A Julito siempre le ha perdido la sinceridad. Su camino vital está plagado de cambios de sentido impuestos por una pulcra observancia del término verdad con todas las letras. Julito es muy noble, tanto que en tiempos de caballería, honor y caries lo habrían hecho desaparecer por fastidiarle la media a los caballeros vecinos de castillo.
Julito está mal puesto en el tiempo, porque el afán de actuar según lo correcto agobia un montón a semejantes y parecidos. Siempre se puede pensar uno que está maquinando un plan futuro para hacer la puñeta en un radio de dos habitaciones.
Además escogió un mal negocio. Anuncia cosas. Quizás en un arranque de querer cambiar el eje del mundo se subió al tiovivo de la publicidad. La profesión es amplia y no es lo mismo quien esparce las piezas sobre un papel y crea un anuncio como el que baja a la huerta de las ideas a recolectar lemas frescos. Pero al fin y al cabo todos ejecutan el mismo número. Julito es eficaz, una pieza engrasada, infatigable y de confianza. Pero no sabe bailar al son de la trompeta con sordina de la mentira. Y así, cuando hace unos días, le encargaron anunciar unos tapones de rosca, actuó en conciencia.
Nadie esperaba que se saliera del guión. En ese mundo particular plagado de círculos de plástico hay poco espacio para maniobrar mal con las palabras. Nadie concibe un mundo sin tapón en el fondo del mar, así que es un objeto que se vende solo.
Una tarea tan asequible que al bueno de Julito le dejó mucho tiempo para pensar.
Quedarse delante de un examen acabado repasando las respuestas es mal asunto ahora y ya lo era cuando se copiaban al natural bisontes al fondo de cuevas. Tapones Anoillo son muy buenos, ¡y qué colores! Unas roscas a prueba de impacto de meteoritos y con una noble familia unida tirando de palancas para llenar camiones de esos punto y final de las botellas.
Una pena que su cliente fuera Tapones Taponatto.
Nadie revisó el material antes de anunciarse en prensa. Las prisas, zalameras, musitan al oído que los arreglos ya vienen hechos. Así las mentes que rellenan seis departamentos de dos divisiones distintas fueron empujando la campaña por todo el proceso sin fijarse más allá de un inapropiado y leve matiz azul en ciertas partes del anuncio.
¿Quién iba a imaginar que Tapones Taponatto recomendara Tapones Anoillo a página completa en el ejemplar del domingo de uno de esos periódicos que en la mañana del lunes todo el mundo dice haber leído?
Los gritos estuvieron de más, porque la patada ya estaba dada. La del cliente a la compañía de publicidad y esta, por transmisión de fuerzas, a Julito.
Ahora Julito espera en esa marabunta humana enclaustrada frente a mostradores de falsa madera en espera de una oferta de trabajo. Está tranquilo, hizo lo que debía. Tapones Anoillo son mejores, no podía mentir a página completa. Un timbre lo saca de su satisfacción por los caminos tomados y es requerido a una de las mesas. Allí, para su propia sorpresa, le espera un puesto muy similar. Es suyo si lo quiere.
Recuerda haber oído hablar por teléfono al siguiente elemento en la cola de la oficina de empleo. ¡Qué verbo! Una seguridad que habría aplaudido de no ser porque, además de sincero, es tímido patológico. Pide que se acerque el empleado, porque las cosas importantes de la vida siempre se dicen en susurros.
-¿Ve aquél chico de barba en la cola? Ese se merece el puesto más que yo.
miércoles, 14 de diciembre de 2011
sábado, 3 de diciembre de 2011
EL HOMBRE AL QUE LE CAMBIARON LA EDAD.
Caminaba en esa ocasión junto a un precioso descampado dispuesto junto a otros similares para hacer cadena y no dejar escapar la ciudad de sus límites. No recuerdo si iba en busca del autobús o si huía de él, pero caminaba con paso firme por ese lugar remoto y casi imaginado cuando una figura sentada obstaculizó el correcto trazado de las tapias bajas entre matojos amarillos y aceras grises.
