Las leyes de la física, la gravedad y todas esas zarandajas que, oidas por el común denominador de los mortales, parecen inventadas por unos señores estudiosos para conseguir becas, premios, aparcamientos reservados y fotos en revistas de uso endogámico, esas leyes, existen. Servidor las conocía, pero no las respetaba. Aquella barra de hierro, excusada en el desconocimiento de la realidad circundante y apostillando “al fin y al cabo soy una barra de hierro, metal dúctil con número atómico 26 que me precipito al vacío desde catorce metros como respuesta a un puntapié involuntario y no tengo culpa de nada” se dejó caer cual jugador delicado en mitad de un partido sobre mi brazo. Primero fue el dolor. Miento, eso fue lo segundo. Lo primero fue insultarla. “sabrás poca cosa, pero para arrear no eres manca, maja”. Insulto con clase y ausencia de epítetos malsonantes. Incluso en estas ocasiones no soy partidario de echar mano del recurso facil del lenguaje soez.
Un testigo a su pesar, un individuo del tipo “señor con bigote” y circunscrito en esos instantes en los alrededores del lugar del incidente, con bastante razón, delimitó la zona del impacto al área de la coronilla al observar mi degradación mental evidente. Quise explicarle la falta de epítetos malsonantes a él también. Pero era un transeunte, bastante tuvo con huir a la carrera llamando a la policía cuando me acerqué a él, con el fin de intercambiar puntos de vista sobre la barra de hierro, mi fractura, mi incontinencia mental y la situación del civismo a este lado del Misissippi. No le culpo.
Dos párrafos después me personé en las instalaciones del centro hospitalario más cercano. Me ví obligado a hacerlo, no podía explicar mi dolor por teléfono al servicio técnico de humanos y arreglarme yo mismo en la intimidad de mi garaje. Ese avance en la ciencia aún no ha llegado. Sentado en una de esas lascas de plástico de color enervante que los fabricantes han tenido a bien denominar “silla de sala de espera” compartía mi inquietud por la integridad física con otros doscientos pacientes, cada uno de ellos aquejados de una o varias dolencias elegidas por el destino o por la víctima misma al cabalgar sobre una motocicleta tejiendo punto. En un hospital se ve de todo. Incluso médicos.
Llegó mi turno. Me despedí con emoción de mi vecino de asiento, el mismo testigo de mi accidente, que había sufrido un atropello por un carrito de barrendero en plena huida en busca de las autoridades locales. Nos intercambiamos las fotos de la familia y prometimos llamarnos. No íbamos a hacerlo, el ser humano sabe cuando su semejante lo miente por la espalda. Pero eso de “ya nos veremos” es mucho más cumplido que un “adios” falto de emoción.
Mediante autorización explícita del doctor dueño de su cubículo de dos por tres, permiso efectuado mediante su laringe al gritarme “pase” en un coro de gallos increible al tratarse de una sola palabra, me introduje en la consulta. Una pequeña caja de zapatos guardaba a un facultativo con bigote. Empecé a preguntarme si la profusión de bigotes sería una plaga cuando me ordenó desnudarme. Cual cuadro renacentista me presenté ante el como sólo mi madre y una rubia de Cuenca me habían visto. El galeno se aclaró la voz, contó mis pezones, y con todo correcto, entabló conmigo una sincera conversación.
- A ver, ¿qué le pasa en el brazo? –me diagnosticó con una rapidez sorprendente, sólo fijándose en el descolgamiento de extremidad que me hacía parecer una balanza descompensada incluso a oscuras.
- Una barra de hierro, un incidente desafortunado.
- ¿Le duele si le toco?
- Me duele si me mira, le ruego se ahorre el tacto.
- Bien bien –dijo pensando en los gorriones a juzgar por su inclinación de cabeza –esto va a estar roto.
- Roto sin duda. ¿Tiene arreglo?
- Por supuesto. Podemos hacer varias cosas.
- Bien.
- Sí...
- Por ejemplo...
- Ah, claro, podemos escayolar.
- Eso está demodé –dije haciendo gala de mis gustos por la moda, los movimientos artísticos y demás puñetas superficiales –quizás algo más moderno...
- Un cabestrillo...es muy de esquiador...queda muy bien para las visitas.
- Ya veo, no carece de lógica su argumento...¿hay algún tratamiento más, ultrasecreto, que usted y su institución no quieren revelarme, a pesar de trabajar en esto, debido sin duda a una conspiración a nivel mundial que haría tintar de blanco el pelo del más valeroso hombre?
- No puedo decírselo.
- Por tanto, la hay
No pudo resistirse a mi sagacidad de investigador, cultivada durante tantos años de visionar capítulos a medias de “se ha escrito un crimen” y otros seriales de igual tamaño artístico. Derrumbado cual testigo clave en mitad de un proceso, golpeó con furia su mesa. Descolgó el teléfono y solicitó una nueva, que le fue entregada al instante vía ventana, retirándose la anterior con leves desperfectos. Terminada la mudanza me miró a los ojos. Vencido por su enemigo, me ofreció una nueva solución.
- Podemos instalarle un brazo biónico – dijo, resignado.
Al instante me ví surcando galaxias en pos de la justicia. Desfaciendo entuertos. Deteniendo locomotoras, aniquilando extraterrestres de colores chillones, recibiendo el amor de entregadas doncellas. Cambiando el curso de la historia, defendiendo al inocente, al débil, al desprotegido. Erguido como figura principal de la lucha por la justicia y el orden establecido. Construiría un refugio en un lugar apartado. Sería taciturno, misterioso, opaco al ciudadano. Quizás un sosías por el día, un defensor al caer la noche. Haría frente a un taimado y astuto archienemigo, una mezcla de profesor Moriarty y amenaza venida de las estrellas, una némesis recurrente, odiada y respetada al tiempo. Un héroe, en definitiva.
- Ahora bien. Eso no lo cubre el seguro.
