viernes 20 de noviembre de 2009

UNOS PECADILLOS.

El castañero le miró a la base de la nuca, a ese lunar piloso que le saludaba saliendo de detrás de la bufanda de aquel tipo. Ya había visto aquel lunar, aquella bufanda y aquel tipo. Tener el negocio justo en la esquina tenía esa desventaja, rara vez veía una cara. Por el contrario, nunca olvidaba una nuca.

Lunar, bufanda y señor conquistaron a la par el primer escalón del edificio. El pie izquierdo preguntó al derecho cómo veía la cosa y tras unos segundos y una respuesta un tanto equívoca, se animó a seguir a su hermano. Y uno tras otro, siguiendo en esta dinámica, ese señor desconocido para usted se encontraba en el portal, acceso a ese místico mundo de formularios llamado la Santa Delegación.

Tiró de la lengua del dispensador de turnos. El setenta y uno-a. Dio gracias por no haber llegado un poco antes y ser esclavo del fatídico sesenta y nueve. Bastante traía él para arriesgarse a problemas con ese numerito, campeón del doble sentido y proclive a la inflación de carrillos y a las risas mal disimuladas en ambientes desconocidos, faltos de confianza y tendentes al humor quinceañero.

La persona fiscal justo anterior a él había terminado su papeleo. Con los ojos iluminados, dirigió una sonrisa a nuestro hombre. El deseaba ser igual de feliz al acabar el asunto que le había llevado hasta allí. Una suave, melodiosa, armónica y tranquilizadora voz le indicó la llegada de su hora.

Administrativamente hablando, obviamente. Con paso inseguro se acercó a la ventanilla. Oculto tras una persianita de tiras chapadas, el auxiliar guardaba silencio.

-Santo formulario bendito.
-Sellado y compulsado. ¿Qué te trae por aquí hijo? – en términos eclesiásticos; humanamente no les unía a ambos más lazos que los propios del mono.
-Unos pecadillos santo auxiliar.
Aiins!, que no dejáis de tender a la incorrección legal. Hale hale. Cuéntame – alargó la “e” acentuada como solía hacer su mentor años atrás en el Seminario de Auxiliares.
-He defraudado de obra y de pensamiento.
-A ver, a ver.
-En casa hemos colocado un aparcamiento. Yo mismo compré el cemento, abrí el hueco, coloqué unas placas de pizarra en el jardín y quedó bastante bien.
-A ver si te voy a expedientar por soberbia.
-No auxiliar no. Calle, calle, esto es duro.
-Continúa.
-Pues...que no lo he dado de alta, no he – la congoja por el reconocimiento de la falta le hizo producir superavit de saliva, atragantarse y que las lágrimas producidas por el ahogo actuaran como muestra de sincero sentimiento de culpa y reconocimiento, lo que, erróneamente, hizo al funcionario marcar la casilla correspondiente al arrepentimiento – no he solicitado el vado, auxiliar.

El santo varón, cabeceando tras el cristal, se sentía en parte impotente.