Por su adecuada postura y su vestimenta deduje con pericia que se trataba de alguien mayor. Apoyaba ambas manos sobre el puño de un bastón clavado en el suelo y sobre toda la construcción descansaba su barbilla. Fui acercando mi cuerpo entero al lugar, porque desde hace mucho mis ojos no son capaces de enfocar a tanta distancia, necesitando algo de ayuda. Por un momento fue un anciano de postal, el jubilado perfecto, de catálogo. Pero al siguiente debió caerse una tramoya y dejó una tela pintada al descubierto cuando aún no le tocaba.
En definitiva, allí fallaba algo.
Seguía enfocando a aquel señor a base de acercarme. Yo quería esa piel cuando tuviese esa edad. Incluso la querría ahora. Pensé que aún no le habían practicado las arrugas a la figura y durante todo el trayecto, no soy precisamente rápido, su postura había permanecido inamovible. Permanecía mirando al frente, hacia unas casas bajas abrazadas a un árbol viejo en un patio cuajado de puertas donde parecía turnarse el inquilino a cada rato o estar comunicadas por dentro todas las viviendas. Algo se me escapaba, tanto del punto de su inquebrantable atención como de su aspecto.
Dos pasos normales y corrientes nos separaban. Mis ojos ya eran algo más efectivos. Aquel señor no era tan mayor. Casi no podía llamársele señor. La piel sobre los pómulos estaba alisada a conciencia y sus ojos no estaban perseguidos por los arañazos de las patas de un gallo. Ni sus manos, de uñas parejas, eran las de un anciano. Pese a todo la rebeca, la gorra calada y el bastón me llevaban la contraria. Seguía esperando verlas venir sin dejar que la columna de madera, carne y hueso se moviera.
En ese punto se disgrega la historia. Una versión me ve pasar de largo, como nos han enseñado a casi todos, sin mirar atrás. Cada uno a su asunto, cada uno sabrá. Esta historia, de por sí disuelta, acabada así no serviría ni para comentarla en un consultorio por rellenar el tiempo. Le gustará más la otra versión. Aunque le guste poco.
Me detuve ante él, haciendo inútil la visera de su gorra aplastada con mi sombra. Ni apartarle de los acogedores rayos solares clavándolos en mi espalda le turbó. Le dí las buenas tardes; pese a pasear por las afueras de la ciudad, los alrededores casi parecen adoptados por las costumbres de pueblo, y no se ve mal el saludo a destiempo a presuntos desconocidos. Giró sus ojos brillantes pero cansados y con todos sus dientes respondió los mismos deseos de bonanza para el resto del día. Le pregunté por el tiempo, afortunadamente es una materia que puede implicar en la misma conversación a un rico hacendado, un puericultor, una abogada y un señor que nunca se ha bañado en la playa. En su opinión el calor apretaba incluso a esa hora. De manera poco apropiada le pregunté por el objeto de su atención. Yo miro al frente, me dijo, y las casas están ahí porque están y si no estuvieran, seguiría mirando al frente.
Me caló el brote filosófico; añadiéndolo a su pose, su energía arrastrada y su indumentaria redondeaba una edad que negaban mis ojos. Como es un relato, le mentiré diciéndole que le pregunté por la edad. Mucha, me contestó, ¿no me ve? Y hube de ser sincero y no atribuirle una docena de años más que yo. Deseó que fuera cierto bromeando sobre el año impreso en su carnet. Puse en duda lo infalible de la autoridad, actitud esta sólo indicada en casos claros como aquel y no recomendable en modo alguno como modo de vida. No concebía tal error en un documento oficial. Las arrugas seguían sin aparecer bajo la gorra. Me encontré insistiendo en una fecha desconocida, renegando de lo oportuno de pedir cita en un oftalmólogo. Se levantó del remedo de banco con la fuerza de cualquiera a mitad de mañana cuando ha desayunado por segunda vez. No participaba yo a aquellas alturas del diálogo indirecto, llevando el señor por entero el peso de la discusión sin lograr ponerse de acuerdo entre las dos opciones. Pero debió verse con arranque en un momento dado. Me cogió por los hombros a punto de darme una noticia tremenda.
Me dio la razón. Se quitó un par de décadas de encima. Se palpó la cara a falta de espejo próximo y arrojó el bastón al sembrado pajizo con la esperanza de verlo echar raíces. Se marchó desabrochándose la rebeca y tocando a una papelera con la aplastada gorra.
Ese día le quité a un hombre el título de señor por un buen motivo y le regalé una prórroga de dos tiempos y penaltis.
