. El abogado, un señor mayor, con pintas más que vergonzantes, sobre el que recaería la tarea de ayudarlo a no pisar las losetas de la prisión Jacinto 6.
-¿Qué tal Tocamelones? –Alfredo abrió fuego.
-Fatal hijo, el pato sigue sin comerme nada.
-Paciencia, que ya se sabe que los patos a esa edad son difíciles.
-En fin, ¿este es don Tomás?
-Este es, sí. Tomás, a este señor ya le he puesto yo en antecedentes.
-No se preocupe, estos tíos están chalados.- pronunció henchido Tocamelones, bajando los párpados imitando una pose sugerente que había visto en una peli de la Garbo.
-¿A qué tios se refiere? –se interesó sinceramente Tomás Golindres, antiguo alcaldable.
-A la justicia, a los jueces, a los estanqueros, a todos. Tooodos están chalados. –remató la acusación global realizando veloces aspavientos con ambos miembros superiores.
-Tú haz caso de este hombre, que es un profesional...A mí me sacó de un lío...¿te acuerdas Tocamelones?
-Vaya que si me acuerdo. Un problema con la inseguridad social de agarrate que vienen curvas. Y al final ya ves...¿has visitado a Alfredo en la cárcel?
-No que yo recuerde –contestó Tomás.
-Claro, eso es porque no ha estado. O porque no eres su amigo de verdad. ¿Una pera? –dijo Tocamelones, ofreciendo la citada fruta a Tomás recién extraida del tercer cajón de la derecha, traicionando a parte de su apellido.
-No no...es que el problema que tengo me tiene fatal el estómago.
-Bueno, yo os dejo hablar de vuestras cosas –dijo Alfredo levantándose.- Estoy fuera terminando de releerme el Hola.
Alfredo cerró la puerta del despacho a sus espaldas una vez fuera de este. De lo contrario la habría cerrado estando el dentro, dando pie a una situación bastante absurda. La atmósfera era pesada, ominosa, como si cuarenta años de historia andaran reptando por las paredes. La ilustración de un ciervo en un calendario estancado en junio del año de naranjito taladraba la frente del concejal en apuros. El jesucristo metálico en la cruz clavada en mármol le miraba desde la mesa de Tocamelones. Levantaba los hombros y parecía decirle :”no te quejes, peor es lo mío que llevo en esta mesita casi medio siglo en la misma postura”.
La mayoría no eran sospechosas, ya habían sido declaradas culpables de delitos económicos a cual más escabroso.
Alfredo apagó el motor. Sacó las llaves del contacto y se las guardó en la chaqueta.
-Mira Tomás, si no estás seguro, no lo hacemos. Nos buscamos otro abogado.
-No no, si no es que desconfíe de ti ni de ese abogado que conoces.
-¿Entonces?
-Tú sabes lo que me estoy jugando.
-¡Anda hombre, qué exagerado eres!. Con las leyes como están...parece mentira que tengas tanto miedo.
-¿Qué van a pensar mis allegados? ¿Qué será de mi prestigio?
-No hay nada mejor cimiento para un nuevo prestigio que los fajos de billetes esos que tú y yo sabemos que tienes guardado.
-Cállate, pueden haberte puesto micrófonos en el coche.
-¡Estás paranoico perdido Tomás! –dijo Alfredo alzando la mano derecha, recordando, en cierto modo, los modos y maneras de moverse de un lanzador de bolos ocasional.
-Son concejal y estoy como me da la gana.
Subieron al primer piso de aquel edificio en la esquina de un callejón del casco antiguo que merecía algo más de atención por su papel histórico: se dice que pasaron por allí los Reyes Católicos en la reconquista de la ciudad, aunque fue al equivocarse en un cruce. Cinco plantas de oficinas semiruinosas, conservadas al vacío desde su construcción allá por los 60, cuando las cosas se hacían sin pedir permiso y nadie venía a rechistarte.
Pulsaron el antiguo timbre de plástico. Analia les abrió la pesada puerta de madera ejercitando los biceps, los cuadriceps o algunos de esos. La secretaria del recomendadísimo abogado Tocamelones era alta como su padre e hirsuta como su madre. Avanzaron hasta la sala de espera, intentando no maltratar demasiado el despegado suelo enmoquetado con hule adhesivo tono marrón liviano. Alfredo releyó una revista del corazón con quince años de antigüedad según el carbono 14. Tomás no tenía el ánimo para gaitas.
El impacto visual fue terrible. Entraron en el despacho. Tocamelones vestía calzoncillo azul de sumo y diadema de princesa a juego. El torso desnudo estaba adornado con un colgante extraido de pastelito infantil. En el cromo aparecía el hijo que tendrían spiderman y godzilla, si este cruze genético fuera posible.
