Saltó el flash y con él todas las realidades imaginadas por Heriberto. Retratado para la posteridad, en el puñado de píxeles quedaron grabados su perfecto flequillo, su porte de galán, y sencilla a la par que costosa camisa y sus ademanes de estrella.
Pero no hay nada completo en este mundo, salvo los parkings en hora punta.
Esa sonrisa bobalicona, llena de dientes, como si estuviese en pleno descenso de una montaña rusa infantil y se sintiera aterrado por la velocidad y a la vez abochornado de experimentar un peligro ridículo ante las miradas de los padres de sus acompañantes. Es para que usted se haga una idea. Una sonrisa pintada, de mentira, oiga, con ganas, pero nadie lo diría. Un gesto captado de forma traicionera. Antes se revelaban las fotografías y, con algo de suerte, les perdías el rastro, o las podías pasar muy rápido en un álbum familiar. Incluso se podían perder accidentalmente, como esa foto en blanco y negro hecha en el instituto y que lleva perdiéndose, limpieza tras limpieza, en el fondo del mismo cajón. Ahora no. A las dos horas cuarenta minutos una hermana gemela, puesto que se reproducen de manera asexuada, colgaba en uno de esos sitios en internet de perfiles y frentes, lleno de conocidos y tertulianos, en los que se exaltan triunfos y se callan vergüenzas. Y a las dos horas cuarenta y dos minutos se vió. La fotocopia no había trastocado su rictus. Y fijándose en el monitor sus ojos le parecieron dos canicas en el fondo de un agujero.
Tomó aquella noche una determinación, tal y como deben tomarse. Exaltado, revuelto entre las sábanas, jurando y perjurando para caer dormido a los veinte minutos, con la idea aún zozobrando a la deriva de los sueños.
Desde ese día no sonrió más.
Al principio no fue mal. Un tipo circunspecto no desentona en ningún ambiente. Cariacontecido asistía a reuniones de trabajo, a charlas de pareja y a compras de pan para desayunos, almuerzo, merienda y alguna cena. Todos creyeron que había madurado, claro, llegado a cierta edad no se permite ir a los individuos decentes sonriéndole a la calle como si se la quisieran camelar.
Ascendió. Le ofrecieron una cátedra. Formó parte de una lista electoral, en el número ciento tres, de acuerdo, pero su nombre aparecía en las papeletas de voto. Fue fotografiado en ocasión de un congreso de su partido y no se le ocurrió sonreír. Su imagen le hizo ganar muchos puntos, parecía meditar lo mejor para su ciudad.
La culpa del desenlace la tuvo aquel caricato televisivo, uno medio calvo con mohines trasnochados y cierta inclinación por la imitación de tartamudos. Contó algo de un piano, un caballo, una señora y un cura. Y como suele decirse en términos populares, se tuvo que reír. Enseguida notó un cierto crujido y aprovechando uno de tantos espacios publicitarios fue a observarse al espejo del baño. La grieta recorría las comisuras hasta los lóbulos. No era muy grave, era como pintura saltada. Intentó arreglarlo con una crema de su señora y no quedó mal. Tras el siguiente desayuno la cosa fue a más. No era nada truculento, descuiden los aprensivos, era como un cuero cuarteado, como si acostumbrado a una postura frente al sol lo hubiesen llevado al fresco y lo hubieran doblado. Probó durante el día a cubrirse las mejillas con las manos en señal de atención con tintes escolares de niño aplicado. Recibió visitas a contraluz y en otros momentos fue esquivo.
Quizás en el primer momento una visita hospitalaria lo habría resuelto. Ahora temía las reprimendas de su médico y su mujer, en ese orden. Primero la seriedad, luego estar ilocalizable. Ella se pensó lo peor, como es costumbre en estos casos. No pudo posar de lado para la prensa local. Puso perdido el escritorio de caoba con restos de piel reseca. Como también suele decirse en círculos mundanos, vamos, un plan.