Y eso a ciertas edades es bastante.
Por su adecuada postura y su vestimenta deduje con pericia que se trataba de alguien mayor. Apoyaba ambas manos sobre el puño de un bastón clavado en el suelo y sobre toda la construcción descansaba su barbilla. Fui acercando mi cuerpo entero al lugar, porque desde hace mucho mis ojos no son capaces de enfocar a tanta distancia, necesitando algo de ayuda. Por un momento fue un anciano de postal, el jubilado perfecto, de catálogo. Pero al siguiente debió caerse una tramoya y dejó una tela pintada al descubierto cuando aún no le tocaba.
En definitiva, allí fallaba algo.
Seguía enfocando a aquel señor a base de acercarme. Yo quería esa piel cuando tuviese esa edad. Incluso la querría ahora. Pensé que aún no le habían practicado las arrugas a la figura y durante todo el trayecto, no soy precisamente rápido, su postura había permanecido inamovible. Permanecía mirando al frente, hacia unas casas bajas abrazadas a un árbol viejo en un patio cuajado de puertas donde parecía turnarse el inquilino a cada rato o estar comunicadas por dentro todas las viviendas. Algo se me escapaba, tanto del punto de su inquebrantable atención como de su aspecto.
Dos pasos normales y corrientes nos separaban. Mis ojos ya eran algo más efectivos. Aquel señor no era tan mayor. Casi no podía llamársele señor. La piel sobre los pómulos estaba alisada a conciencia y sus ojos no estaban perseguidos por los arañazos de las patas de un gallo. Ni sus manos, de uñas parejas, eran las de un anciano. Pese a todo la rebeca, la gorra calada y el bastón me llevaban la contraria. Seguía esperando verlas venir sin dejar que la columna de madera, carne y hueso se moviera.
En ese punto se disgrega la historia. Una versión me ve pasar de largo, como nos han enseñado a casi todos, sin mirar atrás. Cada uno a su asunto, cada uno sabrá. Esta historia, de por sí disuelta, acabada así no serviría ni para comentarla en un consultorio por rellenar el tiempo. Le gustará más la otra versión. Aunque le guste poco.
Me detuve ante él, haciendo inútil la visera de su gorra aplastada con mi sombra. Ni apartarle de los acogedores rayos solares clavándolos en mi espalda le turbó. Le dí las buenas tardes; pese a pasear por las afueras de la ciudad, los alrededores casi parecen adoptados por las costumbres de pueblo, y no se ve mal el saludo a destiempo a presuntos desconocidos. Giró sus ojos brillantes pero cansados y con todos sus dientes respondió los mismos deseos de bonanza para el resto del día. Le pregunté por el tiempo, afortunadamente es una materia que puede implicar en la misma conversación a un rico hacendado, un puericultor, una abogada y un señor que nunca se ha bañado en la playa. En su opinión el calor apretaba incluso a esa hora. De manera poco apropiada le pregunté por el objeto de su atención. Yo miro al frente, me dijo, y las casas están ahí porque están y si no estuvieran, seguiría mirando al frente.
Me caló el brote filosófico; añadiéndolo a su pose, su energía arrastrada y su indumentaria redondeaba una edad que negaban mis ojos. Como es un relato, le mentiré diciéndole que le pregunté por la edad. Mucha, me contestó, ¿no me ve? Y hube de ser sincero y no atribuirle una docena de años más que yo. Deseó que fuera cierto bromeando sobre el año impreso en su carnet. Puse en duda lo infalible de la autoridad, actitud esta sólo indicada en casos claros como aquel y no recomendable en modo alguno como modo de vida. No concebía tal error en un documento oficial. Las arrugas seguían sin aparecer bajo la gorra. Me encontré insistiendo en una fecha desconocida, renegando de lo oportuno de pedir cita en un oftalmólogo. Se levantó del remedo de banco con la fuerza de cualquiera a mitad de mañana cuando ha desayunado por segunda vez. No participaba yo a aquellas alturas del diálogo indirecto, llevando el señor por entero el peso de la discusión sin lograr ponerse de acuerdo entre las dos opciones. Pero debió verse con arranque en un momento dado. Me cogió por los hombros a punto de darme una noticia tremenda.