-¿Cuánto hace que eres miembro de esta santa delegación?
-Desde siempre, vamos, desde que me empadroné en esa ventanilla.
-¿Y qué te hace actuar de esa manera?. Reflexiona.
-Usted sabe como anda el centro de tráfico...bajar, fotocopiar papeles...entiéndame, soy un ciudadano practicante, muy orgulloso de serlo. Pero a veces se piden unos sacrificios...
-Esta Delegación sólo te pide que acudas lunes, miércoles y viernes no festivos, hijo. En esas fechas y tras la lectura del Boletín Oficial, debes aprovechar para presentar tus asuntos. Pero claro, como estáis mal acostumbrados a venir sólo cuando buenamente os hace falta...así os pasan estas cosas – la reprimenda era severa, pero a su vez, comprensiva, como un padre cuando explica a su hijo algunos preceptos del universo cotidiano.
-Si tiene usted toda la razón auxiliar.
-¿Algo más?
-Bueno, hace un par de noches, con mi señora en la cama...me siento un poco violento con esto.
-Te escucho.
-Hablábamos de dinero.
-Maal empezamos.
-Y ella dijo que si en mi empresa me arreglaran un poquito la nómina, me podían pagar un poquito en negro y así...ya sabe...el bolsillo es débil. Pero fue solo de pensamiento. Al momento le hice ver lo equivocada que estaba.
-Eso te honra.
-Ya sabe usted, la mujer de uno, pues intenta sisar un poco para los gastos...pero le dije que como contribuyente eso no podía yo permitirlo.
-Pero tendré que ponerte penitencia por ambas, si no tienes alguna irregularidad más.
-No no no padre. Pagué el IBI el primer día y no pasa mes que no done parte de mi salario a la Santa Madre Hacienda.
-Como te conozco desde que te empadroné, te voy a dejar pasar ese deseo de cobrar en negro. Ahora, lo del vado no te lo puedo dejar pasar.
-Claro claro.
-Ahora mismo me lo das de alta, me pagas un recargo y me rellenas dos formularios de arrepentimiento.
-Sí auxiliar.
-Con buena letra y por las dos caras, que no te vea yo con prisas por acabar.
-No no no...

Y así, sintiéndose plenamente integrado en los mecanismos universales del misterio de la burocracia, el vado de este buen ciudadano fue dado de alta convenientemente, con su copia rosada que podría mostrar orgulloso en la siguiente reunión de la Junta de Distrito.

viernes 23 de octubre de 2009

LA JOCOSIDAD DEL DESAIRADO. ( y II )

Tras lo anterior, usted pensará que el problema de Olegario es su habitual falta de sentido del humor. En plan técnico, las bujías de la risa las tiene gastadas. Pues no, ¡amigo, si fuera eso!. Atienda a esta bella escena que viene desarrollándose en ese bar cerca de casa, dónde se desayuna con café y se toma la penúltima.

Llegado a este punto en las negociaciones, y con algo por hacer como comprar un libro, ¡nunca leerlo, podría resultar perjudicial, y nadie recomienda nada perjudicial!...salvo si son unas pastillas que le vinieron bien a él cuando el ataque de gota...como decía, en esta situación Olegario pide la cuenta. El camarero, morador del territorio al otro lado de la barra, controlador de azucarillos, escanciador de espirituosos, con voz nasal, moviendo un dedo, uno cualquiera, y haciendo cuentas por lo bajo, suelta

“Cuatro euros caballero”.

La arigmética entra en claro conflicto con el sentido común en el interior de Olegario.

Dos cafés cuatro euros...no puede ser, por lo menos ahora, que el año que viene con la subida del IPC lo mismo sí, pero ahora, pero si ayer fueron dos cincuenta, ¡y ya son buenos euros!, que no que no, que hay un error.

Error ninguno caballero, sabrá usted como está todo, dos cafés y el chorrito de anís, cuatro euros en barra cuatro veinte en mesa, como ayer, como antesdeayer, le reclama usted a mi jefe , o al ministro, a mi no me lie, este se quiere escapar sin pagar, va listo, las vueltas que he dado de más se las tengo que sacar a alguno y este mismo me sirve.

Hombre no, ( Olegario aún no usa los signos de exclamación , prudente el hombre ). Se habrá equivocado, que vine a desayunar ayer, me tomé lo mismo y salió más barato.

Pues me equivocaría ayer caballero, son cuatro euros me los abona si me hace usted el favor. Al final vamos a tener problemas, los señores mayores de la ventana no son buen público para disputas, nunca sabe uno del lado del que se van a poner.

¡Dos euros cincuenta pagué ayer! Y si se equivocó ayer, ¡pues a mí como si se come un besugo atravesao mercanchifle!. Si es que es normal, con esta hostelería no me extraña que los romanos se fueran de España, ¡los romanos y todos!.

Y este parlamento lo acompaña con acompasados movimientos pélvicos, anulares, de antebrazo, esperpénticas gesticulaciones, cabeceos a destiempo y patadas al taburete. Olegario usa un tono de voz desconocido por él mismo, alza las cejas y los nervios le hacen esbozar una ligera sonrisa. Se le ilumina la cara al enfadarse y le vienen a la cabeza réplicas de lo más acertado. Y comparaciones jocosas. Y pantomimas.