Todo fueron desgracias sobrevenidas. A punto de convertirse en ermitaño lo puso en conocimiento de su esposa, después de explicarle de tres maneras distintas su lugar de pernoctación aquellos días obtusos. Entró a la clínica privada por la puerta de atrás. El médico lo hizo pasar sin darle tiempo a terminar de desenroscar las bombillas de la sala de espera. El lo miró asustado, como cuando no se sabe lo que se tiene roto en el cuerpo y siempre se espera que sea lo peor, incluso que vaya a más.
Con la tranquilidad de un profesional, extrajo de una cajonera un sencillo cepillo de cerda blanda. Lo pasó por los pómulos, las quijadas y esa parte que da sombra cuando pierdes kilos. Cascaritas. Debajo, piel lozana, aunque algo gris.
El doctor le aconsejó dejarse de mandangas, como se suele decir fuera de círculos profesionales. En su opinión la falta de sonrisa llevaba a esas consecuencias, e incluso peores. La pena, le dijo, puede llegar muy adentro, es peor que una caries, créame. Como era un profesional sufragado por cuotas mensuales del paciente y con la complicidad de su esposa en dos tardes no consecutivas arreglaron su problema.
Fue en la boda de su prima Puri. El cíclope contratado para atestiguar la presencia de seres queridos, arrejuntados y otros comensales, llegó con la cámara pegada al ojo bueno. Sólo necesitó un segundo para prepararse.Heriberto colgó esa fotografía en el salón de su casa. Una sonrisa perfecta, pero con la boca cerrada. Una caída de párpados que ya quisiera uno de esos actores en blanco y negro con bigotillo fino. Un sex-appeal, un saber estar.
Bueno, para ser francos la colgó por lo acertado de la toma y por que con los trece euros que desembolsó por ella cualquiera la destinaba a encerrarla en un cajón.
Lejos de aquella foto que se pierde todos los años cuando se limpia, por supuesto.
sábado, 14 de agosto de 2010
viernes, 30 de julio de 2010
ESTAMPAS ABSURDAS 2.
- ¿No crees que es demasiado pronto?
- ¿Estás dudando ahora?
- ¿Te lo parece?
- ¿Y a tí?
- ¿Podríamos seguir encadenando frases interrogativas sin ciscarnos en el ritmo narrativo?
- Dificilmente.
- No es que dude, compréndeme, es que me parece un paso importante.
- Bueno, te admito que es un inicio de compromiso, pero creo que ha llegado el momento.
- ¿Te importa si me retiro a un soliloquio contemplativo a esa esquina iluminada de manera cenital?
- Lo que quieras antes de engarzar más interrogantes.
- ¡Oh hados! ¡oh destino!
- Disculpa, eso sí, ciñete un poquito a los tiempos modernos y deja un lado ya los clásicos añejos.
- ¡Es que resulta un recurso tan jocoso!
- Anda, haz un monólogo de marcado acento realista, si no es mucho pedir.
- Ella me mira sin ruborizarse y me hace la pregunta que todo hombre teme. Con sus largas pestañas pretende hacer volar toda mi vida con sólo una mirada. Un viejo lobo como yo a merced del compromiso a largo plazo. Atrapado por esa voluptuosa mujer de la que recelo pero a la que deseo encadenarme, si logro que no se me note. Mataría por un bourbon.
- Te ha salido de cine negro.
- ¿Estabas escuchando?
- Hijo, estabas a tres metros y en la misma toma, ¿qué quieres que haga? Anda, sé que no das para más, así que supongo que servirá.
- Mi madre nunca creyó en estas cosas.
- Bueno, eran otros tiempos.
- Prométeme que aunque me obligue a comprometerme, nada cambiará entre nosotros.
- Todo seguirá igual.
- Dime que seguirás aconsejándome, que los sábados serán nuestros. Que no nos miraremos un día como dos desconocidos, que la rutina no será nuestro asesino.