También se puede defender el mundo con una escayola. Y si no, por lo menos los compañeros del trabajo me la firmarían y Gutierrez me dibujaría un órgano sexual masculino en color rojo. Ya saben, no soy partidario de usar epítetos malsonantes.
Y Gutierrez es mucho de dibujar guarrerías.
lunes, 18 de enero de 2010
lunes, 11 de enero de 2010
SIGUIENDO LA CORRIENTE.
Era el turno del Señor Frascuelo. Realmente para la historia no importa demasiado dónde se encontrara. Bien podía ser ese estanco que dispensa sellos con la efigie del regente de dos pesetas, una frutería repleta de naranjas de la China o la sucursal de Banco Sacabilletes. No quiera usted saberlo todo, deje lugar a la imaginación.
El Señor Frascuelo esperaba, como individuo bien educado en las costumbres hispánicas, impacientemente en la cola, intentando ganar algún puesto cuando uno de sus predecesores se rascaba la rabadilla o se giraba para ver una estantería. Llegado al fin su turno, hubo de detenerse a dos ladrillos justos del mostrador. El habitante tras el mostrador lo miró circunflejo, subiéndose las viejas gafas de montura negra, alzando la cabeza y mostrando la colección de piezas dentales superiores, arreglos empastados incluidos.
-A ver caballero, siguiente.
-Yo yo, sí, es mi turno.
-Pues acérquese, ¿qué desea?
-Mal puedo acercarme.
-¿Debido a qué?
-No podría atravesar la distancia hasta el mostrador, me temo.
Los presentes se interrogaban con la mirada. ¿Un loco, un borracho, un extranjero de extrañas costumbres quizá?. Incoscientemente trazaron un anfiteatro humano para asistir, en patio de butacas, al extraño desarrollo de los acontecimientos que allí acontecían.
-Perdone señor, pero no le entiendo. ¿Tendría usted la bondad de...?
-La tendría, sin duda, sin no acontecieran estas circunstancias tan adversas para realizar la transacción comercial acordada conmigo mismo momentos antes de mi llegada.
-Ruego me explique su problema. ¿Varices, piernas cansadas, simple vagancia o desgana?
-Constato por sus palabras que no ha reparado usted en la corriente energética frente a su mostrador. De otro modo, si fuera consciente del hecho y aún así, siguiera usted animándome a adelantar mi paso, debería de tacharlo, cívicamente, como irresponsable, ruin y otros calificativos extraídos de mi sesera para esta ocasión de afrenta.
-Desconozco las circunstancias de la corriente citada por usted.
-Pues ¡bien lozana es la condenada!
La clientela apretaba los ojos esperando ver el curioso fenómeno explicado por el caballero. Viendo solo ladrillos, alguna colilla y otra basura insignificante, en voz baja sin querer incomodar al presunto hombre de ciencia, lo tacharon de pamplinas, desquiciado, artista y otros calificativos afines.
-Mi negocio es respetable, señor –decía con mano en el pecho y ojos entrecerrados el tendero – sepa usted que nunca tuve queja alguna sobre los servicios o mercancía vendidos en este establecimiento. Demostrar debería lo que sus palabras dicen, o enfilar hacia la puerta y no volver a esta casa bajo circunstancia alguna.
-Su rectitud se le presume, como a cualquier comerciante. Dicho esto, no es menos cierto que ante usted, en su espacio de trabajo, corre una corriente temporal sin lugar a dudas.
-¿Acaso es usted científico?
-No.
-Pues...
-Corredor de seguros, le estrecharía la mano si con este gesto no pusiera yo mi propia integridad física expuesta a los designios de este inusual comportamiento físico.
-Caballero, pierda cuidado. Adquiera lo que venía a buscar, nada ha de pasarle. Se lo garantizo de tal manera que si algo, por leve que fuere, le pasase a usted entre estas paredes, compraría usted gratis en este comercio de por vida.
La estrategia del Señor Frascuelo para dar un sablazo al tendero había dado resultado. En breves momentos, adelantado el paso, realizaría una extraña danza, ensayada de antemano en su desván ante el espejo, simulando sufrir un extraño mal de procedencia desconocida. Preparado estaba para efectuar convulsiones, espasmos y otros raros síntomas, concentrándose para no sobreactuar. Se ajustó el traje, afinó su bigote y dio el paso.
La diosa fortuna quiso que, como desagravio de otros engaños a comercios de la ciudad, efectivamente una corriente temporal discurriera por aquellas latitudes. Con un gutural grito, afeminado si he de ser sincero, desapareció ante los ojos ensimismados de los presentes. Mal negocio tuvo desde entonces el tendero. Obligado a cerrar su establecimiento ante las habladurías de los habitantes de la ciudad, dejó atrás su pasado desplazándose al norte, a su pueblo natal donde acabó sus días trabajando en unas tierras propiedad de un antepasado.
Peor acabó el farolero y timador Señor Frascuelo, inmerso en una guerra de bandas sanguinarias en una tierra emplazada en un futuro distante e incierto, azotado por el polvo del desierto, refugiándose de las alimañas y armado con un fusil de cerrojo y su bastón.
Pero esta historia quisiera yo relatársela a ustedes cuando este regrese de esa tierra indómita, no desearía que nadie me tachase de embustero.
El Señor Frascuelo esperaba, como individuo bien educado en las costumbres hispánicas, impacientemente en la cola, intentando ganar algún puesto cuando uno de sus predecesores se rascaba la rabadilla o se giraba para ver una estantería. Llegado al fin su turno, hubo de detenerse a dos ladrillos justos del mostrador. El habitante tras el mostrador lo miró circunflejo, subiéndose las viejas gafas de montura negra, alzando la cabeza y mostrando la colección de piezas dentales superiores, arreglos empastados incluidos.
-A ver caballero, siguiente.
-Yo yo, sí, es mi turno.
-Pues acérquese, ¿qué desea?
-Mal puedo acercarme.
-¿Debido a qué?