Ese es el principal problema de Olegario. Cuando se enfada, es bastante más gracioso que de costumbre, en su caso es decir mucho. Su interlocutor, al que no debe usted tomar cariño pues está a punto de salir de su vida de usted, tiene que mirar a otro lado para no reir las ocurrencias de Olegario. ¡Menudo mundo este sí ....!, bueno, ya me entiende.

Triunfador en la batalla económica y algo más calmado se peina Olegario en la puerta del bar. Su interlocutor le palmea la espalda. Levanta el labio junto con el resto de la cabeza, entorna los ojos y le suelta una frase de esas de enmarcar. De esas de troncharse en un velatorio. De esas de llorar de risa en mitad de una inspección fiscal.

Y Olegario no puede responderle con réplica ocurrente. Ya no está enfadado.

Lo peor es que en cinco minutos no recordará el chascarrillo de su interlocutor. Quizás su principal problema es no recordar las bromas de los demás, como hacen otros.

No, en realidad es que no tiene gracia el puñetero.

viernes 16 de octubre de 2009

LA JOCOSIDAD DEL DESAIRADO. (I)

Olegario tiene un problema, y así, café corto mediante, se lo cuenta a su interlocutor, en este caso alguien con arrugas en la frente y camisa de franela. Olegario es bastante estúpido. Bueno, este no es el problema, y ya se cuida el de no ir diciendo a los demás lo que piensa de sí mismo, ¡menudo mundo este si todos hicieran lo mismo!. Se quema la lengua con el café, insulta en bávaro mentalmente al camarero, y en tono de mea culpa, confiesa su problema.

Problema es que te falte un pulmón hijo, o ser perseguido por una mafia de un sitio que ni conoces, y por supuesto, ajeno a sus métodos de negociación, no sabes que dedo acostumbran a cortarte primero, el de señalar o el de investigarse las narices.

No le responde así. La gente no habla tanto. La gente resume mucho, porque tiene prisa. Como mucho te dirán “anda hombre” y levantarán un brazo con desdén, como parando sin ganas un taxi conducido por el caudillo.

Siempre me pregunté porqué coinciden los dos saludos. Al taxista y al dictador. En fin, soy de preguntarme cosas.

Pero las intenciones, el tono y el alzar de cejas lo dice todo. Y como lo dice todo, la gente ahorra saliva para comentar lo mal que anda todo en el ascensor o para insultar al árbitro el domingo. O el sábado, ahora se juega al fútbol a todas horas.

Olegario da la razón a su interlocutor, un tipo con una selva de pelos en las patillas. Pero claro, no se la da en voz alta, ¡menudo mundo sería este si todo el mundo diera la razón al otro!. Olegario se limita a decir “no sé chico, no sé”. Porque esta frase, junto a “si es como todo” es argumento socorrido para no tener que mojarse.

¡Menudo mundo este si todos nos mojáramos!. Estaríamos siempre limpios y no habría lugar para bacilos, farmacéuticos, galenos y anuncios de aspirinas.

El problema de Olegario, del que esta al tanto su interlocutor ( a usted no le interesa saber el nombre porque no lo volverá a leer jamás ), el camarero, una señora que rebañaba el churro, el azucarillo y usted mismo en unos instantes, es que Olegario es seco.

Soso. Desabrido. Saborío como decimos por aquí. Jamás contó un chiste. Su anécdota más ocurrente es la de arreglarse él mismo una zapatilla con un imperdible en un viaje a Marruecos. Y claro, si encima la cuenta mal....ya me dirá. Porque no tiene arte. Para él gracioso es, por ejemplo, un algodón de azúcar. Y no sigo, porque usted le va a coger asco y por una vez es protagonista de algo.

Y todavía me tiene que servir de protagonista unos párrafos.