- ¿Te he mentido alguna vez? Calla, ojalá con mi dedo sobre tus labios pudiera borrar la historia con aquel actor de tres al cuarto. No volverá a ocurrir.
- Ya te perdoné una vez.
- ¿Seguro?
- Pero no puedes pretender que olvide lo que me hiciste.
- ¿No más reproches?
- Me tenías con el primer hola.
- Pues anda, firma la tarjeta de socio. Recuerda, tres por dos en películas y juegos de lunes a jueves. Lo que alquiles el sábado se devuelve como muy tarde el lunes a las seis. No te recomendaré más películas de Chuck Norris.
- Pero me seguirás regalando palomitas, porque soy especial, ¿verdad?
- Sí pesado. Anda, no olvides tú número que luego buscarte en el ordenador por el nombre es una lata.
- Me lo tatuaré a fuego en el corazón.
- Oye, a ver si te estás tomando esto del videoclub demasiado a pecho.
- Quita, si ahora soy el hombre más feliz del mundo.
- ¿Estás dudando ahora?
- ¿Te lo parece?
- ¿Y a tí?
- ¿Podríamos seguir encadenando frases interrogativas sin ciscarnos en el ritmo narrativo?
- Dificilmente.
- No es que dude, compréndeme, es que me parece un paso importante.
- Bueno, te admito que es un inicio de compromiso, pero creo que ha llegado el momento.
- ¿Te importa si me retiro a un soliloquio contemplativo a esa esquina iluminada de manera cenital?
- Lo que quieras antes de engarzar más interrogantes.
- ¡Oh hados! ¡oh destino!
- Disculpa, eso sí, ciñete un poquito a los tiempos modernos y deja un lado ya los clásicos añejos.
- ¡Es que resulta un recurso tan jocoso!
- Anda, haz un monólogo de marcado acento realista, si no es mucho pedir.
- Ella me mira sin ruborizarse y me hace la pregunta que todo hombre teme. Con sus largas pestañas pretende hacer volar toda mi vida con sólo una mirada. Un viejo lobo como yo a merced del compromiso a largo plazo. Atrapado por esa voluptuosa mujer de la que recelo pero a la que deseo encadenarme, si logro que no se me note. Mataría por un bourbon.
- Te ha salido de cine negro.
- ¿Estabas escuchando?
- Hijo, estabas a tres metros y en la misma toma, ¿qué quieres que haga? Anda, sé que no das para más, así que supongo que servirá.
- Mi madre nunca creyó en estas cosas.
- Bueno, eran otros tiempos.
- Prométeme que aunque me obligue a comprometerme, nada cambiará entre nosotros.
- Todo seguirá igual.
- Dime que seguirás aconsejándome, que los sábados serán nuestros. Que no nos miraremos un día como dos desconocidos, que la rutina no será nuestro asesino.
- ¿Te he mentido alguna vez? Calla, ojalá con mi dedo sobre tus labios pudiera borrar la historia con aquel actor de tres al cuarto. No volverá a ocurrir.
- Ya te perdoné una vez.
- ¿Seguro?
- Pero no puedes pretender que olvide lo que me hiciste.
- ¿No más reproches?
- Me tenías con el primer hola.
- Pues anda, firma la tarjeta de socio. Recuerda, tres por dos en películas y juegos de lunes a jueves. Lo que alquiles el sábado se devuelve como muy tarde el lunes a las seis. No te recomendaré más películas de Chuck Norris.
- Pero me seguirás regalando palomitas, porque soy especial, ¿verdad?
- Sí pesado. Anda, no olvides tú número que luego buscarte en el ordenador por el nombre es una lata.
- Me lo tatuaré a fuego en el corazón.
- Oye, a ver si te estás tomando esto del videoclub demasiado a pecho.
