Simonson, en honor a la añeja costumbre, maltrató la puerta del despacho golpeándola con los desnudos nudillos. Educación frente a bienestar de la madera. Una voz achacosa le concedió la venia, introduciéndose el sujeto militar al cubículo de su superior.
-Buenas noches señor.
-Descanse soldado, ¿qué quería?
-Me preguntaba algo señor...¿nosotros somos los buenos?
-En un término maniqueista sí.
-Ajam.
-Pero claro, siempre desde nuestro punto de vista.
-Claro claro.
-¿Y para eso se presenta en pijama de dormir en mi despacho a estas horas?
-La pregunta turbaba mi sueño. Mire, que si llegamos a ser los malos después de tanto tiempo.
-Quite quite, nos lo habrían dicho.
-Visto así, pues sí.
-Ande, vuelva a su camastro.
Simonson se enfundó en la litera. Aún con la respuesta del coronel, mientras los párpados aguantaron, estuvo vigilando a sus compañeros de dormitorio. Por si los malos.
jueves, 16 de abril de 2009
lunes, 30 de marzo de 2009
BACK TO THE GUATEQUE ( Y 2 )
En el capítulo anterior...
Me acerqué a la mesa de viandas, sobre la que descansaba un estupendo refrigerio. Me decanté por un cocktail ( cotel ) de gambas. Debido a la época y los aprietos económicos, amen de que al señor mandamás con gafas de sol no le hacían gracia, y como no le hacían tilín, no había gambas para nadie, al cocktail ( cotel ) de gambas le faltaba el apellido. Y la fórmula, mire usted, no funciona con cacahuetes ( veáse Alcahueses ).
Un señor en el estanco ya me dijo que hacía mal no aprovechando estos viajes involuntarios para aprender cosas. Y razón tenía, pero inmerso yo en la experiencia lo último a considerar es ilustrarse. Además, no tengo por costumbre echar cuentas al primero con el que cruzo un parlamento en un estanco. Intenté mezclarme con el personal, atendiendo a sus cuchicheos sobre el gasto de gasolina de un 600 ( “con media jarra llego yo a Fernando Po, de verdad se lo digo” ), las últimas novedades de Galas del Sábado, y los últimos comunistas vistos por los alrededores del país, gente por lo oído, de mal vivir, maleantes, vagos y con ideas aberrantes. Saqué la conclusión de que debían ser distintos a los comunistas de hoy en día...los pobres andan algo escasos de...de todo.
Mi error, admitido queda, fue entrar al trapo y discutir sobre el Señor del Pardo. Yo, conociendo su vida y milagros por unos señores entendidos aparecidos en televisión en documentales a los que yo, en mi tiempo ( y el suyo de usted ) asistía con sopor, por obligación contractual o por falta de pilas en el mando a distancia, me lancé a la piscina de la opinión desde el tercer trampolín, efectuando doble tirabuzón argumental. Sus caras lo dijeron casi todo.
El resto salió por sus boquitas.
¡A deleite estaban ellos!, a tutiplén...eran ciudadanos decentes sin encontronazos con la justicia...yo debía ser uno de esos revolucionarios malinchistas...intentando inocular idearios en una ciudadanía decente...Decentes, decentes, no se cansaban de repetirlo, aunque los sobeteos de refajo a los que asistí de reojo antes de la discusión haría enrojecer a un parroquiano-tipo de discoteca chumba-chumba contemporáneo. No quise entrar en discusiones.
Las balas entonces estaban baratas.
El hipo vino al rescate. La experiencia terminaba. Me excusé, dirigí mis pasos al baño ( con mis ideas y desapareciendo en mitad del guateque habría causado más de una acusación por brujería, merecida por otro lado ), mientras me despedía de las cortinas de cretona, lo que más añoraría en el futuro. Tras dos “hipidos” y un golpe en la espinilla con la bañera, me recoloqué en casa. Todo estaba en su sitio. Mis acciones y/u omisiones en el pasado no habían alterado el presente...al menos en principio...o por lo menos no en algo que se notara demasiado.
Me disculpo si le he aburrido. Son anécdotas que bien es cierto, sacadas a pasear fuera de congregaciones meramente familiares pueden inducir a la vuelta a casa o la visita al bar más cercano. Lo contado tampoco es representativo del riesgo, la emoción y la incertidumbre producida por hacer excursiones en el tiempo.
Otro día les contaré como NO tuve que ver en la extinción de los dinosaurios. Cuento con un acta notarial que da fe de la veracidad del asunto.
Sí, me encontré con un notario en el jurásico...cosas más raras he visto...un par o dos.
Me acerqué a la mesa de viandas, sobre la que descansaba un estupendo refrigerio. Me decanté por un cocktail ( cotel ) de gambas. Debido a la época y los aprietos económicos, amen de que al señor mandamás con gafas de sol no le hacían gracia, y como no le hacían tilín, no había gambas para nadie, al cocktail ( cotel ) de gambas le faltaba el apellido. Y la fórmula, mire usted, no funciona con cacahuetes ( veáse Alcahueses ).
Un señor en el estanco ya me dijo que hacía mal no aprovechando estos viajes involuntarios para aprender cosas. Y razón tenía, pero inmerso yo en la experiencia lo último a considerar es ilustrarse. Además, no tengo por costumbre echar cuentas al primero con el que cruzo un parlamento en un estanco. Intenté mezclarme con el personal, atendiendo a sus cuchicheos sobre el gasto de gasolina de un 600 ( “con media jarra llego yo a Fernando Po, de verdad se lo digo” ), las últimas novedades de Galas del Sábado, y los últimos comunistas vistos por los alrededores del país, gente por lo oído, de mal vivir, maleantes, vagos y con ideas aberrantes. Saqué la conclusión de que debían ser distintos a los comunistas de hoy en día...los pobres andan algo escasos de...de todo.