Tomás se agarró con fuerza a la chaqueta de Alfredo, descuandrándole una hombrera. Solo le faltó morderle o hacer palanca con los pies para no entrar. Tomás confiando lo introdujo hasta el fondo, justo como en un parto con forceps...pero al revés.
Vaya porquería de metáfora.
El ex concejal adepto a la filosofía “una zona verde sin urbanizar está muy fea” asistía estupefacto al espectáculo. El abogado, un señor mayor, con pintas más que vergonzantes, sobre el que recaería la tarea de ayudarlo a no pisar las losetas de la prisión Jacinto 6.
-¿Qué tal Tocamelones? –Alfredo abrió fuego.
-Fatal hijo, el pato sigue sin comerme nada.
-Paciencia, que ya se sabe que los patos a esa edad son difíciles.
-En fin, ¿este es don Tomás?
-Este es, sí. Tomás, a este señor ya le he puesto yo en antecedentes.
-No se preocupe, estos tíos están chalados.- pronunció henchido Tocamelones, bajando los párpados imitando una pose sugerente que había visto en una peli de la Garbo.
-¿A qué tios se refiere? –se interesó sinceramente Tomás Golindres, antiguo alcaldable.
-A la justicia, a los jueces, a los estanqueros, a todos. Tooodos están chalados. –remató la acusación global realizando veloces aspavientos con ambos miembros superiores.
-Tú haz caso de este hombre, que es un profesional...A mí me sacó de un lío...¿te acuerdas Tocamelones?
-Vaya que si me acuerdo. Un problema con la inseguridad social de agarrate que vienen curvas. Y al final ya ves...¿has visitado a Alfredo en la cárcel?
-No que yo recuerde –contestó Tomás.
-Claro, eso es porque no ha estado. O porque no eres su amigo de verdad. ¿Una pera? –dijo Tocamelones, ofreciendo la citada fruta a Tomás recién extraida del tercer cajón de la derecha, traicionando a parte de su apellido.
-No no...es que el problema que tengo me tiene fatal el estómago.
-Bueno, yo os dejo hablar de vuestras cosas –dijo Alfredo levantándose.- Estoy fuera terminando de releerme el Hola.
Alfredo cerró la puerta del despacho a sus espaldas una vez fuera de este. De lo contrario la habría cerrado estando el dentro, dando pie a una situación bastante absurda. La atmósfera era pesada, ominosa, como si cuarenta años de historia andaran reptando por las paredes. La ilustración de un ciervo en un calendario estancado en junio del año de naranjito taladraba la frente del concejal en apuros. El jesucristo metálico en la cruz clavada en mármol le miraba desde la mesa de Tocamelones. Levantaba los hombros y parecía decirle :”no te quejes, peor es lo mío que llevo en esta mesita casi medio siglo en la misma postura”.
martes, 5 de julio de 2011
ECHANDO EL RESTO. ( PARTE 2 )
Parte 1 aquí.
Resumen de lo anterior.
Un problema acucia al presidente del Banco Mundial. Uno de sus subordinados lo pone en su conocimiento.
Miró fijamente a Anthony. Aparte de las siglas, la nomeclatura y los términos, había algo que no le terminaba de encajar. Su actitud, la firmeza y el tono de voz parecían ir más allá de un consejo de amigo.
-Por...por supuesto, te recuerdo que soy el presidente del Banco Nacional.
-Mundial.
-Mundial, sí, Mundial quería decir. Estoy algo nervioso. Yo redacté ese informe, estamos de acuerdo. Puedo haber cometido algún fallo de estimación...o...alguno de los informes de externos podía estar mal...¡claro!, probablemente sea eso – se autopalmeó la espalda al cargar el muerto a hombros de un hipotético tercero.
-Probablemente Jean. Pero verás, he repasado las cifras y he dado con el error.
-¿El error?
-Si miras con atención la columna veintiseis-efe, verás lo que te comento.
El nerviosismo hacía bailar las columnas un romántico vals vienés. La dichosa columna parecía esconderse tras el cortinaje del salón de baile y creyó encontrarla en un par de ocasiones, antes de que su propio sudor le jugara una mala pasada e inundara el ojo derecho. Tras unos gelatinosos minutos, demasiados observando la expresión de Anthony, las pupilas de Jean llegaron a su destino. Inspeccionaron las cifras con una atención inaudita en el desempeño de su cargo.
-Perdona Anthony...serán las gafas...pero no doy...
-Jean, cifra treinta y seis. Es incorrecta.