Me dio la razón. Se quitó un par de décadas de encima. Se palpó la cara a falta de espejo próximo y arrojó el bastón al sembrado pajizo con la esperanza de verlo echar raíces. Se marchó desabrochándose la rebeca y tocando a una papelera con la aplastada gorra.
Ese día le quité a un hombre el título de señor por un buen motivo y le regalé una prórroga de dos tiempos y penaltis.
Y eso a ciertas edades es bastante.
miércoles, 2 de noviembre de 2011
¡PADRE, CÓMPREME USTED UN POBRE! ( Actos 3 y 4 )
ACTO 3.
Nos encontramos en el descansillo de las escaleras. Fiel a una tradición secular, se compone de una escalera que baja, un repecho con una ventana cerrada, un letrerito metálico con la planta impresa, una coqueta solería en tonos pardos y una escalera que baja sin saludar y se oscurece al quinto o sexto escalón. Padre e hijo inspeccionan sin encontrar al vilipendiado.
-¿Ves? A eso me refería. No se puede llamar pobre sin ton ni son. A un tipo rubio lo puedes llamar germano. Si no lo es, incluso se sentirá dichoso de parecerlo. Pero a un señor con los puños de la chaqueta pasados no se le puede llamar pobre.
-Tenemos que encontrarlo.
-Veo que recapacitas con talento, ¿querrás pedirle disculpas?
-También. Sobre todo espero que no vaya contando por ahí que un par de personas van buscando un pobre. Sobre aviso ninguno va a querer venir.
Suena un carraspeo en el tramo inferior de la escalera, convenientemente tapada por un barato velo de oscuridad. El presunto ofendido sube un par de peldaños y queda mirando al respetable público.
-¿En qué ha notado mi condición de pobre?
-Quisiera disculparme, caballero, en mi nombre, en el de mi hijo y en el mío propio. Este hijo mío tiene un antojo...
-Anhelo, padre.
-Es lo de menos. Sobran las disculpas. Sobran. Ustedes están en el sito correcto mientras yo, ¡ay!, me encuentro aquí sumergido en la brea portando aletas, sin saber cómo moverme. Este es su terreno, no el mío. ¡Un impostor!, eso es lo que soy. Y por si esta intromisión les resultara ignominiosa, dañina o impropia al pudor...¡aquí muestro mis muñecas! Que me vengan a detener. Que me esposen por querer ser lo que no alcancé. Que me metan en una celda con vistas al patio, de esas que se ven en las películas de la legión extranjera. Bajo el suelo. Fresquita en invierno y caldeada en verano. Allí, ¡sí!, allí pagaré mis culpas.
Se hace el silencio en la escalera mientras el pobre muestras sus muñecas al público. Con el parlamento, el hijo ha ido recolgándose del brazo del padre llevado por lo teatral del individuo.
-A este pobre da gloria oírlo padre.
-Suba amigo, suba con nosotros.
-¿Subir dice? ¿Estar a su nivel?
-¿Acaso no compartimos salón en la fiesta?
-Pero ustedes me descubrieron en mi impostura.
-Más fue el azar, no el que usted ande desastrado. Con esta luz no puedo verle bien, pero sus zapatos parecen decentes, al igual que su vestimenta.
-De niño tuve unos mocasines parecidos, ¿recuerda padre? Yo los llevaba al parque y para que no se estropearan paseaba entre las acacias con ellos en la cabeza. ¿Recuerda? Tenían un ancla dorada, eran como barquitos de piel con camarotes para los dedos.
-¿Ve usted? No ha de apenarse, le hemos preguntado si era usted pobre porque quiero comprar uno para mi hijo, es su ilusión de esta tarde. Además, no habíamos hablado con nadie antes de usted.
-¿Es esto cierto?
Al fin se gira y mira a ambos sobre su cabeza. Esto podría ser una sutil metáfora de las posiciones sociales. Pero no. Ha dado la casualidad de que el pobre pobre hombre se había marchado sin atreverse a marchar y se ha dejado las escaleras a medio bajar.
-¿Y podría vivir con ustedes en su casa? Comprendería que me acogieran en un balcón al principio, a saber de dónde vengo dirán ustedes. Después me arreglaría con un silloncito. Desde allí vería con ustedes los toros asintiendo a lo que ustedes dijeran y me tomaría un churro y un sorbito de café. Sin azúcar claro. Ya después ustedes me pondrían una habitación con una cama con cabecero de tubos de hierro, una silla con asiento de esparto, un mueblecito con patas como de león abiertas y un cuadro con un paisaje. ¿No será esto mucho pedir?