- Quita, si ahora soy el hombre más feliz del mundo.
domingo, 4 de julio de 2010
ENLATADOS ( y II )
Mantuvimos acaloradas discusiones, hasta cierto punto estimulantes en lo intelectual, hasta nuestra llegada al lineal del supermercado. Los vecinos de estantería no acogieron con igual comprensión a los recién llegados. Los parlamentos del histriónico congénere hasta altas horas de la madrugada enervaban a los habitantes de las demás conservas. Primero fue un representante berberecho electo, que con suaves palabras nos conminó a observar unas mínimas normas de urbanidad en aquel trance, que perder la compostura no ayudaba a nada y además tenía toda una familia de dieciocho a veinte miembros que se acostaban temprano.
Las buenas palabras sirvieron de poco. Sólo nos vimos minimamente respaldados por la caballa en tomate por afinidad ideológica con el causante de la disputa doméstica. Sobra decir que mi compañero y yo no estábamos satisfechos con la presencia del energúmeno. Ya les he dicho que soy de natural esquivo, y mi amigo no me iba a la zaga, y que no estábamos para entablar amistades, pero a nadie le gustan las constantes visitas con quejas por culpas ajenas. Cierta noche sentimos un tremendo golpe al rato de quedarnos dormidos. La lata presentaba una tremenda hendidura. La caballa nos explicó, siempre en reservado porque no quería airear su relación con los problemáticos vecinos, que con eso forzaban nuestra salida por estar defectuosos, que terminaríamos en un indeseable lugar extramuros, condenados al deshecho.
No tuvo suficiente con la advertencia. Aquella noche fue la más ruidosa, aunque he de decir que su parlamento acerca de la libertad individual y el albedrío no estaba equivocado del todo, pero le perdieron las formas. Salieron a relucir las navajas a la vinagreta y aquello indicó la llegada a un punto de ruptura de las negociaciones. Les aseguramos a los vecinos que lavaríamos los trapos sucios en casa.
Al día siguiente fuimos dos.
No crean que estoy satisfecho de haberme comido a medias a un compañero. Fue un acto en aras de la convivencia; sesgar una vida para calmar las corrientes violentas del pasillo de las conservas.
Pero ustedes no van más allá de los hechos. Cuando uno de sus congéneres abrió la lata, al resguardo de su techo hipotecado, no supo ver más que una lata con dos sardinas y una raspa. Con la tapa abierta nos fuimos amoinando, hicimos viajes al centro comercial como parte de la protesta del indignado estafado por valor de euro quince y se nos negó la posibilidad del descanso eterno.
Ahora, es cierto que en un ambiente más calmado, compartimos nevera de una organización que vela por los derechos de los consumidores con una rana moribunda en el interior de un paquete de verdura pre-lavada “ensalada Alegría de la Huerta” y un bote de ketchup agriado de costumbres erráticas. Este nos ha comentado, aunque me consta que no es de fiar pues parece estar siempre resentido, que hasta la vista previa o la inspección del perito puede quedarnos de un año a dieciocho meses.
Claro, uno ya no es el mismo de antes. Es peor. Si antes era ermitaño deberían verme ahora que comparto habitación a la fuerza con un extraño.
¿Por qué les cuento esto último? Su manera de ver las cosas está empezando a ponerme nervioso. Sería una pena y un borrón en el expediente del caso si por accidente se quedara dormido y se ahogase en su propio aceite de girasol parcialmente hidrogenado.
Las buenas palabras sirvieron de poco. Sólo nos vimos minimamente respaldados por la caballa en tomate por afinidad ideológica con el causante de la disputa doméstica. Sobra decir que mi compañero y yo no estábamos satisfechos con la presencia del energúmeno. Ya les he dicho que soy de natural esquivo, y mi amigo no me iba a la zaga, y que no estábamos para entablar amistades, pero a nadie le gustan las constantes visitas con quejas por culpas ajenas. Cierta noche sentimos un tremendo golpe al rato de quedarnos dormidos. La lata presentaba una tremenda hendidura. La caballa nos explicó, siempre en reservado porque no quería airear su relación con los problemáticos vecinos, que con eso forzaban nuestra salida por estar defectuosos, que terminaríamos en un indeseable lugar extramuros, condenados al deshecho.