-Oh, la treinta y seis...claro...
-Cualquiera diría – Anthony adelantó el cuerpo y bajó la voz –que no sabes restar.
Jean habría preferido recibir un tiro. Quizás no, pero en aquel momento casi habría firmado con el tampón escondido en la tercera cajonera de su mesa cambiar la herida por la vergüenza. Tras el aturdimiento comprendió: quiere mi puesto.
Pero ya era tarde, su ejército de excusas se batía en retirada. Su capital estaba sitiada y su coronel estaba aún más asustado que el. Y Jean, recurrió a la respuesta más lógica demostrando su humanidad.
-¡Eso es mentira! –nada más humano que la mentira -¡quieres descalificarme maldito embustero! – y el insulto.
-No tienes por qué preocuparte Jean. Sabré arreglarlo.
-¡Por supuesto que lo arreglarás, es tú trabajo!. Reúnete con los técnicos y vuelve con el asunto solucionado. –señaló al lado contrario de la puerta, corrigiendo el rumbo de su índice rezando por que Anthony no lo hubiera notado.
-A la hora de comer lo tendrás en tu mesa. – lo había notado.
En la representación de la Rendición de Breda podemos observar dos tipos de lanzas. Unas se alzan orgullosas al cielo, mientras que los vencidos no las dejan caer a duras penas. La figura de Anthony recordaba a las primeras.
El guiñapo arrugado en el sillón presidencial, a las segundas. Sin embargo, y en su condición de vencido y humillado, Jean no se privó de intentar caer un poco más bajo, aunque tuviera que nadar estilo mariposa en el fango de su trinchera.
- Y Anthony...
- ¿Sí? – preguntó enarcando las cejas y con sonrisa de villano.
- No comentes esto con nadie.
- Tranquilo. Quedará entre nosotros. Ya me devolverás el favor.
Salió del despacho habiendo vencido al regente. El león joven de la manada se había asegurado el puesto de lider. Era cuestión de tiempo.
El pobre Jean secó el sudor de su frente con uno de los documentos de la mesa. Abriendo los ojos, se lo apartó de la cara, lo extendió y lo planchó a mano sin vapor. Tras unos segundos de mirar el paisaje a través de las persianas de láminas y poner cara de preocupación para un público ausente, abrió el tercer cajón de su escritorio. Sacó un breve tratado de economía. De su interior extrajo una cartilla de recuperación veraniega de matemáticas para alumnos de cuarto. Con un lápiz blando con goma incorporada se puso a trabajar en su carencia con las restas.
Prefirió dejar pendiente el preocuparse por aprender a multiplicar con dos cifras.
Resumen de lo anterior.
Un problema acucia al presidente del Banco Mundial. Uno de sus subordinados lo pone en su conocimiento.
Miró fijamente a Anthony. Aparte de las siglas, la nomeclatura y los términos, había algo que no le terminaba de encajar. Su actitud, la firmeza y el tono de voz parecían ir más allá de un consejo de amigo.
-Por...por supuesto, te recuerdo que soy el presidente del Banco Nacional.
-Mundial.
-Mundial, sí, Mundial quería decir. Estoy algo nervioso. Yo redacté ese informe, estamos de acuerdo. Puedo haber cometido algún fallo de estimación...o...alguno de los informes de externos podía estar mal...¡claro!, probablemente sea eso – se autopalmeó la espalda al cargar el muerto a hombros de un hipotético tercero.
-Probablemente Jean. Pero verás, he repasado las cifras y he dado con el error.
-¿El error?
-Si miras con atención la columna veintiseis-efe, verás lo que te comento.
El nerviosismo hacía bailar las columnas un romántico vals vienés. La dichosa columna parecía esconderse tras el cortinaje del salón de baile y creyó encontrarla en un par de ocasiones, antes de que su propio sudor le jugara una mala pasada e inundara el ojo derecho. Tras unos gelatinosos minutos, demasiados observando la expresión de Anthony, las pupilas de Jean llegaron a su destino. Inspeccionaron las cifras con una atención inaudita en el desempeño de su cargo.
-Perdona Anthony...serán las gafas...pero no doy...
-Jean, cifra treinta y seis. Es incorrecta.
-Oh, la treinta y seis...claro...
-Cualquiera diría – Anthony adelantó el cuerpo y bajó la voz –que no sabes restar.
Jean habría preferido recibir un tiro. Quizás no, pero en aquel momento casi habría firmado con el tampón escondido en la tercera cajonera de su mesa cambiar la herida por la vergüenza. Tras el aturdimiento comprendió: quiere mi puesto.