-No podría atravesar la distancia hasta el mostrador, me temo.
Los presentes se interrogaban con la mirada. ¿Un loco, un borracho, un extranjero de extrañas costumbres quizá?. Incoscientemente trazaron un anfiteatro humano para asistir, en patio de butacas, al extraño desarrollo de los acontecimientos que allí acontecían.
-Perdone señor, pero no le entiendo. ¿Tendría usted la bondad de...?
-La tendría, sin duda, sin no acontecieran estas circunstancias tan adversas para realizar la transacción comercial acordada conmigo mismo momentos antes de mi llegada.
-Ruego me explique su problema. ¿Varices, piernas cansadas, simple vagancia o desgana?
-Constato por sus palabras que no ha reparado usted en la corriente energética frente a su mostrador. De otro modo, si fuera consciente del hecho y aún así, siguiera usted animándome a adelantar mi paso, debería de tacharlo, cívicamente, como irresponsable, ruin y otros calificativos extraídos de mi sesera para esta ocasión de afrenta.
-Desconozco las circunstancias de la corriente citada por usted.
-Pues ¡bien lozana es la condenada!
La clientela apretaba los ojos esperando ver el curioso fenómeno explicado por el caballero. Viendo solo ladrillos, alguna colilla y otra basura insignificante, en voz baja sin querer incomodar al presunto hombre de ciencia, lo tacharon de pamplinas, desquiciado, artista y otros calificativos afines.
-Mi negocio es respetable, señor –decía con mano en el pecho y ojos entrecerrados el tendero – sepa usted que nunca tuve queja alguna sobre los servicios o mercancía vendidos en este establecimiento. Demostrar debería lo que sus palabras dicen, o enfilar hacia la puerta y no volver a esta casa bajo circunstancia alguna.
-Su rectitud se le presume, como a cualquier comerciante. Dicho esto, no es menos cierto que ante usted, en su espacio de trabajo, corre una corriente temporal sin lugar a dudas.
-¿Acaso es usted científico?
-No.
-Pues...
-Corredor de seguros, le estrecharía la mano si con este gesto no pusiera yo mi propia integridad física expuesta a los designios de este inusual comportamiento físico.
-Caballero, pierda cuidado. Adquiera lo que venía a buscar, nada ha de pasarle. Se lo garantizo de tal manera que si algo, por leve que fuere, le pasase a usted entre estas paredes, compraría usted gratis en este comercio de por vida.
La estrategia del Señor Frascuelo para dar un sablazo al tendero había dado resultado. En breves momentos, adelantado el paso, realizaría una extraña danza, ensayada de antemano en su desván ante el espejo, simulando sufrir un extraño mal de procedencia desconocida. Preparado estaba para efectuar convulsiones, espasmos y otros raros síntomas, concentrándose para no sobreactuar. Se ajustó el traje, afinó su bigote y dio el paso.
La diosa fortuna quiso que, como desagravio de otros engaños a comercios de la ciudad, efectivamente una corriente temporal discurriera por aquellas latitudes. Con un gutural grito, afeminado si he de ser sincero, desapareció ante los ojos ensimismados de los presentes. Mal negocio tuvo desde entonces el tendero. Obligado a cerrar su establecimiento ante las habladurías de los habitantes de la ciudad, dejó atrás su pasado desplazándose al norte, a su pueblo natal donde acabó sus días trabajando en unas tierras propiedad de un antepasado.
Peor acabó el farolero y timador Señor Frascuelo, inmerso en una guerra de bandas sanguinarias en una tierra emplazada en un futuro distante e incierto, azotado por el polvo del desierto, refugiándose de las alimañas y armado con un fusil de cerrojo y su bastón.
Pero esta historia quisiera yo relatársela a ustedes cuando este regrese de esa tierra indómita, no desearía que nadie me tachase de embustero.
martes, 15 de diciembre de 2009
MANIDAS MANÍAS. ( 2 de 2 )
Resumen de lo que tiene vd. abajo: Un grupo de emprendedores, cada uno con sus peculiaridades, piden dinero a un señor al que le sobran las manías.
Dos leves toques en la puerta dejaron en pausa la conversación. Santiesteban esperó el permiso reglamentario para entrar con la corbata del revés, envés al frente y con sonrisa tímida. Primero entró con el pie izquierdo y ante el enfado manifiesto del señor de los dineros, volvió a salir, llamar, pedir permiso y a entrar a la pata coja para no usar el maldito pie siniestro. Tomó asiento y planchó manualmente el revés del trozo de tela prendido al cuello.
-¿Me decían sus compañeros que iban a dedicar el capital prestado en, en pañuelos?
-¿En pañuelos? –preguntó un mal informado Santiesteban, preguntándose si en aquellos segundos transcurridos el perfil de negocio tan discutido entre los tres socios había cambiado.
-A pañuelos, a pañuelos claro –afirmó rotundo Peñasco -¿a qué si no? Si lo llevamos comentando desde hace meses.
-¿Pañuelos? – Santiesteban descolgó el labio y al observar el movimiento pendular que describía la tiránica puntera de Aurelio, optó por tirarse al rio del convencimiento y dejarse llevar por la corriente – ¡A pañuelos, claro!
-Un negocio un poco extraño, ¿no les parece?
-Extraño, y usted que lo diga – Peñasco daba la razón muy convencido, a juzgar por su caída de párpados.
-A ver, y entiéndanme. Soy persona de posición, y si se sabe por ahí que a tres personajillos les he prestado dinero para hacer pañuelos, se me van a subir a las barbas. ¿Qué tipo de pañuelos?
Aurelio, el más aventajado de todos ellos por su sana costumbre de arreglar las diferencias a punterazos, observó entonces el piquito de tela blanco asomando por el bolsillo de la cara chaqueta de don Ramiro. Cara por su posición social y cargo, no por los pespuntes, aparentemente desquiciados y por su desequilibrio en los hombros. Entonces, para evitar salidas de tono, balanceó ambos pies avisando de esta forma tan poco convencional la idoneidad del silencio de los restantes socios. En contacto con el suelo solo a través de sus nalgas ancladas al asiento, y carraspeando como aviso, resolvió ufano.