No tuvo suficiente con la advertencia. Aquella noche fue la más ruidosa, aunque he de decir que su parlamento acerca de la libertad individual y el albedrío no estaba equivocado del todo, pero le perdieron las formas. Salieron a relucir las navajas a la vinagreta y aquello indicó la llegada a un punto de ruptura de las negociaciones. Les aseguramos a los vecinos que lavaríamos los trapos sucios en casa.
Al día siguiente fuimos dos.
No crean que estoy satisfecho de haberme comido a medias a un compañero. Fue un acto en aras de la convivencia; sesgar una vida para calmar las corrientes violentas del pasillo de las conservas.
Pero ustedes no van más allá de los hechos. Cuando uno de sus congéneres abrió la lata, al resguardo de su techo hipotecado, no supo ver más que una lata con dos sardinas y una raspa. Con la tapa abierta nos fuimos amoinando, hicimos viajes al centro comercial como parte de la protesta del indignado estafado por valor de euro quince y se nos negó la posibilidad del descanso eterno.
Ahora, es cierto que en un ambiente más calmado, compartimos nevera de una organización que vela por los derechos de los consumidores con una rana moribunda en el interior de un paquete de verdura pre-lavada “ensalada Alegría de la Huerta” y un bote de ketchup agriado de costumbres erráticas. Este nos ha comentado, aunque me consta que no es de fiar pues parece estar siempre resentido, que hasta la vista previa o la inspección del perito puede quedarnos de un año a dieciocho meses.
Claro, uno ya no es el mismo de antes. Es peor. Si antes era ermitaño deberían verme ahora que comparto habitación a la fuerza con un extraño.
¿Por qué les cuento esto último? Su manera de ver las cosas está empezando a ponerme nervioso. Sería una pena y un borrón en el expediente del caso si por accidente se quedara dormido y se ahogase en su propio aceite de girasol parcialmente hidrogenado.
domingo, 27 de junio de 2010
ENLATADOS. ( I )
Lo que voy a relatarle dista bastante de uno de esos cuentos para mamíferos en los que aparecen sonrientes pescaditos en procelosos océanos azul digital. Mi nombre es Cristino, lo que vienen a llamar ustedes en su argot “una sardina”. Y no intenten montarme un titulillo en plan “las aventuras de Cristino el sardino”, que tenemos todos una edad para dejarnos llevar por el recurso fácil de la rima forzada con vistas a ridiculizar un nombre de gran tradición familiar, al menos en mi círculo de parentesco.
En los documentales después del almuerzo habrán visto ustedes bancos de plateados lomos moviéndose como si compartieran una mente. Bueno, pues servidor pertenece al reducido número de ejemplares de la rama ermitaña. Vivo en mi roca sin meterme con nadie, salvo con la pescadilla que reparte propaganda, con la que mantengo un alto ritmo de discusiones semanales sin que por el momento hayamos llegado a las aletas. Uno es bocazas, pero en cuanto la cosa se pone negra toca a retirada dejando al otro con la palabra en la boca. Tengo agallas, sí, pero son para otra cosa. Acudía yo una mañana a la hora del aperitivo trascendiendo mi propia condición marina al reflexionar sobre la vida más allá de la superficie cuando me encontré una aglomeración inusual a la altura de la circunvalación de estrellas marinas. Ya les he comentado que soy de natural esquivo, pero ni el más hermético se puede resistir a desentrañar los motivos de un suceso inusual en la vía pública. Prueben ustedes a mirar hacia una dirección determinada en la puerta de unos grandes almacenes y verán como al rato está rodeado de curiosos oteando la nada.