Pero ya era tarde, su ejército de excusas se batía en retirada. Su capital estaba sitiada y su coronel estaba aún más asustado que el. Y Jean, recurrió a la respuesta más lógica demostrando su humanidad.
-¡Eso es mentira! –nada más humano que la mentira -¡quieres descalificarme maldito embustero! – y el insulto.
-No tienes por qué preocuparte Jean. Sabré arreglarlo.
-¡Por supuesto que lo arreglarás, es tú trabajo!. Reúnete con los técnicos y vuelve con el asunto solucionado. –señaló al lado contrario de la puerta, corrigiendo el rumbo de su índice rezando por que Anthony no lo hubiera notado.
-A la hora de comer lo tendrás en tu mesa. – lo había notado.
En la representación de la Rendición de Breda podemos observar dos tipos de lanzas. Unas se alzan orgullosas al cielo, mientras que los vencidos no las dejan caer a duras penas. La figura de Anthony recordaba a las primeras.
El guiñapo arrugado en el sillón presidencial, a las segundas. Sin embargo, y en su condición de vencido y humillado, Jean no se privó de intentar caer un poco más bajo, aunque tuviera que nadar estilo mariposa en el fango de su trinchera.
- Y Anthony...
- ¿Sí? – preguntó enarcando las cejas y con sonrisa de villano.
- No comentes esto con nadie.
- Tranquilo. Quedará entre nosotros. Ya me devolverás el favor.
Salió del despacho habiendo vencido al regente. El león joven de la manada se había asegurado el puesto de lider. Era cuestión de tiempo.
El pobre Jean secó el sudor de su frente con uno de los documentos de la mesa. Abriendo los ojos, se lo apartó de la cara, lo extendió y lo planchó a mano sin vapor. Tras unos segundos de mirar el paisaje a través de las persianas de láminas y poner cara de preocupación para un público ausente, abrió el tercer cajón de su escritorio. Sacó un breve tratado de economía. De su interior extrajo una cartilla de recuperación veraniega de matemáticas para alumnos de cuarto. Con un lápiz blando con goma incorporada se puso a trabajar en su carencia con las restas.
Prefirió dejar pendiente el preocuparse por aprender a multiplicar con dos cifras.
viernes, 24 de junio de 2011
ECHANDO EL RESTO.
A las instalaciones del Banco Mundial se accede por medio de una calle asfaltada como cualquier otra. Es más, se puede encontrar alguna tapa de alcantarilla desnivelada con respecto al firme. Parece increíble: el centro de designios macroeconómicos mundial tiene una entrada de estética bastante descuidada. Pero hay algo que es conveniente saber: en esto el ayuntamiento de la localidad manda más que la citada institución.
Los ayuntamientos tienden a tener más voz y voto en bastantes más asuntos de los que se podría sospechar.
Calificaciones de pavimento aparte, era un día como otro cualquiera, con sus veinticuatro horas, sus periódicos y sus nubes por el cielo. Jean Baptiste, presidente de turno y con una procedencia vallisoletana traicionada por su nombre de origen franco-húngaro, disfrutaba de una placentera mañana de control financiero de medio globo terráqueo en su poltrona de imitación de piel: el presupuesto no daba para gastos superfluos.
Además estaba su mujer: firme defensora de los derechos de los animales. Cualquiera ponía el pellejo de un bicho difunto para acoplar las posaderas.
Jean pasaba adelante y atrás unos informes sobre su mesa. Ayudado por el pulgar dejaba ir en cascada las páginas repletas de datos sesudos, dejando transcurrir la mañana y aparentando tener tarea para rato. Anthony Reis, director de cuatro mesas del despacho contiguo, con un cargo dificilmente memorizable y furibundo defensor de la cacería del zorro en motocicleta con sidecar, golpeó enérgicamente la puerta del despacho de Jean. Perdida la cuenta de minutos transcurridos sin hacer “ni el huevo”, y en pos del compañerismo y las buenas maneras, le dio permiso para entrar al despacho tras descolgar el teléfono atendiendo a una llamada inexistente de un interlocutor mudo.
Anthony portaba una ristra de documentos. No era buena señal.
-Ajá...sí, entiendo...no puede seguir con el proyecto sin mi consentimiento –Jean seguía con su conversación fingida, intentando no perder el hilo y señalando una silla a Anthony. – Bueno, me parece correcto que lo hagan así...sí, de acuerdo, buenas tardes.
-¿Te pillo en mal momento? –parecía irritado y colocaba los documentos rosados entre los dos, como un árbitro.
-Puedo dedicarte unos minutos. Tengo una reunión importante pero me esperarán – su vejiga podía aguantarse las ganas cinco minutos.