El interlocutor, un hombre versado en las alineaciones del Compostelano Deportivo y en la ingesta de la pipa de calabaza, se interesa de repente en las albóndigas de la vitrina. Las encuentra algo más entretenidas que a Olegario. Y es normal

¿Quién no se ha reido de una albóndiga alguna vez?

Como perro pastor al que han timado y le han robado el rebaño, mira con ojos tiernos la botella de brandy soberano de la estantería. Con los párpados lánguidos, el mirar lastimoso y el ánimo en Flandes, tira de la chaqueta de su interlocutor como un niño pequeño a su padre delate de un escaparate lleno de juguetes.

Ríete de ti mismo. Empieza por ahí. No te tomes las cosas en serio, si al fin y al cabo ya ves tú, si la vida es un rato en la sala de espera, por lo menos lee algo entretenido. No sé chico, copia chistes de la gente. O ríete de una persona mayor que se cae en la calle, hombre, tapándote la boca, como hacemos todos.

Pero no le regala esta mezcla de ayuda para vivir, filosofía de baratillo y mala leche condensada. La gente es muy parca para estas cosas. Ya están los psicologos para ayudar ¿no?. Le dice “no sé chico...cómprate un libro”.

No es mal consejo, pero no viene al caso

( concluirá... )

jueves 8 de octubre de 2009

NO DECLARARÁS LA GUERRA AL VECINO DEL QUINTO.

Piénselo. Me refiero a que lo piense a fondo, no como cuando desde el televisor le animan a pensar la respuesta correcta a la pregunta “¿qué marca de puros fumaba el Vizconde Arnoldo en la Batalla de Portugalete?”. Reflexione.

Como persona individual archivada usted solo, con la familia o con leche, vive en un edificio. Una gran solución para ahorrar espacio. Y ahora, piénselo. A su lado, arriba o abajo, vive una persona en un piso similar en disposición al suyo, por no decir igual. Y con una espiral genética como esa que usted, sin saberlo, lleva dentro.

Pero esto es de otro curso. No entra en examen.

Piense que su vecino vive en un universo paralelo al suyo. Todo es igual. El ángulo de visión de la calle sube o baja unos grados, pero en el caso de dar a un patio o a un descampado es lo de menos, vamos, que ver la rata de las doce desde su ventana con o sin patas no tiene mayor importancia.

En ese universo paralelo, existe un señor con unos señores padres, una señora con unos señores suegros, unos niños, un canario, un abrebotellas y demás fauna familiar. Esa esquinita del salón, esa columnita pegada a la pared es un poco más gruesa, sí, cosa de los arquitectos, son muy suyos. Las diferencias acaban ahí.

En ese desquiciante universo paralelo, tan parecido al suyo de usted, el vecino decidió pintar las paredes de color malva. Su vecino no, la señora de su vecino, las mujeres eligen los colores porque vienen más preparadas de serie. Pero a fin de cuentas su vecino dio conformidad.

Y cuando un hombre da conformidad a los deseos de su mujer, es como si la orden fuera suya. Más le vale pensarlo así.

En la entradita ese vecino suyo con gafas no puso un mueblecito con figuras. Decidió poner un espejo. Para verse salir a diario a la hora del trabajo y despedirse de sí mismo. O para verse llegar del trabajo y contar entre los dos, él mismo y su reflejo, los días hasta el fin de semana, las vacaciones o la jubilación.

Según la edad uno va cambiando los plazos.

Decidió, no como usted, poner el salón orientado al norte. ¡Qué locura!. Si usted sabe que su salón está orientado al oeste, y ese si que está bien orientado. Al norte...sólo a su vecino se le ocurriría orientar el salón al norte. Claro, como está loco...

A cada cual le parece que los andares y los procederes de su convecino, ese que tenía patillas cuando vino a comprar la casa y ahora las ha perdido, no tienen fundamento. Cenan a las diez, porque por las cañerías de la cocina los oye lavar los platos a esa hora. Tienen una sobrina que cada vez que los visita corre por el pasillo. Tienen un perro...¡yo nunca tendría un perro! Se dice a sí mismo y a todo el que le quiera oír ( o escuchar si es amable ) a la hora de la cena. A las nueve. Porque en su casa se cena a las nueve. Es la hora de cenar de siempre.