En eso sucedió la desbandada. Todos parecían haberse dejado la casa por barrer y corrían raudos en distintas direcciones. Cuando aquella red avanzaba para atraparme comprendí el motivo de la comunicación entre ejemplares de la misma especie y la utilidad de enterarse lo que sucede más allá de la entrada de la cueva, bien es verdad que llamar cueva a tres piedras en equilibrio quizás sea demasiado, pero el régimen autoritario de las profundidades no está como para quejarse en público. Fue mal lugar para una epifanía instantánea, encontrándome tras una violenta subida acompañado de congéneres en la cubierta de un bote.
Esto se pondría hematológico y tendente a la casquería si les relato mi paso por la cadena de despiece, baste decir que me encontré sin aletas, escamas y algo más importante, cabeza. Pero conservé el resto del cuerpo, que dado lo que podía haber ocurrido, di por bueno.
Peor fue el acompañamiento. Porque las pobres sardinas para bolsillos pobres viajan en turista. Las latas de caviar van a todo confort en latas de kilo pero oiga, las sardinas arrimaditas de tres en tres. Me tocó compartir vivienda con una sardina esquelética, nerviosa, maniática y desquiciada y con otra, cuyo cuerpo me sonaba de haber compartido una mesa electoral años atrás. Con esta última la relación fue fluida, nos contamos las penas hasta llegar a ese límite en el que la vergüenza no te deja abrirte más ante un extraño, algo curioso al estar con las carnes al aire, pero una cosa es estar desmembrado ante un desconocido y otro quedar desvalido al perder en el intercambio de miserias.
Pero para estas conversaciones tuvimos que aguantar al insportable congénere que las manos de los operarios, ya me explicarán ustedes como soportan que les llamen así, hasta nosotros tenemos nombres científicos de base greco-latina, como decía, esas manos repartieron la suerte y quisieron separarme de mi amigo por conveniencia, conciliación democrática y proximidad geográfica, por ese intransigente empeñado en culpar de la captura al gobierno de turno, convencido de que por lanzar soflamas revolucionarias nada peor le podía pasar que estar flotando en aceite a jornada completa.
Continuará.
En los documentales después del almuerzo habrán visto ustedes bancos de plateados lomos moviéndose como si compartieran una mente. Bueno, pues servidor pertenece al reducido número de ejemplares de la rama ermitaña. Vivo en mi roca sin meterme con nadie, salvo con la pescadilla que reparte propaganda, con la que mantengo un alto ritmo de discusiones semanales sin que por el momento hayamos llegado a las aletas. Uno es bocazas, pero en cuanto la cosa se pone negra toca a retirada dejando al otro con la palabra en la boca. Tengo agallas, sí, pero son para otra cosa. Acudía yo una mañana a la hora del aperitivo trascendiendo mi propia condición marina al reflexionar sobre la vida más allá de la superficie cuando me encontré una aglomeración inusual a la altura de la circunvalación de estrellas marinas. Ya les he comentado que soy de natural esquivo, pero ni el más hermético se puede resistir a desentrañar los motivos de un suceso inusual en la vía pública. Prueben ustedes a mirar hacia una dirección determinada en la puerta de unos grandes almacenes y verán como al rato está rodeado de curiosos oteando la nada.
En eso sucedió la desbandada. Todos parecían haberse dejado la casa por barrer y corrían raudos en distintas direcciones. Cuando aquella red avanzaba para atraparme comprendí el motivo de la comunicación entre ejemplares de la misma especie y la utilidad de enterarse lo que sucede más allá de la entrada de la cueva, bien es verdad que llamar cueva a tres piedras en equilibrio quizás sea demasiado, pero el régimen autoritario de las profundidades no está como para quejarse en público. Fue mal lugar para una epifanía instantánea, encontrándome tras una violenta subida acompañado de congéneres en la cubierta de un bote.
Esto se pondría hematológico y tendente a la casquería si les relato mi paso por la cadena de despiece, baste decir que me encontré sin aletas, escamas y algo más importante, cabeza. Pero conservé el resto del cuerpo, que dado lo que podía haber ocurrido, di por bueno.