-Hay un problema. Un problema bastante grave.
-Cuéntame.
-Tiene que ver con los presupuestos de fondos de inflación variable del último semestre contabilizado. Verás, el coeficiente desviatorio está equivocado.
-Comprendo –mintió – Y estoy de acuerdo, pinta mal.
-El porcentaje del coeficiente es escandaloso Jean.
-Ajá – “aquí no usamos el nombre de pila en vano” se dijo – sí, es preocupante tal y como dices.
-Échale un vistazo tú mismo.
Recogió los folios salmón de manos de su compañero. Se ajustó las gafas de media distancia. Leyó las dos primeras columnas, le sobrevino el aburrimiento, dejó transcurrir unos segundos y pasó páginas hasta encontrarse con un gráfico, de lectura algo más agradecida. Con una mano en la barbilla y la expresión vista a un actor en una película en la que interpretaba al jefe de misión de un desastroso de transbordador espacial, ejercitó alguna mueca de disgusto.
-Esto...esto es un ultraje Anthony. No es posible.
-No podías quedarte al margen.
-Debemos solucionarlo –Jean buscaba respuestas premeditadas a futuras preguntas.
-Correcto.
-Y después, buscar al responsable.
-Verás Jean...este informe...lo redactaste tú.
Una pelota de tenis aparcó bajo su nuez. Perdiendo el contraste en su piel y la serenidad de sus terminaciones nerviosas, Jean buscó su firma en el informe. La encontró donde debía estar: justo al final y sobre una linea de puntos traicioneros. Estaba en un aprieto, aún en su papel de prestigioso economista y presidente inmaculado del Banco Mundial.
-Ha debido ser un error...no comprendo...
-Esto nos pone a todos en una situación comprometida.
-Pero...-el niño pequeño interior de Jean estaba encerrado en el armario sin saber por qué travesura - ¿puede arreglarse?
-La interanual fiscal está emitida. Los compromisos y las estimaciones se han realizado respecto a estas cifras. No hay marcha atrás.
-Estimaciones...verás, no te sigo. – su vejiga le avisó de que, quizá, esos cinco minutos serían demasiados.
-Jean, entre nosotros, ¿sabes de qué va esto?
(este aprieto continuará y concluirá en la siguiente entrega).
Los ayuntamientos tienden a tener más voz y voto en bastantes más asuntos de los que se podría sospechar.
Calificaciones de pavimento aparte, era un día como otro cualquiera, con sus veinticuatro horas, sus periódicos y sus nubes por el cielo. Jean Baptiste, presidente de turno y con una procedencia vallisoletana traicionada por su nombre de origen franco-húngaro, disfrutaba de una placentera mañana de control financiero de medio globo terráqueo en su poltrona de imitación de piel: el presupuesto no daba para gastos superfluos.
Además estaba su mujer: firme defensora de los derechos de los animales. Cualquiera ponía el pellejo de un bicho difunto para acoplar las posaderas.
Jean pasaba adelante y atrás unos informes sobre su mesa. Ayudado por el pulgar dejaba ir en cascada las páginas repletas de datos sesudos, dejando transcurrir la mañana y aparentando tener tarea para rato. Anthony Reis, director de cuatro mesas del despacho contiguo, con un cargo dificilmente memorizable y furibundo defensor de la cacería del zorro en motocicleta con sidecar, golpeó enérgicamente la puerta del despacho de Jean. Perdida la cuenta de minutos transcurridos sin hacer “ni el huevo”, y en pos del compañerismo y las buenas maneras, le dio permiso para entrar al despacho tras descolgar el teléfono atendiendo a una llamada inexistente de un interlocutor mudo.
Anthony portaba una ristra de documentos. No era buena señal.
-Ajá...sí, entiendo...no puede seguir con el proyecto sin mi consentimiento –Jean seguía con su conversación fingida, intentando no perder el hilo y señalando una silla a Anthony. – Bueno, me parece correcto que lo hagan así...sí, de acuerdo, buenas tardes.
-¿Te pillo en mal momento? –parecía irritado y colocaba los documentos rosados entre los dos, como un árbitro.
-Puedo dedicarte unos minutos. Tengo una reunión importante pero me esperarán – su vejiga podía aguantarse las ganas cinco minutos.
-Hay un problema. Un problema bastante grave.
-Cuéntame.
-Tiene que ver con los presupuestos de fondos de inflación variable del último semestre contabilizado. Verás, el coeficiente desviatorio está equivocado.
-Comprendo –mintió – Y estoy de acuerdo, pinta mal.