Comparte con usted muchas cosas. Espiral genética, como hemos dicho, con leves matices. Bajantes. Presidente de la comunidad. Administrador. Suelo, techo o paredes según el caso. Portal. Felpudo del portal en días de lluvia. Embrujados hilos que suministran electricidad. Todo.

Salvo costumbres.

Mientras usted está en esas, restregando una zapatilla contra otra en vez de acariciarse la barbilla sutilmente como buen pensador, ese ser extraño que un día apareció con gafas ¡seguramente por llamar la atención!, y consumidor habitual de crispis de maíz cuando en casa se desayuna desde siempre pan con aceite, ese señor, en su salón orientado al norte, juega con el mando a distancia y piensa en lo extraño que resulta que usted, su vecino, tire la basura los martes por la noche antes que nadie.

Y sospecha de usted. Sospecha que está loco.

Porque en su casa siempre se ha tirado la basura los martes a las once.

domingo 20 de septiembre de 2009

EL ACECHO DE LA DUDA.

Tomás Azana llevaba cumpliendo los cuarenta alrededor de cuatro años. Ateniéndose a la separación clásica del trabajo, Tomás era comerciante, igual podía haber sido artesano, pero ni las manos ni el talento le acompañaron. En las tarjetas a veinte euros el paquete se le clasificaba como “Distribuidor Alimentario Cualificado”. Los vecinos veían en él un comercial de adobos.

Y como en tantas cosas, todos tenían razón, aún a medias.

Azana, en su viejo Renault 5 recorría esas estrechitas carreteras de montaña, cruzándose con algún pastor o a un par de parroquianos del pueblo caminando un ratito por las lomas bajo prescripción médica. Las cajas de mercancía se peleaban en el maletero del coche y ante lo irrompible de la carga: tomillo, espliego, ajonjolí y otras hierbas, Tomás dejó de hacerles caso en la segunda curva de aquella empinada carretera.

Los naranjos le saludaban al pasar: unos porque le conocían por ser habitual de la ruta de aquellos municipios, otros con desdén por creerlo otra persona. Ganándole la carrera al ocaso Tomás llegó a uno de esos pueblos de la zona, igual podría haber llegado a otro, al fin y al cabo en el paquete para montar un pueblo siempre viene lo mismo: una plaza, una iglesia cercana, una casa consistorial, unos niños persiguiendo a un gato, un quiosco de cupones y el hijo menor de la Mercedes, con moto nueva, aunque heredada, ajustandole el cigüeñal al cacharro a base de subir la cuesta del pueblo, también incluida en el paquete.

Y así desembocó en aquel pueblo que, como digo, podía haber sido cualquier otro.

En una cajita pequeña, bien ilustrada y con una presencia merecedora de emparejarse con las pastas de te de más rancio abolengo de toda la Gran Bretaña, Tomás transportaba lo merjorcito de las especias de su santa empresa. Dirigiéndose al colmado de rigor, con la señora con bata verde claro y gafas de rigor, como pudo comprobar en cuanto se callaron las campanitas sobre la puerta, Azana comenzó su monólogo de ventas, ya que, si bien alguna pregunta le hacía al posible y esperado cliente, era más por recuperar el resuello que por interés en la opinión de dicho futuro pagador. Pintándose la sonrisa número cinco y colocándose los agravios a la derecha, como buen torero, Tomás, “el niño del perejil” se lanzó al ruedo.

“Señora buenos días ante todo déjeme presentarle un producto que mis empresa ha tenido a bien seleccionar para su degustación y presentación para sus señores vecinos porque dígame, ¿acaso se puede cocinar, qué digo cocinar, vivir sin especias? ( dos segundillos para el resuello ) claro que no. Y por eso Especias la Pucelana tiene a bien regalarle este muestrario de especias, para que usted las pruebe, y yo me pasaré en unos días y ya me dirá qué le han parecido, le dejo mi teléfono en esta tarjetita ¿ve? ( expandiendo alveolos ) y ya volveré en unos días. Adiós, sí adiós”.

