martes, 25 de octubre de 2011

PADRE, ¡CÓMPREME USTED UN POBRE! (Actos 1 y 2 )

PERSONAJES.

UN PADRE.     UN POBRE.
   UN HIJO.    UN FILÓSOFO.

ACTO 1.

Un coqueto saloncito con muebles oscuros, una colorida alfombra y unas sillas que han huido del centro como si hubiese pelea y no quisieran verse implicadas. En la radio suenan unas notas de piano animadas y animosas con aires caribeños. Un señor pegado a un bigote ejecuta con gracia natural unos pasos en solitario, sosteniendo en sus brazos una imaginaria dama de aire. Cuenta:

-Un dos tres, un dos...tres.

Se abre con desidia la puerta del saloncito de baile improvisado. Aparece un apesadumbrado joven, cumplida ya la treintena, que se arroja al sofá y se funde con el tapizado. Su voz es un hilito.

-Padre, atiéndame padre.
-Cha cha chá.
-Por favor, ¡no podría estar más desanimado! Deje usted las danzas.
-No creas que por mis movimientos tomo tu problemática a la ligera, te escucho y sin saber aún lo que te aflige a mí también me abandona el ánimo. Un dos tres.
-¡Padre, cómpreme usted un pobre!

El padre se queda en el segundo cha, sin poder rematar. Aún con los brazos en postura de acompañamiento se desplaza a la esquina y silencia la radio.

-¿Para qué precisas un pobre?
-Nunca conocí a uno, la curiosidad no me deja conciliar el sueño. ¿Cómo podré declararme cosmopolita si desconozco tanto de mi entorno?
-Pero hijo, un pobre no es un viaje, ni un velero ni un caballo. Es algo difícil de conseguir.
-Nunca había puesto usted tanta traba a un deseo mío.

Por la calle pasa el señor que enciende las farolas peleándose con la pértiga. Esto a usted no le importa y a nuestros protagonistas menos aún.

-¿Dónde conseguiremos un pobre a estas horas?
-¿Recién caída la tarde? En cualquier parte. Sólo hago oír lamentos y cuitas de pobres, debe haberlos por doquier.
-Trae tu abrigo. Quizás el pasear nos aclare las ideas y se nos ocurra donde encontrar alguno.

El joven sale de escena. Se le oye por el pasillo gritando vivas al padre. Este remata con la cadera.

-Cha chá.


***

ACTO 2.

Un animado salón de tonos melocotón. Varias personas engalanadas hablan animados con espabilados gestos manuales. Se oyen risas que ya se oyeron en otras recepciones. Al fondo un engalanado caballero con modales de diplomático y banda en el pecho a juego se sirve traguitos de una botella con un labrado de diamantes. Y luego se los bebe despacito.

Entran padre e hijo sin abrigo e inspeccionando el entorno.

-Estas recepciones son punto de encuentro de variados personajes. Bien es sabido que quien no frecuente estos actos no existe. Y si no existe, fútil será el buscarlo.
-Padre, no estoy seguro de esta idea suya.
-Anda, mira por allí que yo haré lo propio por acá.

Atraviesan la concurrencia fijándose en los presentes pero sin llegar a saludar. Los presentes hacen lo propio pero ahorrándose el fijarse en los recién llegados.

-¿Cómo es un pobre, padre?
-¿Acaso no sabes cómo son?
-Claro que no padre. Nunca tuve uno.
-Mal nos vienen dadas si no sabemos lo que buscamos.
-Algo los distinguirá. Si tienen esa etiqueta es porque mantendrán semejanzas entre ellos.
-No es mal argumento.

Cruza el salón un caballero perdido en un traje dos tallas más grandes.

-¡Ese padre!, ese debe ser pobre.
-Parece algo desastrado, es cierto. Pero deberíamos asegurarnos. Imagina apelar a alguien por esa etiqueta y que no le corresponda.
-¿Por qué habría de enfadarse nadie? Nos disculpamos y santas pascuas.
-Hay que tener tacto, hijo.
-Al final lo que pasa es que usted no quiere que yo tenga un pobre, padre.
-Perra más pertinaz has cogido. Acerquémonos.