-El porcentaje del coeficiente es escandaloso Jean.
-Ajá – “aquí no usamos el nombre de pila en vano” se dijo – sí, es preocupante tal y como dices.
-Échale un vistazo tú mismo.
Recogió los folios salmón de manos de su compañero. Se ajustó las gafas de media distancia. Leyó las dos primeras columnas, le sobrevino el aburrimiento, dejó transcurrir unos segundos y pasó páginas hasta encontrarse con un gráfico, de lectura algo más agradecida. Con una mano en la barbilla y la expresión vista a un actor en una película en la que interpretaba al jefe de misión de un desastroso de transbordador espacial, ejercitó alguna mueca de disgusto.
-Esto...esto es un ultraje Anthony. No es posible.
-No podías quedarte al margen.
-Debemos solucionarlo –Jean buscaba respuestas premeditadas a futuras preguntas.
-Correcto.
-Y después, buscar al responsable.
-Verás Jean...este informe...lo redactaste tú.
Una pelota de tenis aparcó bajo su nuez. Perdiendo el contraste en su piel y la serenidad de sus terminaciones nerviosas, Jean buscó su firma en el informe. La encontró donde debía estar: justo al final y sobre una linea de puntos traicioneros. Estaba en un aprieto, aún en su papel de prestigioso economista y presidente inmaculado del Banco Mundial.
-Ha debido ser un error...no comprendo...
-Esto nos pone a todos en una situación comprometida.
-Pero...-el niño pequeño interior de Jean estaba encerrado en el armario sin saber por qué travesura - ¿puede arreglarse?
-La interanual fiscal está emitida. Los compromisos y las estimaciones se han realizado respecto a estas cifras. No hay marcha atrás.
-Estimaciones...verás, no te sigo. – su vejiga le avisó de que, quizá, esos cinco minutos serían demasiados.
-Jean, entre nosotros, ¿sabes de qué va esto?
(este aprieto continuará y concluirá en la siguiente entrega).
jueves, 26 de mayo de 2011
EDADES INCOMPRENDIDAS.
Anselmo es un profesional de lo suyo que usted no conoce. Pese a el nombre ejerce una profesión moderna a la vez de actual con total adecuación, asertividad, constancia y todos esos epítetos recopilados en periódicos cuando se ofrece un trabajo y de los que usted cree carecer. Anselmo ha salido hoy a hacer unos recados. Unos son serios cometidos profesionales y otros son gustos personales que él tiene como persona de su tiempo. Lo observamos, de manera discreta, desde la acera contraria y apostados detrás de un turismo color granate para pasar desapercibidos.
Considera la idea de patentar las musarañas cuando oye un siseo a su espalda.
- Oiga señor.
- ¿Es a mí?
- Oiga señor, ¿tiene un caramelo?
Una suave cabecita le inspecciona tras una reja. Los ojos le llenan la cara y causan un estremecimiento en la ternura difícil de trasladar a palabras sin correr peligro de una subida de azúcar. Es un niño de anuncio. Occidental. Con eso ya tiene usted señas suficientes.
- No sé chiquitín, ¿voy a mirar en los bolsillos vale?
- Vale, vale, a ver si hay suerte.
Anselmo se pelea con el forro interior de la chaqueta. Si le hubiera pedido unos zapatos se habría quitado los suyos aunque sólo le sirvieran para dormirse dentro. Levanta las cejas y sonríe al pequeño cuerpo tras los barrotes. Observa su mano y la sonrisa se derrumba.
- Lo siento, es de regaliz.
- Guay. Me gusta el regaliz.
- ¿Sabes quitarle el papel?
- Es fácil, solo hay que tirar de los dos lados.
Algo en su voz llama a la puerta del orgullo del adulto. Si no fuera por esos profundos ojos y el babero color pastel, diría que el niño se ha burlado de él de manera velada. Pero no puede ser. Es un inocente...
- Un día de perros ahí dentro chico. ¿Adivine cuántos días llevamos trazando la letra a con un lápiz de punta gorda? Diga una cifra, que se va a quedar corto.
- Ehm –es toda la respuesta adulta a la locuacidad infantil.
- Dos semanas. Dos semanas y estamos con la minúscula. ¿Te importa si te tuteo?, no ¿verdad? Los chicos y yo nos preguntamos si antes el sistema era el mismo o si metían más materia en parvulario.
- ...plantillas...
- ¿Perdona?
- Trazábamos círculos con plantillas. Y luego los coloreábamos con cera.