-A pañuelos decentes, don Ramiro. A pañuelos de señor de toda la vida. Nada de esos bordados de señorita de pitiminí. Estamos hartos de esos pañuelos de papel de usar y tirar, es un mal principio para la economía y para las personas el habituarse a usar una cosa para después de servir, deshacerse de ella. Pañuelos, señor mío.
-¿Pañuelos de uso corriente? – los asistentes al simposium privado de créditos estrafalarios notaron, en mayor o menor medida, el disimulado vistazo de Don Ramiro a su primoroso pañuelito alojado en el bolsillo de su chaqueta.
-No no, pañuelos de señor, de hombre como Dios manda. Pañuelos de ir a los toros, sonarse la mocarra, con perdón, y luego pedir las orejas y el rabo del diestro. Pañuelos de lino para prestar a damas para enjugar sus lágrimas. Pañuelos españoles.
-Pañuelos españoles, me gusta el nombre.
Los tres sonrieron mentalmente. Estaba casi hecho. Aparte quedaba el tema de haber adquirido cuatrocientos kilos de cierres adhesivos para los pañales y que un afamado ilustrador tenía los diseños previos de los adornos infantiles. Si para meter las zarpas, la cabeza y las canillas en el mundo empresarial debían producir pañuelos, ¡pañuelos producirían!. Don Ramiro los miró por unos instantes, y podría decirse que, por unos segundos, se esbozó una sonrisa bajo su poblado bigote.
A tenor del esfuerzo para abrir el primer cajón de su mesita y extraer la chequera, debían ser los primeros en muchísimo tiempo en lograr uno de los préstamos de aquel hombre, conocido por sus manías, su dureza y estar bañado, según las leyendas, en oro con tropezones de diamante, como una galleta digna del Rey Midas. Con parsimonia y logrando detener la vida de los tres aspirantes por unos minutos, don Ramiro rellenó un cheque del Banco Hispano Suizo, por valor de pesetas dos millones. Su nombre con pluma del siete, la cifra con bolígrafo verde, la firma con rotulador estilográfico y el sello con media patata tallada a tal efecto y remojada en la esponjita de tinta. Les entregó el preciado botín extendiéndolo mientras lo agitaba para secar la tinta sobrante dejada por el medio tubérculo.
Cuarenta genuflexiones realizaron los tres tipos a la vez que abandonaban el despacho. Sonreían, miraban el cheque en las manos de Aurelio sobre su hombro, aún sorprendidos, y mientras Santiesteban daba recuerdos a catorce generaciones de Don Rodrigo y Peñasco afirmaba cada piropo con ansia, incluso alzando las manos con gestos toreros, Aurelio los iba desalojando del despacho con puntapiés a discrección.
La tranquila vida de Don Ramón volvió a su curso. Recolocó uno de los documentos, movido levemente por las corrientes producidas por los movimientos de los asistentes, se sacudió el pantalón trece veces y alzó la vista al techo, contemplativo, meditabundo y reflexivo.
-Llegará el día, Ramiro, en el que uno de estos aspirantes a empresarios quiera montar una fábrica de pañales. Por unos momentos estos jóvenes parecía que...pero en fin...El día llegará, y ese día les daré toda mi fortuna...¡mis herederos los haré!. Salvaguardar los pristinos traseros de tiernos infantes, futuro de este país. ¡Eso es una industria!.
Dos leves toques en la puerta dejaron en pausa la conversación. Santiesteban esperó el permiso reglamentario para entrar con la corbata del revés, envés al frente y con sonrisa tímida. Primero entró con el pie izquierdo y ante el enfado manifiesto del señor de los dineros, volvió a salir, llamar, pedir permiso y a entrar a la pata coja para no usar el maldito pie siniestro. Tomó asiento y planchó manualmente el revés del trozo de tela prendido al cuello.
-¿Me decían sus compañeros que iban a dedicar el capital prestado en, en pañuelos?
-¿En pañuelos? –preguntó un mal informado Santiesteban, preguntándose si en aquellos segundos transcurridos el perfil de negocio tan discutido entre los tres socios había cambiado.
-A pañuelos, a pañuelos claro –afirmó rotundo Peñasco -¿a qué si no? Si lo llevamos comentando desde hace meses.
-¿Pañuelos? – Santiesteban descolgó el labio y al observar el movimiento pendular que describía la tiránica puntera de Aurelio, optó por tirarse al rio del convencimiento y dejarse llevar por la corriente – ¡A pañuelos, claro!
-Un negocio un poco extraño, ¿no les parece?
-Extraño, y usted que lo diga – Peñasco daba la razón muy convencido, a juzgar por su caída de párpados.
-A ver, y entiéndanme. Soy persona de posición, y si se sabe por ahí que a tres personajillos les he prestado dinero para hacer pañuelos, se me van a subir a las barbas. ¿Qué tipo de pañuelos?
Aurelio, el más aventajado de todos ellos por su sana costumbre de arreglar las diferencias a punterazos, observó entonces el piquito de tela blanco asomando por el bolsillo de la cara chaqueta de don Ramiro. Cara por su posición social y cargo, no por los pespuntes, aparentemente desquiciados y por su desequilibrio en los hombros. Entonces, para evitar salidas de tono, balanceó ambos pies avisando de esta forma tan poco convencional la idoneidad del silencio de los restantes socios. En contacto con el suelo solo a través de sus nalgas ancladas al asiento, y carraspeando como aviso, resolvió ufano.
-A pañuelos decentes, don Ramiro. A pañuelos de señor de toda la vida. Nada de esos bordados de señorita de pitiminí. Estamos hartos de esos pañuelos de papel de usar y tirar, es un mal principio para la economía y para las personas el habituarse a usar una cosa para después de servir, deshacerse de ella. Pañuelos, señor mío.