Peor fue el acompañamiento. Porque las pobres sardinas para bolsillos pobres viajan en turista. Las latas de caviar van a todo confort en latas de kilo pero oiga, las sardinas arrimaditas de tres en tres. Me tocó compartir vivienda con una sardina esquelética, nerviosa, maniática y desquiciada y con otra, cuyo cuerpo me sonaba de haber compartido una mesa electoral años atrás. Con esta última la relación fue fluida, nos contamos las penas hasta llegar a ese límite en el que la vergüenza no te deja abrirte más ante un extraño, algo curioso al estar con las carnes al aire, pero una cosa es estar desmembrado ante un desconocido y otro quedar desvalido al perder en el intercambio de miserias.
Pero para estas conversaciones tuvimos que aguantar al insportable congénere que las manos de los operarios, ya me explicarán ustedes como soportan que les llamen así, hasta nosotros tenemos nombres científicos de base greco-latina, como decía, esas manos repartieron la suerte y quisieron separarme de mi amigo por conveniencia, conciliación democrática y proximidad geográfica, por ese intransigente empeñado en culpar de la captura al gobierno de turno, convencido de que por lanzar soflamas revolucionarias nada peor le podía pasar que estar flotando en aceite a jornada completa.
Continuará.
viernes, 11 de junio de 2010
ESTAMPAS ABSURDAS.
- Anestesista tenías que ser –le dijo el personaje femenino al masculino en plena deconstrucción inconexa.
- Porque no me cogieron para antenista. –dijo él al sentir que le tocaba.
- Eres muy aburrido.
- Como no me lo digas entre exclamaciones no me va a entrar en la cabeza, ya me conoces.
- ¡Eres un soso!
- Ya puedo ofenderme por esa opinión que me retrata y que me asusta afrontar.
- ¿Ves?, ese es el problema, diseccionas, comparas, relativizas, adoctrinas y al final, ¿qué?, otra tarde de bronca sin bronca.
- Pero mujer...
- Ni mujer ni hombre –calló, temiendo descubrir su secreto y que dejara de ser secreto. Y suyo.
- No, digo que esto va a parecer un sainete.
- Ni sainetes ni peinetas. No podemos seguir así.
- O en el peor de los casos un número de vodevil.
- ¿Tengo pinta de vicetiple?
- Hombre, con esos tacones...
- ¡Vaya, ahora son mis tacones! ¡ahora la culpa de todo la van a tener los tacones!
- Eso y las plumas. Y la diadema en otro color podía pasar, pero es que brilla tanto que la veo desde ayer.
- Que ya es ver...¿en serio crees que me he pasado con estas pintas?
- No no no...bueno, no para ser starlette. Para administrativa quizás, pero vas propia para la farándula.
- Así que no vamos a discutir aunque salga a la calle con esta facha.
- Hombre, discutir, si al final vas a seguir pensando lo mismo, discutir es una pérdida de tiempo. Y a lo peor me acabo convenciendo a mí mismo de lo contrario.
- No sería la primera vez.
- No sería, no.
- Creo que...
- No lo digas, ¡te suplico que no lo digas!
- Creo que vamos a tener que dejarlo.
- Creí que me ibas a llamar soso. Sí, vamos a tener que dejarlo, lo supe desde el momento que te conocí.
- ¿Hará cinco minutos?
- O menos. O siete.
- Compréndelo, es por ti, una afamada artista de variedades y un anestesista...
- Siempre quise ser antenista.
- Quizás no es tarde, podrías intentarlo...
- Si ahora va todo por satélite. Sólo me queda dormir a moribundos.
- ¡Qué vida esta!
- Quita quita, para que sea otra, de esta nos sabemos las reglas.
- Entonces, esto es un adiós.
- Sí, seguiré buscando la calle Trinchamuelles yo solo, siento haberla molestado.
- ¿Ahora me hablas de usted?
- ¿No hemos roto?, pues eso.
- Pero yo nunca te olvidé.
- No te dejé tiempo.
- ¿Ves? Ya estamos, es que no se puede discutir contigo.