- ¡Ahí lo tienes! –dice palmeándose el pequeño muslo –y cuando uno tiene más o menos el cerebro en su momento óptimo, ¡a jugar a la alfombra! Prefiero jugar en casa con juguetes míos, mira, tengo la suerte de que me los compran. Y no te creas, yo los cuido. Que hay algún descerebrado que le da de patadas a sus cosas. No se puede ser más tonto.
- Claro, claro.
- Y cuando hemos dibujado palitos en grupos de cinco, y está uno empezando a saber contar, al recreo –su pequeña cara trasluce hastío y contrariedad, con el mérito de un pequeño actor protagonista –así no. Así no, mira.
El chico paladea el caramelo de regaliz, indicado para las toses perrunas propios de personas mayores o de jóvenes como Anselmo, dedicados en cuerpo y alma a huir de las modas imperantes. Por eso ahora carga con una libreta y un bolígrafo siempre a cuestas. Huyendo de la modernidad. El chico le presta atención momentánea a un pequeño incidente entre dos niños que se salda con la intervención de un tercero.
- Luego todo esto es tiempo perdido. Ahora es cuando el coco está más blando y te entra todo. A otras edades ya está uno con otras preocupaciones y otros esquemas mentales...y ahí ya las enseñanzas no agarran tanto. En fin, oye, no quiero aburrirte.
- No...es la novedad, no sabía yo, nunca había mantenido una conversación de este modo con un niño...¿qué edad tienes?
- Entonces no estás perdido del todo, je je –su risa le triplica la edad –oye, no estamos todo el día dando la lata. En los descansos aprovechamos, ponemos al día ideas y eso. Si haces esto en casa te tiras las tardes en el psicólogo. Y con esto de los canales de la tdt ahora hay mucho dibujo animado. Y hay que aprovechar, que en cuanto entres en el colegio ya empiezas con los deberes...vamos, ¿qué te voy a contar? Sí tu en tu tiempo...sería más o menos lo mismo.
Anselmo asiente sin saber a qué. Indica el final de la calle mientras intenta balbucear algo con el mínimo sentido para estar a la altura. Viéndose incapaz, mete la mano en el bolsillo de nuevo.
- ¿Otro caramelo?
- Gracias, me lo guardo para después. Y ahora no quiero entretenerte más, tendrás cosas mejores que hacer que estar parado delante de un recreo, y tampoco quiero que te llamen la atención. Buenos días.
Ha llegado al final de la calle. Se ha abalanzado sobre el paso de cebra, recibiendo el consiguiente bocinazo de un camión de reparto. Como no lo ha visto suficiente, el conductor le ha agitado la mano y ha dudado de su salud mental. Anselmo también.
El pequeño niño se dirige al centro del recreo. Los otros dos que habían mantenido ciertas diferencias de pareceres se encuentran mucho más calmados y se pasan la pelota, en silencio, reflexionando por sus actos. Se coloca a su altura una pequeña de pelo negro ensortijado.
- ¿Con quién hablabas?
- Me he asomado a ver si alguien me daba un caramelo y ha habido suerte.
- Como te vea la profesora...
- ¿Lo quieres? Es de regaliz.
- Vale.
Ambos se han sentado bajo un árbol.
- Oye, no te habrás puesto a contarle nada de tus cosas a ese hombre, ¿no?
- Pues mira, puede que se me haya escapado algo, ya me conoces.
- Pues se habrá quedado con una cara...Una epifanía del presente y del futuro, del carácter infantil y del progresivo amordazamiento del sistema un lunes por la mañana...
El pequeño mira a su interlocutora. Sus expresiones son reproducciones fidelignas de viejos filósofos clásicos.
- Ya se le pasará. Seguro que termina comprándose algo caro.
Considera la idea de patentar las musarañas cuando oye un siseo a su espalda.
- Oiga señor.
- ¿Es a mí?
- Oiga señor, ¿tiene un caramelo?
Una suave cabecita le inspecciona tras una reja. Los ojos le llenan la cara y causan un estremecimiento en la ternura difícil de trasladar a palabras sin correr peligro de una subida de azúcar. Es un niño de anuncio. Occidental. Con eso ya tiene usted señas suficientes.
- No sé chiquitín, ¿voy a mirar en los bolsillos vale?
- Vale, vale, a ver si hay suerte.
Anselmo se pelea con el forro interior de la chaqueta. Si le hubiera pedido unos zapatos se habría quitado los suyos aunque sólo le sirvieran para dormirse dentro. Levanta las cejas y sonríe al pequeño cuerpo tras los barrotes. Observa su mano y la sonrisa se derrumba.
- Lo siento, es de regaliz.
- Guay. Me gusta el regaliz.
- ¿Sabes quitarle el papel?