-¿Pañuelos de uso corriente? – los asistentes al simposium privado de créditos estrafalarios notaron, en mayor o menor medida, el disimulado vistazo de Don Ramiro a su primoroso pañuelito alojado en el bolsillo de su chaqueta.
-No no, pañuelos de señor, de hombre como Dios manda. Pañuelos de ir a los toros, sonarse la mocarra, con perdón, y luego pedir las orejas y el rabo del diestro. Pañuelos de lino para prestar a damas para enjugar sus lágrimas. Pañuelos españoles.
-Pañuelos españoles, me gusta el nombre.
Los tres sonrieron mentalmente. Estaba casi hecho. Aparte quedaba el tema de haber adquirido cuatrocientos kilos de cierres adhesivos para los pañales y que un afamado ilustrador tenía los diseños previos de los adornos infantiles. Si para meter las zarpas, la cabeza y las canillas en el mundo empresarial debían producir pañuelos, ¡pañuelos producirían!. Don Ramiro los miró por unos instantes, y podría decirse que, por unos segundos, se esbozó una sonrisa bajo su poblado bigote.
A tenor del esfuerzo para abrir el primer cajón de su mesita y extraer la chequera, debían ser los primeros en muchísimo tiempo en lograr uno de los préstamos de aquel hombre, conocido por sus manías, su dureza y estar bañado, según las leyendas, en oro con tropezones de diamante, como una galleta digna del Rey Midas. Con parsimonia y logrando detener la vida de los tres aspirantes por unos minutos, don Ramiro rellenó un cheque del Banco Hispano Suizo, por valor de pesetas dos millones. Su nombre con pluma del siete, la cifra con bolígrafo verde, la firma con rotulador estilográfico y el sello con media patata tallada a tal efecto y remojada en la esponjita de tinta. Les entregó el preciado botín extendiéndolo mientras lo agitaba para secar la tinta sobrante dejada por el medio tubérculo.
Cuarenta genuflexiones realizaron los tres tipos a la vez que abandonaban el despacho. Sonreían, miraban el cheque en las manos de Aurelio sobre su hombro, aún sorprendidos, y mientras Santiesteban daba recuerdos a catorce generaciones de Don Rodrigo y Peñasco afirmaba cada piropo con ansia, incluso alzando las manos con gestos toreros, Aurelio los iba desalojando del despacho con puntapiés a discrección.
La tranquila vida de Don Ramón volvió a su curso. Recolocó uno de los documentos, movido levemente por las corrientes producidas por los movimientos de los asistentes, se sacudió el pantalón trece veces y alzó la vista al techo, contemplativo, meditabundo y reflexivo.
-Llegará el día, Ramiro, en el que uno de estos aspirantes a empresarios quiera montar una fábrica de pañales. Por unos momentos estos jóvenes parecía que...pero en fin...El día llegará, y ese día les daré toda mi fortuna...¡mis herederos los haré!. Salvaguardar los pristinos traseros de tiernos infantes, futuro de este país. ¡Eso es una industria!.
miércoles, 9 de diciembre de 2009
MANIDAS MANÍAS. ( 1 de 2 )
Las manías son personales e intransferibles. Además, por nuestra condición de humanos, deberíamos tener derecho constitucional a tener, al menos, una manía por persona. Es una peculiaridad intrínseca de casa individuo, un leve matíz psicológico que consigue distinguirnos.
Ramiro tiene sus manías. Y las que le corresponden a su mujer, al vecino, al Coro de Voces Angelicales de Tomosillo y a medio reino.
Y sí, lo distingue de los demás. Es un auténtico petardo.
El escaso contenido de su mesa de despacho estaba trazado a escuadra y cartabón. Los documentos oficiales encaraban al norte, los instrumentos de escrituras en ángulo de quince grados respecto a la curvatura de las manos y el interfono en posición sur-suroeste.
Su obsesión por el orden se trasladaba a otros ámbitos, más allá de lo puramente decorativo o funcional. Aquella mañana tres aspirantes de una pequeña compañía de pañales a una subvención jugosa se personaron en la oficina, tras confirmar quince veces, contadas, su asistencia. Los hizo pasar primero en orden de estatura. No contento con ello, les hizo salir, volver a entrar por orden alfabético, de cargo y por lugar de nacimiento de norte a sur. Sólo se pudieron sentar en los altos sillones de cuero tras haberle dado el gusto de acceder al despacho a su manera en varias ocasiones.
-¿Corbata marrón? –el señor Ramiro interrogó con las cejas a uno de los nerviosos empresarios.
-Marrón glasé, si señor...clarito – la manía de Santiesteban consistía en hablar más de la cuenta y odiar a muerte a los espacios en blanco en una conversación. “Rellena rellena” le decía su nervioso cerebro – regalo de mi mujer en una excursión a Móstoles, en una pequeña tiendecita de una calle empedrada, o por lo menos eso me dijo, a la excursión fue ella sola.
A un leve carraspeo del adinerado, el tic nervioso de su compañero de la derecha, Aurelio, respondió raudo, arreando un mal disimulado puntapié a la espinilla del charlatán compulsivo.
-Marrón, sí señor – pespunteó la bolsa del soliloquio un dolorido Santiesteban.
-Odio el marrón –apostilló directo don Ramiro.
-Pues me la quito, no se diga más.
-Detesto a las personas sin corbata. No me transmiten seriedad.
-Es verdad, diga usted que sí – al final de la galería de pánfilos, Peñasco, de la Peña Peñasco si se desenrollaban sus apellidos, era asiduo a dar la razón a todo el mundo sobre todas las cosas. Para él, todo individuo superaba en razón al santo más ilustrado. En ocasiones llegaba a aplaudir las opiniones ajenas.
-Pues usted dirá como lo arreglamos – interfirió Aurelio, con la puntera a punto por si Peñasco se descolgaba con más parabienes.