Padre e hijo se miran. Discuten con los ojos las peticiones del individuo. El hijo junta las manos. El padre se coloca bien el abrigo.
-¿Se conformaría con un cuadro de un arlequín meditabundo?
-¡La pintura es lo de menos!
-¡Ay padre, que ya tenemos pobre!
Satisfechos bajan las escaleras para encontrarse con el menudo señor. Ahora una sonrisa le corta la cara y da saltitos en el escalón. Los tres se pierden por las escaleras, pero aún se les escuchará de fondo un par de tramos.
-¿Le gustan a usted las natillas?
-¿Sabe jugar al poquer mientras yo saco una escalera hasta el as?
ACTO 4
Salen del portal. Se oye música por uno de los balcones de la fiesta. Padre e hijo se aprietan el traje como gorriones enormes ahuecándose el plumaje. El antiguo pobre se abraza a sí mismo porque no tiene un cuello de piel de antiguo animal que lo reconforte.
-¡Pues vaya noche esta! Llena de azares, ya lo creo. Entro como un modesto pasante de notaría con una raquítica cuenta, un pequeño vehículo, un modesto estudio y una casita junto a unos cultivos en mi pueblo natal y ¿qué me encuentro? Una vida nueva.
-Pobre pobre padre, no tiene más que dos o tres cosas.
-Pero la valía del hombre no se mide por sus posesiones, hijo. Se mide en lo que es capaz de conseguir desoyendo los consejos de la ética.
-Sabias palabras son esas caballero.
-¡Pero hombre, llámeme usted de manera más familiar! Si hemos de compartir vivienda no estaremos todo el día entre formalismos, sería muy pesado. Llámeme marqués.
Sus risas se unen a los retales de murmullos de los invitados en las ventanas iluminadas. Hacen gestos de cederse el paso en la ancha vía. Cuando se disponen a marchar, reparan en una figura escueta, torcida sobre sí misma, decansando la espalda en una tapia y cubierto de ropas a juego con la acera.
-Padre, y este, ¿no será un pobre?
-Hijo, te dije que no más de uno.
-Lo sé padre, si es por saber. Nuestro pobre es muy simpático y ese es mucho mayor. Es por reconocerlos. Por saber indicar a uno si camino una tarde por la avenida con los amigos. Daría para mucho tiempo de conversación. Creo que ellos no han visto ninguno.
Sin querer fijarse demasiado van caminando hacia el fondo del escenario. El padre dedica un par de vistazos mal disimulados.
-Fíjate en su cabeza despejada, y también en sus barbas. Tiene los ojos algo hundidos, pero unas facciones firmes. Un mentón decidido. ¿No te recuerda nada?
-A decir verdad no, padre.
-Se da un aire a un busto clásico. Debe ser filósofo.
Con esto doblan una esquina y la calle queda desierta. Pocos segundos después cruzan de nuevo el escenario en dirección a la otra esquina. El pobre adoptado gesticula.
-Con lo que me gustan a mí las natillas con su canela, su galleta esponjada y su olor a vainilla.
Cuando se marchan el filósofo levanta la vista y mira a las estrellas que dibujan un filete con patatas fritas.
TELÓN.
martes, 25 de octubre de 2011
PADRE, ¡CÓMPREME USTED UN POBRE! (Actos 1 y 2 )
PERSONAJES.
UN PADRE. UN POBRE.
UN HIJO. UN FILÓSOFO.
ACTO 1.
Un coqueto saloncito con muebles oscuros, una colorida alfombra y unas sillas que han huido del centro como si hubiese pelea y no quisieran verse implicadas. En la radio suenan unas notas de piano animadas y animosas con aires caribeños. Un señor pegado a un bigote ejecuta con gracia natural unos pasos en solitario, sosteniendo en sus brazos una imaginaria dama de aire. Cuenta:
-Un dos tres, un dos...tres.
Se abre con desidia la puerta del saloncito de baile improvisado. Aparece un apesadumbrado joven, cumplida ya la treintena, que se arroja al sofá y se funde con el tapizado. Su voz es un hilito.
-Padre, atiéndame padre.