El presunto pobre está saludando a una joven rubia que hace de todo con tal de no hacerle caso.

-Ahí lo tiene, nosotros no somos pobres y no hemos saludado a nadie a nuestra llegada. Ese debe serlo y estar poco acostumbrado.
-Déjame a mí. Buenas noches caballero.
-Buenas tengan ustedes. Bonita fiesta, ¿es su fiesta? Muy animada y animosa. Gente muy maja, ¡gran ambiente! ¿Son ustedes los anfitriones? Gracias por invitarme. Yo a estos actos, pues no suelo, pero intento relacionarme para prodigarme. ¿Quiéren tomar algo? ¿Pero qué digo, si las botellas serán suyas? O alquiladas, que yo de esto desconozco casi todo. ¿Quieren que pare a este tipo que no se despega de la barra, venga a tomar traguitos?

[Girándose e interponiendo una cautelosa mano entre su hijo, su boca y el presunto pobre]

–Pobre no sé si será. Si lo es, será a base de gastar lengua.
-Es gracioso padre. Compremelo. Yo le pondré nombre. Jugaremos a las cartas los domingos por la tarde. Él me contará cosas y yo asentiré mientras pido dos cartas y me sale una escalera hasta el as.
-Pero si no te gusta no habrá más pobres. Se nos llenará la casa y no tendremos mesa para tanta partida de cartas.
-Que no, ¡uno nada más!

[Vuelve a girarse]

-Disculpe esta pregunta que voy a hacerle, pues es peliaguda y acaso pueda zaherirle.
-Pregunte, pregunte. Que una fiesta es lugar propio para compartir conocimientos, intelecutales y humanos.
-Por un casual, ¿no será usted un pobre?

El interpelado baja los puños, sube el labio inferior, baja el superior y arruga el gesto. Consigue transmitir un sincero malestar y, de paso, que el traje se adapte a su talla. Se agacha un poco, agarra una copita
de anís de una mesa rodillera cercana y la apura de un trago. Desarma su gesto airado y tose. Evita a dos invitados y sale por la puerta del fondo. El señor con banda al pecho lo saluda al pasar.

-¿Eso es que no, padre?

Concluirá.

domingo, 18 de septiembre de 2011

TROPEZONES.

“¿Cómo será la vida de los ácaros? ¿Tendrán relaciones sociales?” Así de perdido se encontraba don Eusebio, considerando lo factible de una cena entre matrimonios de microscópicos arácnidos, triscando fibras de poliéster con guarnición de escamas cuticulares. Don Eusebio se encontraba en plena epifanía entomológica, creyendo estar a un paso de un descubrimiento que a decir verdad, distaba un mundo de su trabajo cotidiano: denegar peticiones en un ministerio con un ruidoso tampón.

Afortunadamente para el interés de esta historia, se desencadenó una serie concatenada de hechos únicos.

Alguien en China decidió ahorrar en material para zapatillas de andar por casa. La genética y una vida de zapatos apretados hicieron unirse en pareja de hecho al al pulgar de su pie con el dedo vecino, que por estar en el suelo no señala nunca nada, siendo más discreto que su hermano manual. La asistenta del hogar había dejado una arruga en la alfombrilla de pelo de jiba de camello del dormitorio. Todo ello coincidió en espacio-tiempo.

