lunes, 18 de agosto de 2008

RECUERDOS.

Paseaba su cara de acelga cada jueves por el mercado, ponía en el mostrador sus ojeras a vista de todos, vendía al kilo su pesimismo y regalaba manojos de andares arrastrados. Era un tipo que miraba un café y agriaba la leche. Quizás por este carácter no había llegado nunca a las manos.

A decir verdad, había tenido pocas oportunidades de enfrentarse a nadie al no relacionarse mucho.

Pero ya a los cuarentayalgos largos había aprendido a convivir consigo mismo. Paseaba entre los puestos de pescado, con su inconfundible aroma a mar empantanada, cuando un señor vestido de chandal gesticuló al fondo del pasillo. Reconoció enseguida a Luís, compañero del Colegio de los Angustiados, al que bastantes pelos de la coronilla se le habían mudado bajo la nariz. Fue un apretón de manos sincero.

Cumplieron con el decálogo básico de amigos que se reencuentran: preguntar por la familia, que si estás igual, en qué trabajas, si sigues con aquella tipa con la que andabas...alegres de verse el tiempo justo para charlar y despedirse efusivamente, porque algo más de tiempo ya incomoda socialmente.

Con el intercambio de biografías de rigor, Luís, alegre como unas castañuelas a pilas, le soltó la frase fatal: “chico, da recuerdos en casa”, antes de desaparecer por la esquina de las coliflores.

La idea se instaló en la cabeza. Lo tuvo preocupado y algo más ausente de lo normal. Llegó a casa, saludó al portero automático y entró en casa. Su señora nada más verlo, le regañó. Volvió a salir, se limpió los zapatos en el felpudo y pidiendo permiso con curvatura de los hombros y levantamiento de cejas, obtuvo la venia de la autoridad competente.

Tras reñirle por el precio de los tomates, porque las patatas que traían estaban pochas y básicamente encontrándole faltas a todo lo que sacaba de la bolsa, su señora esposa, derrochando la amabilidad de costumbre, le preguntó: “¿cómo es que has tardado tanto hoy?”.Le explicó el encuentro con un viejo compañero de clase, habían charlado un rato y las manecillas del reloj dieron demasiadas vueltas sin permiso. Miró a los ojos a su cónyuge, a su costilla y con media sonrisa en los labios, que no usaba desde sus años mozos, le dijo: “me dijo que te diera recuerdos”.

Y así lo hizo. Le dio casi todos los recuerdos. Empezó por los especialmente malos: aquella excursión de la que volvieron a mitad de camino porque se le antojó a ella, la rabia que le dio no poder ver Eurovisión aquel año que España hizo un papel digno porque a ella se empeñó ver un serial americano malísimo y otros tantos disgustos que en su momento había sabido aguantar con estoicismo y resignación cristiana. Animado por el peso desalojado, siguió con los menos malos. Los buenos modos de su esposa al volver a casa día no día tampoco, el tapiz de cacería de ciervos de encima del sofá, su nula vida bajo las sábanas...Con cada recuerdo se quitaba años y ganaba salud, prestancia y color en el rostro. Siguió dando recuerdos mientras ella reculaba hacía la cocina ante lo extraño de la actitud del que hasta hoy había sido piltrafilla al que mandar a por los recados.

Con ella pegada al lavavajillas, le dio el último recuerdo. El partido de fútbol que no pudo ver porque a la señora se le antojó ir a ver tapicerías de hule para la cafetera, para no comprar ninguna. Se relajó tanto que le pareció flotar a algunos milímetros del suelo.

Se quedó con sus recuerdos indispensables. Una tarde en un jardín a la salida del colegio. Una montaña rusa. Un helado con trozos crujientes...y mucho espacio para salir a la calle y rellenarlo de recuerdos que valieran la pena.

2 comentarios:

Manuel dijo...

Soy un lector asiduo de Sótano 71 y ocasional de Patente Pendiente. Hasta ahora no me había animado a hacer ningún comentario, pero este relato ha hecho que me asome la lagrimilla y me entren ganas de salir a comerme el mundo.
Gracias.
Sini

Mr.Incógnito dijo...

Comentarios como este es lo que anima a un tipo como servidor a seguir perdiendo las córneas juntando letras. Si esta maraña de bites le han servido de algo, ambos estamos en paz.

Dos saludos.