Entregada la cajita de muestras, paquetitos de hierbas para una señora que probablemente podía conseguir mejor condimento de manos de cualquier vecino, Tomás Azana, comercial de adobos para sus vecinos, sintió un poco de moho en el ánimo.

Con el viento del norte, finalmente resultó del sur porque la orientación, así como la artesanía, nunca habían sido propios de Azana, el tratante de aliños fue a la fuente de la plaza a refrescarse las muñecas. Se sentía como aquel empeñado en freir un huevo en freidora y viendo el resultado, fue a leer el periódico del martes pasado.

No se sentía feliz tratando con hierbas en los bolsillos. No tenía oficio que pudiera declarar como suyo, ni habilidad especial salvo soltar un parlamento sin dejar expresarse al otro. Aún con eso, sus viajes de ventas sazonados eran algo que no cambiarían el mundo.

Y en estos discurrires, en estos circunloquios mentales, en esta duda áspera como la parte verde de la esponjilla de lavar la vajilla se encontraba Tomás Azana, con su bigote y todo, cuando vino a desperezarse del estado y ver que sus pies estaban en pleno sendero. A sus espaldas el pueblo, a bastantes metros de distancia la última casa con un anuncio de “La Casera” con tonos rojos y azules supervivientes del tiempo.

Distraido, en aquel pueblo que, como he dicho, podía haber sido cualquier otro, los pies de Tomás se pusieron a andar por pasar el tiempo. En esos momentos de encierro mental el resto del cuerpo siente celos, reclama atención, y si el señor que vive en la cabeza de su propio señor no acierta a atenderlos, un cuerpo desatendido viene a hacer lo que le viene en gana: tantos nervios, tanta columna vertical, tanto mandato cerebral...cuando una pierna ve una oportunidad de actuar ella solita la aprovecha. Y si no, debería.

Probablemente un dios antiguo, de esos dioses griegos parecidos a senadores inquilinos del ático olímpico, bajaba el telón de la noche. Otra diosa, hacendosa, agujereaba ese telón para dejar pasar algo de luz. Y Tomás Azana, mortal como el que más, andaba por un campo siamés a un pueblo que, como digo, podía haber sido cualquier otro. Y en eso andaba, en andar, cuando a la salida de una curva, tras unos matojos, le asaltó.

La duda.

No saber como enderezar el rumbo, si el viaje valía la pena, si tanto vender hierbas al final le reportaría algo al mundo, si aquello era inútil. Tanto dudar, tanto llamar a la duda, al final se presentó.

De un matojo saltó, en mitad del camino se plantó. Tenía el pelo verde, o azul, era alta y desgarbada, o bajita como un tentetieso. Tenía tres piernas o cinco, o siete, piernas impares con tal de llevar la contraria. Y llevaba chaqueta de punto, o de chándal, y gorra de plato o boina. O no saltó a mitad del camino, vaya usted a saber.

Los dos, frente a frente, con la duda bandolera en aquel camino de campo de un pueblo, que, como le digo, podía haber sido cualquier otro. Y ante la duda, como cualquier persona, Tomás Azana, nacido en Toledo para más señas, optó por uno de los caminos que se pueden tomar ante la duda.

Correr. Y no mirar atrás.

Tomás se perdió en el monte. O al final topó con una estación de servicio, se tomó un cortado y volvió con alguien al pueblo a por su coche. Siempre nos queda la duda.

Y Eulalia, la tendera, de la cual no supo el nombre porque no lo creyó importante, o porque si se paraba a preguntar perdería el hilo de su discurso, se quedó esperándolo. Al tercer mes intuyó que no volvería.

Una pena, porque las especias eran las mejores que había probado nunca.

domingo 30 de agosto de 2009

TRADICIONAL JAPONÉS AGRIDULCE.

( RISTRA DE HAIKUS )

Mientras camina
El señorito Pablo
Llovido está.

En un comercio
Vestimenta de saldo
Que le encanta

Compra en ristre
Inquieto y alegre
Corre a casa.