-Es negra por la parte de atrás – balbuceante y excitado por el descubrimiento, Santiesteban miraba con ojos ilusionados al Ilustre Señor Don Ramiro, a falta de más genuflexiones verbales. -¿ve, por aquí?
-Sea, póngasela al revés entonces.
-Vamos, ahora mismo.
Procedía el tembloroso Santiesteban a despojarse de la corbata y arreglárselas para colocársela con la etiqueta cara a la galería cuando, escandalizado, don Ramiro reculó en su caro sofá tapizado con piel de animal inocente de todo cargo y lego en materias de economía.
-¡No consiento que se me desnude aquí mismo! ¡Esto es un despacho decente y temeroso con las normas divinas!
-NO no no no no – por si no terminaba de entenderse, insertó otro no – no, si es sólo la corbata.
-Ni una prenda, se cambia usted en el baño y vuelve a entrar.
Tras un primoroso puntapié en el talón de aquiles y un rebufo silencioso con desprecio por parte de Aurelio, el pobre Santiesteban salió del despacho extendiéndose en detalles con la secretaria de la habitación conjunta. Por toda respuesta, esta con las manos en los carrillos susurró con la mirada “¿qué me va a contar usted a mí?”.
-Bien caballeros, no tengo tiempo que perder. Digánme el motivo de su visita.
-Don Ramiro, sabemos por unos compañeros empresariales de su filantropía y su disposición a la ayuda monetaria. Estamos formando estos compañeros y servidor una empresa y necesitamos una inyección en líquido para ponerla en marcha.
-Es cierto don Ramiro –untaba Peñasco – sabemos de su generosidad.
-¿A qué pretenden dedicarse pues?
-A producir pañ... – pudo decir Peñasco antes de que los avisos de dolor proveniente de su pantorrilla llegaran a la recepción del cerebro. Aurelio lo miraba con ojos encendidos y, como en los carteles luminosos de cotizaciones bancarias o de paradas de autobús, por la frente de su compañero el lisonjero pudo leer “¡Quedamos en decir que nada de pañales, seguro que le dan asco!”
-¿A pañ? ¿Una verdura exótica quizás? Les advierto: no presto dinero para verduras. En mi vida lo haré y que me abofetee el firmamento si me atrevo.
-No no Señor Don Ramiro –Aurelio trazó las mayúsculas en su cerebro – a...a pañuelos quería decir mi estimado colega.
-¿A pañuelos?
(concluirá)
Ramiro tiene sus manías. Y las que le corresponden a su mujer, al vecino, al Coro de Voces Angelicales de Tomosillo y a medio reino.
Y sí, lo distingue de los demás. Es un auténtico petardo.
El escaso contenido de su mesa de despacho estaba trazado a escuadra y cartabón. Los documentos oficiales encaraban al norte, los instrumentos de escrituras en ángulo de quince grados respecto a la curvatura de las manos y el interfono en posición sur-suroeste.
Su obsesión por el orden se trasladaba a otros ámbitos, más allá de lo puramente decorativo o funcional. Aquella mañana tres aspirantes de una pequeña compañía de pañales a una subvención jugosa se personaron en la oficina, tras confirmar quince veces, contadas, su asistencia. Los hizo pasar primero en orden de estatura. No contento con ello, les hizo salir, volver a entrar por orden alfabético, de cargo y por lugar de nacimiento de norte a sur. Sólo se pudieron sentar en los altos sillones de cuero tras haberle dado el gusto de acceder al despacho a su manera en varias ocasiones.
-¿Corbata marrón? –el señor Ramiro interrogó con las cejas a uno de los nerviosos empresarios.
-Marrón glasé, si señor...clarito – la manía de Santiesteban consistía en hablar más de la cuenta y odiar a muerte a los espacios en blanco en una conversación. “Rellena rellena” le decía su nervioso cerebro – regalo de mi mujer en una excursión a Móstoles, en una pequeña tiendecita de una calle empedrada, o por lo menos eso me dijo, a la excursión fue ella sola.
A un leve carraspeo del adinerado, el tic nervioso de su compañero de la derecha, Aurelio, respondió raudo, arreando un mal disimulado puntapié a la espinilla del charlatán compulsivo.
-Marrón, sí señor – pespunteó la bolsa del soliloquio un dolorido Santiesteban.
-Odio el marrón –apostilló directo don Ramiro.
-Pues me la quito, no se diga más.
-Detesto a las personas sin corbata. No me transmiten seriedad.
-Es verdad, diga usted que sí – al final de la galería de pánfilos, Peñasco, de la Peña Peñasco si se desenrollaban sus apellidos, era asiduo a dar la razón a todo el mundo sobre todas las cosas. Para él, todo individuo superaba en razón al santo más ilustrado. En ocasiones llegaba a aplaudir las opiniones ajenas.
-Pues usted dirá como lo arreglamos – interfirió Aurelio, con la puntera a punto por si Peñasco se descolgaba con más parabienes.
-Es negra por la parte de atrás – balbuceante y excitado por el descubrimiento, Santiesteban miraba con ojos ilusionados al Ilustre Señor Don Ramiro, a falta de más genuflexiones verbales. -¿ve, por aquí?
-Sea, póngasela al revés entonces.
-Vamos, ahora mismo.
Procedía el tembloroso Santiesteban a despojarse de la corbata y arreglárselas para colocársela con la etiqueta cara a la galería cuando, escandalizado, don Ramiro reculó en su caro sofá tapizado con piel de animal inocente de todo cargo y lego en materias de economía.
-¡No consiento que se me desnude aquí mismo! ¡Esto es un despacho decente y temeroso con las normas divinas!
-NO no no no no – por si no terminaba de entenderse, insertó otro no – no, si es sólo la corbata.
-Ni una prenda, se cambia usted en el baño y vuelve a entrar.