El primer traspiés fue natural, incluso habría sido de mala educación girar la cara al destino. Por inesperado, el pie contrario ejecutó un paso de baile nada académico, pasando el testigo al pie culpable, en pleno intento de aterrizaje. Ese torpe pedaleo aéreo se perpetuó, desplazando a Don Eusebio por todo el pasillo. El impulso comenzó a ser desaforado, violento. Dio un par de brazadas en el aire, haciéndole un gran favor a la inercia que, con rápidos cálculos, aumentó su velocidad de trote cochinero. A trompicones por el salón evitó los afilados salientes de la mesa del tresillo y enfiló, inocente, la puerta del piso. En ese momento oyó masticar los dientes de las llaves dentro de la cerradura. A su mujer la bienvenida, en primera instancia, no le desagradó. Sin haber visto el comienzo de la obra, aquel par de pasos le parecieron meritorios y un buen recibimiento. Piernas y brazos entraron entonces en sintonías distintas y la superficie poco cariñosa del felpudo de bienvenida le proporcionó un nuevo impulso. Cada peldaño de las escaleras hizo lo propio, fundiéndose los chanclazos con las llamadas extrañadas de su esposa.

La conjunción cósmica siguió funcionando a todo trapo. Se encontró el portal abierto por un repartidor de propaganda. Los semáforos en verde, una gran avenida cortada por obras y cubierta de montículos de arena que lo jalearon en su carrera. Saludando a los vecinos con una tímida sonrisa y un “ya ve usted, aquí estamos, tropezando”, avanzó por su barrio hasta que se lo comieron los primeros árboles de las afueras. Todo cuesta abajo, por una tranquila vía secundaria, continuaba en su recorrido sonando sobre el asfalto como unos timbales tocados por unas manos ansiosas.

La primera capital que visitó le resultó encantadora. Por allí nadie le conocía, así que pudo dejar a un lado la vergüenza y concentrarse en en contemplar catedrales, monumentos y oficinas postales.

La quinta capital de provincia ya le pareció algo más mustia.

Gracias al acuerdo Schengen tropezar por las fronteras no fue problemático. Recorrió el mediterráneo, durmiendo con los ojos cerrados sin detenerse, soñando que dormía. Ya le perdieron la pista en una de esas pequeñas repúblicas escindidas de la antigua Rusia. Si se pregunta con educación las gentes te cuentan la historia de ese extraño hombre que pasa tropezando, causando el jolgorio local. Lo acompañan un trecho hasta que la velocidad de los aldeanos comienza a ponerse a la par. Ahí lo dejan, porque tienen miedo de no poder detenerse. Todos admiran su valentía.

Lo esperan en el Estrecho de Bering. Algunos abogan por pararlo. Otros por subirlo a un transbordador con una pasarela inclinada hacia abajo. Se discute mucho el asunto estos días en las sesiones de la Unesco.

Don Eusebio empieza a ser patrimonio de la humanidad.

viernes, 12 de agosto de 2011

LO PONDRÉ EN MANOS DE TOCALEMONES. ( PARTE 2)

 Parte 1.