-Cha cha chá.
-Por favor, ¡no podría estar más desanimado! Deje usted las danzas.
-No creas que por mis movimientos tomo tu problemática a la ligera, te escucho y sin saber aún lo que te aflige a mí también me abandona el ánimo. Un dos tres.
-¡Padre, cómpreme usted un pobre!
El padre se queda en el segundo cha, sin poder rematar. Aún con los brazos en postura de acompañamiento se desplaza a la esquina y silencia la radio.
-¿Para qué precisas un pobre?
-Nunca conocí a uno, la curiosidad no me deja conciliar el sueño. ¿Cómo podré declararme cosmopolita si desconozco tanto de mi entorno?
-Pero hijo, un pobre no es un viaje, ni un velero ni un caballo. Es algo difícil de conseguir.
-Nunca había puesto usted tanta traba a un deseo mío.
Por la calle pasa el señor que enciende las farolas peleándose con la pértiga. Esto a usted no le importa y a nuestros protagonistas menos aún.
-¿Dónde conseguiremos un pobre a estas horas?
-¿Recién caída la tarde? En cualquier parte. Sólo hago oír lamentos y cuitas de pobres, debe haberlos por doquier.
-Trae tu abrigo. Quizás el pasear nos aclare las ideas y se nos ocurra donde encontrar alguno.
El joven sale de escena. Se le oye por el pasillo gritando vivas al padre. Este remata con la cadera.
-Cha chá.
***
ACTO 2.
Un animado salón de tonos melocotón. Varias personas engalanadas hablan animados con espabilados gestos manuales. Se oyen risas que ya se oyeron en otras recepciones. Al fondo un engalanado caballero con modales de diplomático y banda en el pecho a juego se sirve traguitos de una botella con un labrado de diamantes. Y luego se los bebe despacito.
Entran padre e hijo sin abrigo e inspeccionando el entorno.
-Estas recepciones son punto de encuentro de variados personajes. Bien es sabido que quien no frecuente estos actos no existe. Y si no existe, fútil será el buscarlo.
-Padre, no estoy seguro de esta idea suya.
-Anda, mira por allí que yo haré lo propio por acá.
Atraviesan la concurrencia fijándose en los presentes pero sin llegar a saludar. Los presentes hacen lo propio pero ahorrándose el fijarse en los recién llegados.
-¿Cómo es un pobre, padre?
-¿Acaso no sabes cómo son?
-Claro que no padre. Nunca tuve uno.
-Mal nos vienen dadas si no sabemos lo que buscamos.
-Algo los distinguirá. Si tienen esa etiqueta es porque mantendrán semejanzas entre ellos.
-No es mal argumento.
Cruza el salón un caballero perdido en un traje dos tallas más grandes.
-¡Ese padre!, ese debe ser pobre.
-Parece algo desastrado, es cierto. Pero deberíamos asegurarnos. Imagina apelar a alguien por esa etiqueta y que no le corresponda.
-¿Por qué habría de enfadarse nadie? Nos disculpamos y santas pascuas.
-Hay que tener tacto, hijo.
-Al final lo que pasa es que usted no quiere que yo tenga un pobre, padre.
-Perra más pertinaz has cogido. Acerquémonos.
El presunto pobre está saludando a una joven rubia que hace de todo con tal de no hacerle caso.
-Ahí lo tiene, nosotros no somos pobres y no hemos saludado a nadie a nuestra llegada. Ese debe serlo y estar poco acostumbrado.
-Déjame a mí. Buenas noches caballero.
-Buenas tengan ustedes. Bonita fiesta, ¿es su fiesta? Muy animada y animosa. Gente muy maja, ¡gran ambiente! ¿Son ustedes los anfitriones? Gracias por invitarme. Yo a estos actos, pues no suelo, pero intento relacionarme para prodigarme. ¿Quiéren tomar algo? ¿Pero qué digo, si las botellas serán suyas? O alquiladas, que yo de esto desconozco casi todo. ¿Quieren que pare a este tipo que no se despega de la barra, venga a tomar traguitos?
[Girándose e interponiendo una cautelosa mano entre su hijo, su boca y el presunto pobre]
–Pobre no sé si será. Si lo es, será a base de gastar lengua.