Tras un primoroso puntapié en el talón de aquiles y un rebufo silencioso con desprecio por parte de Aurelio, el pobre Santiesteban salió del despacho extendiéndose en detalles con la secretaria de la habitación conjunta. Por toda respuesta, esta con las manos en los carrillos susurró con la mirada “¿qué me va a contar usted a mí?”.
-Bien caballeros, no tengo tiempo que perder. Digánme el motivo de su visita.
-Don Ramiro, sabemos por unos compañeros empresariales de su filantropía y su disposición a la ayuda monetaria. Estamos formando estos compañeros y servidor una empresa y necesitamos una inyección en líquido para ponerla en marcha.
-Es cierto don Ramiro –untaba Peñasco – sabemos de su generosidad.
-¿A qué pretenden dedicarse pues?
-A producir pañ... – pudo decir Peñasco antes de que los avisos de dolor proveniente de su pantorrilla llegaran a la recepción del cerebro. Aurelio lo miraba con ojos encendidos y, como en los carteles luminosos de cotizaciones bancarias o de paradas de autobús, por la frente de su compañero el lisonjero pudo leer “¡Quedamos en decir que nada de pañales, seguro que le dan asco!”
-¿A pañ? ¿Una verdura exótica quizás? Les advierto: no presto dinero para verduras. En mi vida lo haré y que me abofetee el firmamento si me atrevo.
-No no Señor Don Ramiro –Aurelio trazó las mayúsculas en su cerebro – a...a pañuelos quería decir mi estimado colega.
-¿A pañuelos?
(concluirá)
viernes, 20 de noviembre de 2009
UNOS PECADILLOS.
El castañero le miró a la base de la nuca, a ese lunar piloso que le saludaba saliendo de detrás de la bufanda de aquel tipo. Ya había visto aquel lunar, aquella bufanda y aquel tipo. Tener el negocio justo en la esquina tenía esa desventaja, rara vez veía una cara. Por el contrario, nunca olvidaba una nuca.
Lunar, bufanda y señor conquistaron a la par el primer escalón del edificio. El pie izquierdo preguntó al derecho cómo veía la cosa y tras unos segundos y una respuesta un tanto equívoca, se animó a seguir a su hermano. Y uno tras otro, siguiendo en esta dinámica, ese señor desconocido para usted se encontraba en el portal, acceso a ese místico mundo de formularios llamado la Santa Delegación.
Tiró de la lengua del dispensador de turnos. El setenta y uno-a. Dio gracias por no haber llegado un poco antes y ser esclavo del fatídico sesenta y nueve. Bastante traía él para arriesgarse a problemas con ese numerito, campeón del doble sentido y proclive a la inflación de carrillos y a las risas mal disimuladas en ambientes desconocidos, faltos de confianza y tendentes al humor quinceañero.
La persona fiscal justo anterior a él había terminado su papeleo. Con los ojos iluminados, dirigió una sonrisa a nuestro hombre. El deseaba ser igual de feliz al acabar el asunto que le había llevado hasta allí. Una suave, melodiosa, armónica y tranquilizadora voz le indicó la llegada de su hora.
Administrativamente hablando, obviamente. Con paso inseguro se acercó a la ventanilla. Oculto tras una persianita de tiras chapadas, el auxiliar guardaba silencio.
-Santo formulario bendito.
-Sellado y compulsado. ¿Qué te trae por aquí hijo? – en términos eclesiásticos; humanamente no les unía a ambos más lazos que los propios del mono.
-Unos pecadillos santo auxiliar.
-¡Aiins!, que no dejáis de tender a la incorrección legal. Hale hale. Cuéntame – alargó la “e” acentuada como solía hacer su mentor años atrás en el Seminario de Auxiliares.
-He defraudado de obra y de pensamiento.
-A ver, a ver.
-En casa hemos colocado un aparcamiento. Yo mismo compré el cemento, abrí el hueco, coloqué unas placas de pizarra en el jardín y quedó bastante bien.
-A ver si te voy a expedientar por soberbia.
-No auxiliar no. Calle, calle, esto es duro.
-Continúa.
-Pues...que no lo he dado de alta, no he – la congoja por el reconocimiento de la falta le hizo producir superavit de saliva, atragantarse y que las lágrimas producidas por el ahogo actuaran como muestra de sincero sentimiento de culpa y reconocimiento, lo que, erróneamente, hizo al funcionario marcar la casilla correspondiente al arrepentimiento – no he solicitado el vado, auxiliar.
El santo varón, cabeceando tras el cristal, se sentía en parte impotente.
-¿Cuánto hace que eres miembro de esta santa delegación?
-Desde siempre, vamos, desde que me empadroné en esa ventanilla.
-¿Y qué te hace actuar de esa manera?. Reflexiona.
-Usted sabe como anda el centro de tráfico...bajar, fotocopiar papeles...entiéndame, soy un ciudadano practicante, muy orgulloso de serlo. Pero a veces se piden unos sacrificios...
-Esta Delegación sólo te pide que acudas lunes, miércoles y viernes no festivos, hijo. En esas fechas y tras la lectura del Boletín Oficial, debes aprovechar para presentar tus asuntos. Pero claro, como estáis mal acostumbrados a venir sólo cuando buenamente os hace falta...así os pasan estas cosas – la reprimenda era severa, pero a su vez, comprensiva, como un padre cuando explica a su hijo algunos preceptos del universo cotidiano.
-Si tiene usted toda la razón auxiliar.
-¿Algo más?
-Bueno, hace un par de noches, con mi señora en la cama...me siento un poco violento con esto.
-Te escucho.
-Hablábamos de dinero.
-Maal empezamos.
-Y ella dijo que si en mi empresa me arreglaran un poquito la nómina, me podían pagar un poquito en negro y así...ya sabe...el bolsillo es débil. Pero fue solo de pensamiento. Al momento le hice ver lo equivocada que estaba.
-Eso te honra.
-Ya sabe usted, la mujer de uno, pues intenta sisar un poco para los gastos...pero le dije que como contribuyente eso no podía yo permitirlo.