Tocamelones abrió una pitillera y extrajo una piruleta, de melocotón para más señas. Le arrimó lumbre mientras aspiraba con fuerza. La primera bocanada le supo a lata de melocotón en almíbar recién salida del microhondas. Ofreció a Tomás, que rehusó el experimento tabaquil con un leve gesto manual y unas ganas horrendas de salir corriendo.
-Según me ha contando Alfredo, los chivatos de la oposición le han sacado unos trapillos sucios.
-Así es.
-La construcción de un campo de fútbol en la serranía por ejemplo.
-Desagradecidos que son –escupió mentalmente Tomás sobre el antiguo compañero de partido que, deseoso de poltrona, había fundado un partido independiente y era su principal rival – les invité a la inauguración del campo y en vez de agradecérmelo, empezaron a gritar desde el palco que la pelota siempre iba a córner, que si el campo estaba volcado...Me hicieron cerrarlo, mire usted.
-Nada nada, chalados, chaladísimos todos –acompañó la acusación con un leve tamborileo sobre la mesa, creando insconcientemente un posible hit de verano condenado a morir entre aquellas cuatro paredes – Además le han chafado el negocio de una urbanización creo.
-Un disgusto, media familia colocada ya y viene uno de la oposición, no se si lo conocerá, uno con gafas.
-¡Huy!, los que llevan gafas son los peores. Ven menos y se fijan más en las cosas.
-Ese mismo, pues bien, llamó a su tío en el Supremo y ya ve, los albañiles no almorzaron en la obra aquel día.
-¡Añoro los viejos tiempos amigo!, esos tiempos en que las normas se hacían a medida que las necesitábamos y las maquillábamos sin dar aviso a nadie –dijo Tocamelones reclinándose en el sillón de cuero y cruzando las manos tras la cabeza, con cuidado de no derribar la corona de princesa que remataba su figura.
-Diga usted que sí.
-Que sí.
-¿Cómo ve usted el caso?
-Vamos a ver. En mi opinión profesional lo primero que debería hacer es salvaguardar el dinero oculto, por decirlo de alguna manera. Lo suyo lo veo bastante regular, pero con suerte le condenarán solo a diez años, de los cuales se rebajarán seis por buena conducta, uno por ir peinado a raya y seis meses si logramos que la sentencia salga en martes. Los martes hay oferta.
-¡En la cárcel!, ¡Madre mía!
-No se amohine, esto no son las prisiones de las películas. Aquí tiene usted agua caliente, televisión por salétite, tres comidas al día y excursiones al Escorial una vez al mes.
-Bueno, eso me tranquiliza, aún así... –a Tomás las gotas de sudor le corrían columna vertebral abajo.
-Nada nada, lo importante es que al salir de allí pueda usted disfrutar de sus dineros.
-Tiene razón. Un concejal corrupto es difícil que encuentre trabajo...¿he dicho corrupto?...bueno...presuntamente supuesto.
-Algún sitio hay, ya le contaré. En fin. ¿Dónde esconde su dinero?
-Hombre...no se yo si fiarme....

Tomás miró detenidamente a Tocamelones. Un hombre ya en el segundo tiempo de su vida, de carnes descolgadas, pintas estrafalarias y ojos excéntricos. Desde pequeño Tomás no había sido demasiado inteligente, característica tendente al empeoramiento tras pasar los años de pubertad. La prueba empírica de su falta de seso era evidente: era el único al que habían pringado en el asunto. Juntó sus manos, rogó al dios de los estafadores y confió ciegamente en que la locura del abogado con pinta de luchador de sumo jubilado salvaguardara su sucia fortuna

Una prueba más de su estupidez supina.

-Están en Badajoz. En un parquecito de las afueras, bajo una palmera en forma de uve doble. –remató con un leve suspiro.
-Muy astuto por su parte.
-Gracias, me pedían muchos papeles para ingresarlos en las Islas Caimán. Le pedí a mi cuñado una pala y listo.
-Claro claro...bien, lo primero es que vaya usted a por esos millones.
-Pues sí, iré hoy mismo.
-¡Pero cuidado! –advirtió Tocamelones tirándose sobre la mesa y agarrando por los antebrazos a un asustado Tomás, logrando dejar un churrete de sudor sobre la madera con aspiraciones nobles –si va a cara descubierta, de día y por carretera levantará sospechas.
-¡Qué astucia!, ¿Qué debo hacer entonces?
-Parta este anochecer. Hágalo solo. No utilice vehículo a motor o a tracción animal alguno. Viaje a pie a través de las montañas. Vista de manera desgarbada, no se afeite, coma lo que el camino le brinde y no revele a nadie su identidad.
-No...no sé si podré...-dudó Tomás aún sujeto por el abogado.
-¡Hágalo!. No por usted, no por su familia. Hágalo por los que en este país vemos la política como moneda de cambio para nuestros caprichos.
-De acuerdo. Así lo haré.-accedió emocionado.

Ambos se levantaron. El abogado se acomodó el pañal de sumo con la misma mano que apoyó en la espalda de Tomás. Ya en la puerta del despacho Tocamelones abrazó con cariño al concejal, levantándolo del suelo un par de palmos. Tras dejarlo en el suelo le susurró al oído : “nos veremos en cincuenta y cinco días en Pekín”.