-Es gracioso padre. Compremelo. Yo le pondré nombre. Jugaremos a las cartas los domingos por la tarde. Él me contará cosas y yo asentiré mientras pido dos cartas y me sale una escalera hasta el as.
-Pero si no te gusta no habrá más pobres. Se nos llenará la casa y no tendremos mesa para tanta partida de cartas.
-Que no, ¡uno nada más!
[Vuelve a girarse]
-Disculpe esta pregunta que voy a hacerle, pues es peliaguda y acaso pueda zaherirle.
-Pregunte, pregunte. Que una fiesta es lugar propio para compartir conocimientos, intelecutales y humanos.
-Por un casual, ¿no será usted un pobre?
El interpelado baja los puños, sube el labio inferior, baja el superior y arruga el gesto. Consigue transmitir un sincero malestar y, de paso, que el traje se adapte a su talla. Se agacha un poco, agarra una copita
de anís de una mesa rodillera cercana y la apura de un trago. Desarma su gesto airado y tose. Evita a dos invitados y sale por la puerta del fondo. El señor con banda al pecho lo saluda al pasar.
-¿Eso es que no, padre?
Concluirá.
domingo, 18 de septiembre de 2011
TROPEZONES.
“¿Cómo será la vida de los ácaros? ¿Tendrán relaciones sociales?” Así de perdido se encontraba don Eusebio, considerando lo factible de una cena entre matrimonios de microscópicos arácnidos, triscando fibras de poliéster con guarnición de escamas cuticulares. Don Eusebio se encontraba en plena epifanía entomológica, creyendo estar a un paso de un descubrimiento que a decir verdad, distaba un mundo de su trabajo cotidiano: denegar peticiones en un ministerio con un ruidoso tampón.
Afortunadamente para el interés de esta historia, se desencadenó una serie concatenada de hechos únicos.
Alguien en China decidió ahorrar en material para zapatillas de andar por casa. La genética y una vida de zapatos apretados hicieron unirse en pareja de hecho al al pulgar de su pie con el dedo vecino, que por estar en el suelo no señala nunca nada, siendo más discreto que su hermano manual. La asistenta del hogar había dejado una arruga en la alfombrilla de pelo de jiba de camello del dormitorio. Todo ello coincidió en espacio-tiempo.
El primer traspiés fue natural, incluso habría sido de mala educación girar la cara al destino. Por inesperado, el pie contrario ejecutó un paso de baile nada académico, pasando el testigo al pie culpable, en pleno intento de aterrizaje. Ese torpe pedaleo aéreo se perpetuó, desplazando a Don Eusebio por todo el pasillo. El impulso comenzó a ser desaforado, violento. Dio un par de brazadas en el aire, haciéndole un gran favor a la inercia que, con rápidos cálculos, aumentó su velocidad de trote cochinero. A trompicones por el salón evitó los afilados salientes de la mesa del tresillo y enfiló, inocente, la puerta del piso. En ese momento oyó masticar los dientes de las llaves dentro de la cerradura. A su mujer la bienvenida, en primera instancia, no le desagradó. Sin haber visto el comienzo de la obra, aquel par de pasos le parecieron meritorios y un buen recibimiento. Piernas y brazos entraron entonces en sintonías distintas y la superficie poco cariñosa del felpudo de bienvenida le proporcionó un nuevo impulso. Cada peldaño de las escaleras hizo lo propio, fundiéndose los chanclazos con las llamadas extrañadas de su esposa.
La conjunción cósmica siguió funcionando a todo trapo. Se encontró el portal abierto por un repartidor de propaganda. Los semáforos en verde, una gran avenida cortada por obras y cubierta de montículos de arena que lo jalearon en su carrera. Saludando a los vecinos con una tímida sonrisa y un “ya ve usted, aquí estamos, tropezando”, avanzó por su barrio hasta que se lo comieron los primeros árboles de las afueras. Todo cuesta abajo, por una tranquila vía secundaria, continuaba en su recorrido sonando sobre el asfalto como unos timbales tocados por unas manos ansiosas.
La primera capital que visitó le resultó encantadora. Por allí nadie le conocía, así que pudo dejar a un lado la vergüenza y concentrarse en en contemplar catedrales, monumentos y oficinas postales.
La quinta capital de provincia ya le pareció algo más mustia.