En el servicio
Cremalleras y sisas
Ya está listo.

Salta al salón
Vestimenta de ninja
Calza ufano.

Su esposa ve
A su esposo raro
Más que a diario.

“Soy un ninja
¿No me lo notas amor?”
dice posando.

“Tu eres tonto”
enfadada la dama
dice a Pablo.

El pobre ninja
De nuevo en papel
Mete la compra.

En un susurro
Camino de la calle
“Sosa” la llama.

Triste relato
Sin dinero ni disfraz
Y hecho polvo.

sábado 15 de agosto de 2009

¿ES AHÍ LA GUERRA?

En una trinchera excavada en el fango con escuadra y cartabón, un sargento, como recién salido del molde de sargentos de película, arengaba a los suyos a acabar con un enemigo al que no habían visto y con el que no tenían demasiados problemas personales.

Igual que esas reuniones de vecinos en los que usted se pelea con el del cuarto ya por costumbre.

-¡Soldados!, es mi deber como mando daros ánimo en esta crucial batalla en la que, nada más yo terminar, os habréis de enfrentar con aquellos de allí enfrente.
-¿Esos de marrón mi sargento? –preguntó Miscosilla, con las gafas levemente por encima del límite de la trinchera.
-Los de marrón, no tienen pérdida.
-Es que digo yo, mi sargento, y sea entendido lo siguiente sin burla, que con lo que piensan para la guerra, que nos podían vestir a nosotros de otro color. Para confundirnos, como en el fútbol, mi sargento.
-Eso se lo llevo diciendo yo a los mandos un par de quinquenios, pero siempre me responden lo mismo: “todavía nos quedan uniformes del último pedido en el almacén, no lo vamos a tirar”.
-Si es por economía se comprende sargento.
-De ahí las banderas.
-¡Acabáramos!, claro, por eso tanto follón de banderas, colores y estampados.
-¡Hombre Miscosilla, parece mentira!. ¿No querrá usted atacar un cuartel general que al final sea nuestro? Para eso se ponen.

Braulio, cabo sandunguero de tercera condecorado por pelar patatas, saltó agilmente la trinchera, proveniente del campo enemigo. Con la respiración entrecortada y palpándose los lados de la cara en busca de sus orejas, se cuadró como pudo en la zanja.

-¡Mi sargento!, buenas tardes, mi sargento.
-A la paz de Dios.
-Del territorio enemigo vengo. Tal como usted me pidió.
-¿Y bien?
-El granero que vamos a tomar sigue en su sitio.
-¡Soldados! –gritó el mando, despertando a más de uno - ¡un granero rojo, como los graneros rojos de toda la vida, es nuestro objetivo!
-Sargento, mi sargento, oh mi sargento, ¿es una tapadera?
-Miscosilla, es un granero. De dos pisos.
-Ajá...pero...¿es crucial para el desarrollo de la guerra?
-No hijo.
-Entonces, sargento, querido sargento, ¿para qué conquistar el granero? –Miscosilla declinaba a lo Becquer pero sin mucho ahínco, vistos los resultados.
-Pues porque, con lo que nos pagan, algo tendremos que hacer por las mañanas.
-¿Cómo?.Sargento, ¿dice usted que nos pagan?
-¡Hijo de mi vida!, que son ustedes como mis hijos putativos, ¡por supuesto que nos pagan!
-Disculpe mi ignorancia. Pero creía que esto la hacíamos por heroísmo.
-Un poco. Pero principalmente por vivir de algo.
-Y la cosa esa de la libertad en peligro, el patriotismo y eso...
-Eso...apreciado Miscosilla, eso queda para los carteles.
-Siendo así, ¡conquistemos ese granero! –gritó espoleado por la idea de cobrar los atrasos.

Miscosilla corrió monte arriba, sin rumbo fijo al no tener ni idea del emplazamiento del granero. El sargento, con el resto de la tropa, avanzó en cuclillas hasta la entrada del bosque.

Tuvieron suerte aquella mañana. El enemigo no vigilaba el lugar.

Los de marrón oscuro conquistaban una piedra de aspecto comunista.