Tomás se despidió apresuradamente de Alfredo, partiendo hacia la aventura. Este y Tocamelones lo vieron partir desde el balcón pañuelo blanco en ristre y con cara de circunstancia. El abogado bajó las persianas y señaló el asiento a Alfredo.

-¿Cómo ha ido? –dijo acomodándose.
-El dinero lo ha enterrado el muy cazurro bajo una palmera en un parque de Badajoz.
-Será idiota. – se maldijo a sí mismo por no haberlo descubierto solo -¿Cuánto tiempo tenemos?
-Si sigue las instrucciones al pie de la letra, y viendo su condición física, pasarán por lo menos quince días antes de su llegada a Badajoz. Ponle un día más para cavar y otro para calmarse del berrinche. No empezará a buscarnos antes de veinte días...si se da cuenta de que hemos sido nosotros, claro.
-Lo que nos dará tiempo a andar ya por...
-Sebastopol.
-Estupendo. Tengo el coche abajo.
-Espera que me cambie, ¿no querrás que baje a la calle con estas pintas?
-No hombre no. Y ten cuidado con la diadema, es de la comunión de la niña y como la rompas vamos listos con mi mujer.
-Además no querrás creer lo que me tira de la sisa el calzón este.
-Tampoco hace falta que me des muchos detalles. Te espero fuera.

Alfredo se paró en la puerta. Tocamelones depositaba la diadema con cuidado sobre el escritorio. Ambos cruzaron miradas esquivando las motas de polvo que danzaban por el despacho alquilado.

-Dime que hacemos lo correcto.
-Hacemos lo correcto primo.
-Por cierto, lo que me contabas de tu pato...
-Si hijo, sigue sin comer.
-A ver si llevándotelo de viaje y con el cambio de aires...
-A ver hijo, a ver.

Ambos contemplaron el primoroso retrato del pato de Tocamelones presidiendo el despacho.

miércoles, 27 de julio de 2011

LO PONDRÉ EN MANOS DE TOCALEMONES. ( PARTE 1)

El voluminoso utilitario aún mantenía el motor en marcha, petardeando y bombeando gasoil, ya saben, las típicas cosas para las que está preparado un motor. Alfredo interrogaba con la vista a Tomás, alto funcionario electo de un municipio dotado de mar, para mayor uso y disfrute de constructoras diversas, algunas de las cuales estaban bajo sospecha judicial.

La mayoría no eran sospechosas, ya habían sido declaradas culpables de delitos económicos a cual más escabroso.

Alfredo apagó el motor. Sacó las llaves del contacto y se las guardó en la chaqueta.

-Mira Tomás, si no estás seguro, no lo hacemos. Nos buscamos otro abogado.
-No no, si no es que desconfíe de ti ni de ese abogado que conoces.
-¿Entonces?
-Tú sabes lo que me estoy jugando.
-¡Anda hombre, qué exagerado eres!. Con las leyes como están...parece mentira que tengas tanto miedo.
-¿Qué van a pensar mis allegados? ¿Qué será de mi prestigio?
-No hay nada mejor cimiento para un nuevo prestigio que los fajos de billetes esos que tú y yo sabemos que tienes guardado.
-Cállate, pueden haberte puesto micrófonos en el coche.
-¡Estás paranoico perdido Tomás! –dijo Alfredo alzando la mano derecha, recordando, en cierto modo, los modos y maneras de moverse de un lanzador de bolos ocasional.
-Son concejal y estoy como me da la gana.

Subieron al primer piso de aquel edificio en la esquina de un callejón del casco antiguo que merecía algo más de atención por su papel histórico: se dice que pasaron por allí los Reyes Católicos en la reconquista de la ciudad, aunque fue al equivocarse en un cruce. Cinco plantas de oficinas semiruinosas, conservadas al vacío desde su construcción allá por los 60, cuando las cosas se hacían sin pedir permiso y nadie venía a rechistarte.