Gracias al acuerdo Schengen tropezar por las fronteras no fue problemático. Recorrió el mediterráneo, durmiendo con los ojos cerrados sin detenerse, soñando que dormía. Ya le perdieron la pista en una de esas pequeñas repúblicas escindidas de la antigua Rusia. Si se pregunta con educación las gentes te cuentan la historia de ese extraño hombre que pasa tropezando, causando el jolgorio local. Lo acompañan un trecho hasta que la velocidad de los aldeanos comienza a ponerse a la par. Ahí lo dejan, porque tienen miedo de no poder detenerse. Todos admiran su valentía.
Lo esperan en el Estrecho de Bering. Algunos abogan por pararlo. Otros por subirlo a un transbordador con una pasarela inclinada hacia abajo. Se discute mucho el asunto estos días en las sesiones de la Unesco.
Don Eusebio empieza a ser patrimonio de la humanidad.
Afortunadamente para el interés de esta historia, se desencadenó una serie concatenada de hechos únicos.
Alguien en China decidió ahorrar en material para zapatillas de andar por casa. La genética y una vida de zapatos apretados hicieron unirse en pareja de hecho al al pulgar de su pie con el dedo vecino, que por estar en el suelo no señala nunca nada, siendo más discreto que su hermano manual. La asistenta del hogar había dejado una arruga en la alfombrilla de pelo de jiba de camello del dormitorio. Todo ello coincidió en espacio-tiempo.
El primer traspiés fue natural, incluso habría sido de mala educación girar la cara al destino. Por inesperado, el pie contrario ejecutó un paso de baile nada académico, pasando el testigo al pie culpable, en pleno intento de aterrizaje. Ese torpe pedaleo aéreo se perpetuó, desplazando a Don Eusebio por todo el pasillo. El impulso comenzó a ser desaforado, violento. Dio un par de brazadas en el aire, haciéndole un gran favor a la inercia que, con rápidos cálculos, aumentó su velocidad de trote cochinero. A trompicones por el salón evitó los afilados salientes de la mesa del tresillo y enfiló, inocente, la puerta del piso. En ese momento oyó masticar los dientes de las llaves dentro de la cerradura. A su mujer la bienvenida, en primera instancia, no le desagradó. Sin haber visto el comienzo de la obra, aquel par de pasos le parecieron meritorios y un buen recibimiento. Piernas y brazos entraron entonces en sintonías distintas y la superficie poco cariñosa del felpudo de bienvenida le proporcionó un nuevo impulso. Cada peldaño de las escaleras hizo lo propio, fundiéndose los chanclazos con las llamadas extrañadas de su esposa.
La conjunción cósmica siguió funcionando a todo trapo. Se encontró el portal abierto por un repartidor de propaganda. Los semáforos en verde, una gran avenida cortada por obras y cubierta de montículos de arena que lo jalearon en su carrera. Saludando a los vecinos con una tímida sonrisa y un “ya ve usted, aquí estamos, tropezando”, avanzó por su barrio hasta que se lo comieron los primeros árboles de las afueras. Todo cuesta abajo, por una tranquila vía secundaria, continuaba en su recorrido sonando sobre el asfalto como unos timbales tocados por unas manos ansiosas.
La primera capital que visitó le resultó encantadora. Por allí nadie le conocía, así que pudo dejar a un lado la vergüenza y concentrarse en en contemplar catedrales, monumentos y oficinas postales.
La quinta capital de provincia ya le pareció algo más mustia.
Gracias al acuerdo Schengen tropezar por las fronteras no fue problemático. Recorrió el mediterráneo, durmiendo con los ojos cerrados sin detenerse, soñando que dormía. Ya le perdieron la pista en una de esas pequeñas repúblicas escindidas de la antigua Rusia. Si se pregunta con educación las gentes te cuentan la historia de ese extraño hombre que pasa tropezando, causando el jolgorio local. Lo acompañan un trecho hasta que la velocidad de los aldeanos comienza a ponerse a la par. Ahí lo dejan, porque tienen miedo de no poder detenerse. Todos admiran su valentía.
Lo esperan en el Estrecho de Bering. Algunos abogan por pararlo. Otros por subirlo a un transbordador con una pasarela inclinada hacia abajo. Se discute mucho el asunto estos días en las sesiones de la Unesco.
Don Eusebio empieza a ser patrimonio de la humanidad.
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