- Es fácil, solo hay que tirar de los dos lados.
Algo en su voz llama a la puerta del orgullo del adulto. Si no fuera por esos profundos ojos y el babero color pastel, diría que el niño se ha burlado de él de manera velada. Pero no puede ser. Es un inocente...
- Un día de perros ahí dentro chico. ¿Adivine cuántos días llevamos trazando la letra a con un lápiz de punta gorda? Diga una cifra, que se va a quedar corto.
- Ehm –es toda la respuesta adulta a la locuacidad infantil.
- Dos semanas. Dos semanas y estamos con la minúscula. ¿Te importa si te tuteo?, no ¿verdad? Los chicos y yo nos preguntamos si antes el sistema era el mismo o si metían más materia en parvulario.
- ...plantillas...
- ¿Perdona?
- Trazábamos círculos con plantillas. Y luego los coloreábamos con cera.
- ¡Ahí lo tienes! –dice palmeándose el pequeño muslo –y cuando uno tiene más o menos el cerebro en su momento óptimo, ¡a jugar a la alfombra! Prefiero jugar en casa con juguetes míos, mira, tengo la suerte de que me los compran. Y no te creas, yo los cuido. Que hay algún descerebrado que le da de patadas a sus cosas. No se puede ser más tonto.
- Claro, claro.
- Y cuando hemos dibujado palitos en grupos de cinco, y está uno empezando a saber contar, al recreo –su pequeña cara trasluce hastío y contrariedad, con el mérito de un pequeño actor protagonista –así no. Así no, mira.
El chico paladea el caramelo de regaliz, indicado para las toses perrunas propios de personas mayores o de jóvenes como Anselmo, dedicados en cuerpo y alma a huir de las modas imperantes. Por eso ahora carga con una libreta y un bolígrafo siempre a cuestas. Huyendo de la modernidad. El chico le presta atención momentánea a un pequeño incidente entre dos niños que se salda con la intervención de un tercero.
- Luego todo esto es tiempo perdido. Ahora es cuando el coco está más blando y te entra todo. A otras edades ya está uno con otras preocupaciones y otros esquemas mentales...y ahí ya las enseñanzas no agarran tanto. En fin, oye, no quiero aburrirte.
- No...es la novedad, no sabía yo, nunca había mantenido una conversación de este modo con un niño...¿qué edad tienes?
- Entonces no estás perdido del todo, je je –su risa le triplica la edad –oye, no estamos todo el día dando la lata. En los descansos aprovechamos, ponemos al día ideas y eso. Si haces esto en casa te tiras las tardes en el psicólogo. Y con esto de los canales de la tdt ahora hay mucho dibujo animado. Y hay que aprovechar, que en cuanto entres en el colegio ya empiezas con los deberes...vamos, ¿qué te voy a contar? Sí tu en tu tiempo...sería más o menos lo mismo.
Anselmo asiente sin saber a qué. Indica el final de la calle mientras intenta balbucear algo con el mínimo sentido para estar a la altura. Viéndose incapaz, mete la mano en el bolsillo de nuevo.
- ¿Otro caramelo?
- Gracias, me lo guardo para después. Y ahora no quiero entretenerte más, tendrás cosas mejores que hacer que estar parado delante de un recreo, y tampoco quiero que te llamen la atención. Buenos días.
Ha llegado al final de la calle. Se ha abalanzado sobre el paso de cebra, recibiendo el consiguiente bocinazo de un camión de reparto. Como no lo ha visto suficiente, el conductor le ha agitado la mano y ha dudado de su salud mental. Anselmo también.
El pequeño niño se dirige al centro del recreo. Los otros dos que habían mantenido ciertas diferencias de pareceres se encuentran mucho más calmados y se pasan la pelota, en silencio, reflexionando por sus actos. Se coloca a su altura una pequeña de pelo negro ensortijado.
- ¿Con quién hablabas?
- Me he asomado a ver si alguien me daba un caramelo y ha habido suerte.
- Como te vea la profesora...
- ¿Lo quieres? Es de regaliz.
- Vale.
Ambos se han sentado bajo un árbol.
- Oye, no te habrás puesto a contarle nada de tus cosas a ese hombre, ¿no?
- Pues mira, puede que se me haya escapado algo, ya me conoces.
- Pues se habrá quedado con una cara...Una epifanía del presente y del futuro, del carácter infantil y del progresivo amordazamiento del sistema un lunes por la mañana...
El pequeño mira a su interlocutora. Sus expresiones son reproducciones fidelignas de viejos filósofos clásicos.
- Ya se le pasará. Seguro que termina comprándose algo caro.
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