Pulsaron el antiguo timbre de plástico. Analia les abrió la pesada puerta de madera ejercitando los biceps, los cuadriceps o algunos de esos. La secretaria del recomendadísimo abogado Tocamelones era alta como su padre e hirsuta como su madre. Avanzaron hasta la sala de espera, intentando no maltratar demasiado el despegado suelo enmoquetado con hule adhesivo tono marrón liviano. Alfredo releyó una revista del corazón con quince años de antigüedad según el carbono 14. Tomás no tenía el ánimo para gaitas.

El impacto visual fue terrible. Entraron en el despacho. Tocamelones vestía calzoncillo azul de sumo y diadema de princesa a juego. El torso desnudo estaba adornado con un colgante extraido de pastelito infantil. En el cromo aparecía el hijo que tendrían spiderman y godzilla, si este cruze genético fuera posible.

Tomás se agarró con fuerza a la chaqueta de Alfredo, descuandrándole una hombrera. Solo le faltó morderle o hacer palanca con los pies para no entrar. Tomás confiando lo introdujo hasta el fondo, justo como en un parto con forceps...pero al revés.

Vaya porquería de metáfora.

El ex concejal adepto a la filosofía “una zona verde sin urbanizar está muy fea” asistía estupefacto al espectáculo. El abogado, un señor mayor, con pintas más que vergonzantes, sobre el que recaería la tarea de ayudarlo a no pisar las losetas de la prisión Jacinto 6.

-¿Qué tal Tocamelones? –Alfredo abrió fuego.
-Fatal hijo, el pato sigue sin comerme nada.
-Paciencia, que ya se sabe que los patos a esa edad son difíciles.
-En fin, ¿este es don Tomás?
-Este es, sí. Tomás, a este señor ya le he puesto yo en antecedentes.
-No se preocupe, estos tíos están chalados.- pronunció henchido Tocamelones, bajando los párpados imitando una pose sugerente que había visto en una peli de la Garbo.
-¿A qué tios se refiere? –se interesó sinceramente Tomás Golindres, antiguo alcaldable.
-A la justicia, a los jueces, a los estanqueros, a todos. Tooodos están chalados. –remató la acusación global realizando veloces aspavientos con ambos miembros superiores.
-Tú haz caso de este hombre, que es un profesional...A mí me sacó de un lío...¿te acuerdas Tocamelones?
-Vaya que si me acuerdo. Un problema con la inseguridad social de agarrate que vienen curvas. Y al final ya ves...¿has visitado a Alfredo en la cárcel?
-No que yo recuerde –contestó Tomás.
-Claro, eso es porque no ha estado. O porque no eres su amigo de verdad. ¿Una pera? –dijo Tocamelones, ofreciendo la citada fruta a Tomás recién extraida del tercer cajón de la derecha, traicionando a parte de su apellido.
-No no...es que el problema que tengo me tiene fatal el estómago.
-Bueno, yo os dejo hablar de vuestras cosas –dijo Alfredo levantándose.- Estoy fuera terminando de releerme el Hola.

Alfredo cerró la puerta del despacho a sus espaldas una vez fuera de este. De lo contrario la habría cerrado estando el dentro, dando pie a una situación bastante absurda. La atmósfera era pesada, ominosa, como si cuarenta años de historia andaran reptando por las paredes. La ilustración de un ciervo en un calendario estancado en junio del año de naranjito taladraba la frente del concejal en apuros. El jesucristo metálico en la cruz clavada en mármol le miraba desde la mesa de Tocamelones. Levantaba los hombros y parecía decirle :”no te quejes, peor es lo mío que llevo en esta mesita casi medio siglo en la misma postura”.

martes, 5 de julio de 2011

ECHANDO EL RESTO. ( PARTE 2 )

Parte 1 aquí.

Resumen de lo anterior.
Un problema acucia al presidente del Banco Mundial. Uno de sus subordinados lo pone en su conocimiento.