-Pero tendré que ponerte penitencia por ambas, si no tienes alguna irregularidad más.
-No no no padre. Pagué el IBI el primer día y no pasa mes que no done parte de mi salario a la Santa Madre Hacienda.
-Como te conozco desde que te empadroné, te voy a dejar pasar ese deseo de cobrar en negro. Ahora, lo del vado no te lo puedo dejar pasar.
-Claro claro.
-Ahora mismo me lo das de alta, me pagas un recargo y me rellenas dos formularios de arrepentimiento.
-Sí auxiliar.
-Con buena letra y por las dos caras, que no te vea yo con prisas por acabar.
-No no no...
Y así, sintiéndose plenamente integrado en los mecanismos universales del misterio de la burocracia, el vado de este buen ciudadano fue dado de alta convenientemente, con su copia rosada que podría mostrar orgulloso en la siguiente reunión de la Junta de Distrito.
Lunar, bufanda y señor conquistaron a la par el primer escalón del edificio. El pie izquierdo preguntó al derecho cómo veía la cosa y tras unos segundos y una respuesta un tanto equívoca, se animó a seguir a su hermano. Y uno tras otro, siguiendo en esta dinámica, ese señor desconocido para usted se encontraba en el portal, acceso a ese místico mundo de formularios llamado la Santa Delegación.
Tiró de la lengua del dispensador de turnos. El setenta y uno-a. Dio gracias por no haber llegado un poco antes y ser esclavo del fatídico sesenta y nueve. Bastante traía él para arriesgarse a problemas con ese numerito, campeón del doble sentido y proclive a la inflación de carrillos y a las risas mal disimuladas en ambientes desconocidos, faltos de confianza y tendentes al humor quinceañero.
La persona fiscal justo anterior a él había terminado su papeleo. Con los ojos iluminados, dirigió una sonrisa a nuestro hombre. El deseaba ser igual de feliz al acabar el asunto que le había llevado hasta allí. Una suave, melodiosa, armónica y tranquilizadora voz le indicó la llegada de su hora.
Administrativamente hablando, obviamente. Con paso inseguro se acercó a la ventanilla. Oculto tras una persianita de tiras chapadas, el auxiliar guardaba silencio.
-Santo formulario bendito.
-Sellado y compulsado. ¿Qué te trae por aquí hijo? – en términos eclesiásticos; humanamente no les unía a ambos más lazos que los propios del mono.
-Unos pecadillos santo auxiliar.
-¡Aiins!, que no dejáis de tender a la incorrección legal. Hale hale. Cuéntame – alargó la “e” acentuada como solía hacer su mentor años atrás en el Seminario de Auxiliares.
-He defraudado de obra y de pensamiento.
-A ver, a ver.
-En casa hemos colocado un aparcamiento. Yo mismo compré el cemento, abrí el hueco, coloqué unas placas de pizarra en el jardín y quedó bastante bien.
-A ver si te voy a expedientar por soberbia.
-No auxiliar no. Calle, calle, esto es duro.
-Continúa.
-Pues...que no lo he dado de alta, no he – la congoja por el reconocimiento de la falta le hizo producir superavit de saliva, atragantarse y que las lágrimas producidas por el ahogo actuaran como muestra de sincero sentimiento de culpa y reconocimiento, lo que, erróneamente, hizo al funcionario marcar la casilla correspondiente al arrepentimiento – no he solicitado el vado, auxiliar.
El santo varón, cabeceando tras el cristal, se sentía en parte impotente.
-¿Cuánto hace que eres miembro de esta santa delegación?
-Desde siempre, vamos, desde que me empadroné en esa ventanilla.
-¿Y qué te hace actuar de esa manera?. Reflexiona.
-Usted sabe como anda el centro de tráfico...bajar, fotocopiar papeles...entiéndame, soy un ciudadano practicante, muy orgulloso de serlo. Pero a veces se piden unos sacrificios...
-Esta Delegación sólo te pide que acudas lunes, miércoles y viernes no festivos, hijo. En esas fechas y tras la lectura del Boletín Oficial, debes aprovechar para presentar tus asuntos. Pero claro, como estáis mal acostumbrados a venir sólo cuando buenamente os hace falta...así os pasan estas cosas – la reprimenda era severa, pero a su vez, comprensiva, como un padre cuando explica a su hijo algunos preceptos del universo cotidiano.
-Si tiene usted toda la razón auxiliar.
-¿Algo más?
-Bueno, hace un par de noches, con mi señora en la cama...me siento un poco violento con esto.
-Te escucho.
-Hablábamos de dinero.
-Maal empezamos.
-Y ella dijo que si en mi empresa me arreglaran un poquito la nómina, me podían pagar un poquito en negro y así...ya sabe...el bolsillo es débil. Pero fue solo de pensamiento. Al momento le hice ver lo equivocada que estaba.
-Eso te honra.
-Ya sabe usted, la mujer de uno, pues intenta sisar un poco para los gastos...pero le dije que como contribuyente eso no podía yo permitirlo.
-Pero tendré que ponerte penitencia por ambas, si no tienes alguna irregularidad más.
-No no no padre. Pagué el IBI el primer día y no pasa mes que no done parte de mi salario a la Santa Madre Hacienda.
-Como te conozco desde que te empadroné, te voy a dejar pasar ese deseo de cobrar en negro. Ahora, lo del vado no te lo puedo dejar pasar.
-Claro claro.
-Ahora mismo me lo das de alta, me pagas un recargo y me rellenas dos formularios de arrepentimiento.
-Sí auxiliar.
-Con buena letra y por las dos caras, que no te vea yo con prisas por acabar.
-No no no...
Y así, sintiéndose plenamente integrado en los mecanismos universales del misterio de la burocracia, el vado de este buen ciudadano fue dado de alta convenientemente, con su copia rosada que podría mostrar orgulloso en la siguiente reunión de la Junta de Distrito.
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