- Ahora, si me disculpa, tengo una cita con el destino.
- Antes de marcharse, ¿puedo hacerle una pregunta?
- Dígame.
- ¿Esto no será un trasunto de guión más sesudo, de personajes planos acunados por el absurdo, inmersos en una vida que no comprenden?
- No creo. El autor no da para tanto.
- Ya...
- Si acaso, por casualidad...pero a sabiendas no. Vamos, no creo.
- Siempre te recordaré.
- Y yo siempre fingiré haberte olvidado.
- Buenas noches.
- Adiós, vicetiple de mi páncreas.
Telón. Ahora es cuando usted aplaude o jura odio eterno al autor.
- Porque no me cogieron para antenista. –dijo él al sentir que le tocaba.
- Eres muy aburrido.
- Como no me lo digas entre exclamaciones no me va a entrar en la cabeza, ya me conoces.
- ¡Eres un soso!
- Ya puedo ofenderme por esa opinión que me retrata y que me asusta afrontar.
- ¿Ves?, ese es el problema, diseccionas, comparas, relativizas, adoctrinas y al final, ¿qué?, otra tarde de bronca sin bronca.
- Pero mujer...
- Ni mujer ni hombre –calló, temiendo descubrir su secreto y que dejara de ser secreto. Y suyo.
- No, digo que esto va a parecer un sainete.
- Ni sainetes ni peinetas. No podemos seguir así.
- O en el peor de los casos un número de vodevil.
- ¿Tengo pinta de vicetiple?
- Hombre, con esos tacones...
- ¡Vaya, ahora son mis tacones! ¡ahora la culpa de todo la van a tener los tacones!
- Eso y las plumas. Y la diadema en otro color podía pasar, pero es que brilla tanto que la veo desde ayer.
- Que ya es ver...¿en serio crees que me he pasado con estas pintas?
- No no no...bueno, no para ser starlette. Para administrativa quizás, pero vas propia para la farándula.
- Así que no vamos a discutir aunque salga a la calle con esta facha.
- Hombre, discutir, si al final vas a seguir pensando lo mismo, discutir es una pérdida de tiempo. Y a lo peor me acabo convenciendo a mí mismo de lo contrario.
- No sería la primera vez.
- No sería, no.
- Creo que...
- No lo digas, ¡te suplico que no lo digas!
- Creo que vamos a tener que dejarlo.
- Creí que me ibas a llamar soso. Sí, vamos a tener que dejarlo, lo supe desde el momento que te conocí.
- ¿Hará cinco minutos?
- O menos. O siete.
- Compréndelo, es por ti, una afamada artista de variedades y un anestesista...
- Siempre quise ser antenista.
- Quizás no es tarde, podrías intentarlo...
- Si ahora va todo por satélite. Sólo me queda dormir a moribundos.
- ¡Qué vida esta!
- Quita quita, para que sea otra, de esta nos sabemos las reglas.
- Entonces, esto es un adiós.
- Sí, seguiré buscando la calle Trinchamuelles yo solo, siento haberla molestado.
- ¿Ahora me hablas de usted?
- ¿No hemos roto?, pues eso.
- Pero yo nunca te olvidé.
- No te dejé tiempo.
- ¿Ves? Ya estamos, es que no se puede discutir contigo.
- Ahora, si me disculpa, tengo una cita con el destino.
- Antes de marcharse, ¿puedo hacerle una pregunta?
- Dígame.
- ¿Esto no será un trasunto de guión más sesudo, de personajes planos acunados por el absurdo, inmersos en una vida que no comprenden?
- No creo. El autor no da para tanto.
- Ya...
- Si acaso, por casualidad...pero a sabiendas no. Vamos, no creo.
- Siempre te recordaré.
- Y yo siempre fingiré haberte olvidado.
- Buenas noches.
- Adiós, vicetiple de mi páncreas.
Telón. Ahora es cuando usted aplaude o jura odio eterno al autor.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)