Miró fijamente a Anthony. Aparte de las siglas, la nomeclatura y los términos, había algo que no le terminaba de encajar. Su actitud, la firmeza y el tono de voz parecían ir más allá de un consejo de amigo.

-Por...por supuesto, te recuerdo que soy el presidente del Banco Nacional.
-Mundial.
-Mundial, sí, Mundial quería decir. Estoy algo nervioso. Yo redacté ese informe, estamos de acuerdo. Puedo haber cometido algún fallo de estimación...o...alguno de los informes de externos podía estar mal...¡claro!, probablemente sea eso – se autopalmeó la espalda al cargar el muerto a hombros de un hipotético tercero.
-Probablemente Jean. Pero verás, he repasado las cifras y he dado con el error.
-¿El error?
-Si miras con atención la columna veintiseis-efe, verás lo que te comento.

El nerviosismo hacía bailar las columnas un romántico vals vienés. La dichosa columna parecía esconderse tras el cortinaje del salón de baile y creyó encontrarla en un par de ocasiones, antes de que su propio sudor le jugara una mala pasada e inundara el ojo derecho. Tras unos gelatinosos minutos, demasiados observando la expresión de Anthony, las pupilas de Jean llegaron a su destino. Inspeccionaron las cifras con una atención inaudita en el desempeño de su cargo.

-Perdona Anthony...serán las gafas...pero no doy...
-Jean, cifra treinta y seis. Es incorrecta.
-Oh, la treinta y seis...claro...
-Cualquiera diría – Anthony adelantó el cuerpo y bajó la voz –que no sabes restar.

Jean habría preferido recibir un tiro. Quizás no, pero en aquel momento casi habría firmado con el tampón escondido en la tercera cajonera de su mesa cambiar la herida por la vergüenza. Tras el aturdimiento comprendió: quiere mi puesto.

Pero ya era tarde, su ejército de excusas se batía en retirada. Su capital estaba sitiada y su coronel estaba aún más asustado que el. Y Jean, recurrió a la respuesta más lógica demostrando su humanidad.

-¡Eso es mentira! –nada más humano que la mentira -¡quieres descalificarme maldito embustero! – y el insulto.
-No tienes por qué preocuparte Jean. Sabré arreglarlo.
-¡Por supuesto que lo arreglarás, es tú trabajo!. Reúnete con los técnicos y vuelve con el asunto solucionado. –señaló al lado contrario de la puerta, corrigiendo el rumbo de su índice rezando por que Anthony no lo hubiera notado.
-A la hora de comer lo tendrás en tu mesa. – lo había notado.

En la representación de la Rendición de Breda podemos observar dos tipos de lanzas. Unas se alzan orgullosas al cielo, mientras que los vencidos no las dejan caer a duras penas. La figura de Anthony recordaba a las primeras.

El guiñapo arrugado en el sillón presidencial, a las segundas. Sin embargo, y en su condición de vencido y humillado, Jean no se privó de intentar caer un poco más bajo, aunque tuviera que nadar estilo mariposa en el fango de su trinchera.

- Y Anthony...
- ¿Sí? – preguntó enarcando las cejas y con sonrisa de villano.
- No comentes esto con nadie.
- Tranquilo. Quedará entre nosotros. Ya me devolverás el favor.

Salió del despacho habiendo vencido al regente. El león joven de la manada se había asegurado el puesto de lider. Era cuestión de tiempo.

El pobre Jean secó el sudor de su frente con uno de los documentos de la mesa. Abriendo los ojos, se lo apartó de la cara, lo extendió y lo planchó a mano sin vapor. Tras unos segundos de mirar el paisaje a través de las persianas de láminas y poner cara de preocupación para un público ausente, abrió el tercer cajón de su escritorio. Sacó un breve tratado de economía. De su interior extrajo una cartilla de recuperación veraniega de matemáticas para alumnos de cuarto. Con un lápiz blando con goma incorporada se puso a trabajar en su carencia con las restas.

Prefirió dejar pendiente el preocuparse por aprender a multiplicar con dos cifras.