Mi error, admitido queda, fue entrar al trapo y discutir sobre el Señor del Pardo. Yo, conociendo su vida y milagros por unos señores entendidos aparecidos en televisión en documentales a los que yo, en mi tiempo ( y el suyo de usted ) asistía con sopor, por obligación contractual o por falta de pilas en el mando a distancia, me lancé a la piscina de la opinión desde el tercer trampolín, efectuando doble tirabuzón argumental. Sus caras lo dijeron casi todo.
El resto salió por sus boquitas.
¡A deleite estaban ellos!, a tutiplén...eran ciudadanos decentes sin encontronazos con la justicia...yo debía ser uno de esos revolucionarios malinchistas...intentando inocular idearios en una ciudadanía decente...Decentes, decentes, no se cansaban de repetirlo, aunque los sobeteos de refajo a los que asistí de reojo antes de la discusión haría enrojecer a un parroquiano-tipo de discoteca chumba-chumba contemporáneo. No quise entrar en discusiones.
Las balas entonces estaban baratas.
El hipo vino al rescate. La experiencia terminaba. Me excusé, dirigí mis pasos al baño ( con mis ideas y desapareciendo en mitad del guateque habría causado más de una acusación por brujería, merecida por otro lado ), mientras me despedía de las cortinas de cretona, lo que más añoraría en el futuro. Tras dos “hipidos” y un golpe en la espinilla con la bañera, me recoloqué en casa. Todo estaba en su sitio. Mis acciones y/u omisiones en el pasado no habían alterado el presente...al menos en principio...o por lo menos no en algo que se notara demasiado.
Me disculpo si le he aburrido. Son anécdotas que bien es cierto, sacadas a pasear fuera de congregaciones meramente familiares pueden inducir a la vuelta a casa o la visita al bar más cercano. Lo contado tampoco es representativo del riesgo, la emoción y la incertidumbre producida por hacer excursiones en el tiempo.
Otro día les contaré como NO tuve que ver en la extinción de los dinosaurios. Cuento con un acta notarial que da fe de la veracidad del asunto.
Sí, me encontré con un notario en el jurásico...cosas más raras he visto...un par o dos.
lunes, 9 de marzo de 2009
BACK TO THE GUATEQUE. ( PARTE 1 )
En mis continuas idas y venidas en el continuo espacio tiempo se han dado cita algunas anécdotas: unas son aburridas incluso para mí y no sirven más que para espantar visitas molestas a horas de enfundarse el colchón. Otras, sin encambio, pueden resultar, cuando menos, divertidas, reveladoras o meramente didácticas. Huyendo de este último término, pues es usted ya mayorcito para seguir aprendiendo cosas, optaremos por una que...¡oh!, esperen, recuerdos jocosos se abren paso a codazos por mi cortex cerebral. Verán...
Fue uno de esos ataques de hipo involuntario, señal inequívoca de la destabilización del flujo temporal en torno a mi persona. Sin saber a ciencia cierta el año de destino de mi salto temporal, opté por, en cuestión de segundos, engalanarme con un conjunto de prendas neutras, de esas que nunca pasan de moda, al menos desde mi sentido de la estética. Recién embutido en un pantalón de pata de elefante, encamisado con chorreras, chaquetilla cuadriculada a la espiguilla con coderas de polipiel y zapatos bonitos, de esos de salir, una música empezó a inundar mis sentidos...y por muchas válvulas de escape que abrí, no tenía escapatoria.
Es frecuente en esta sintomatología el aparecer en lugares apartados del paso, ahorrando el disloque del personal al ver aparecer a un semejante ante sí, influenciado como está todo quisque por esas series de televisión de casos extraños...ya ven ustedes, extraterrestres...como si eso fuera posible. Al grano. Aparecí en una cocina de teca con su hornilla, su horno, su calentador de gas y todas las comodidades. La estructura metálica de las sillas, la capa plástica sobre el suelo y una licuadora me hicieron datar la nueva época como de finales de los 60. El calendario de pared me dio la razón.
Asomé la nariz por la puerta abatible: una animada fiesta tenía lugar en el coqueto salón. El aforo sobrepasaba claramente las posibilidades de la modesta vivienda, es por ello que una señora con pinta de marquesa y rebequita de punto consumiera su armagnac subida al poto decorativo junto a las cortinas. Parecía no importarle. Parecía no ser su primera copa de la noche. Ni la quinta.
Yo diría que acerté con la indumentaria, quizás algo recargada, pero no desentonaba con el resto de los invitados. Movían pelvis, caderas, hombros y próstatas al ritmo de un bugaloo escupido por un pick-up ( alias tocadiscos ). Uno cree al ver esas películas añejas que la recreación de nuestro país en la época es algo exagerado. Nada más lejos de la realidad. Creía yo estar atrapado en celuloide, incluso pellizqué a un señor con bigote para probar la veracidad de la experiencia. Su recatado insulto dio fe de la época en la que me encontraba.
Fue uno de esos ataques de hipo involuntario, señal inequívoca de la destabilización del flujo temporal en torno a mi persona. Sin saber a ciencia cierta el año de destino de mi salto temporal, opté por, en cuestión de segundos, engalanarme con un conjunto de prendas neutras, de esas que nunca pasan de moda, al menos desde mi sentido de la estética. Recién embutido en un pantalón de pata de elefante, encamisado con chorreras, chaquetilla cuadriculada a la espiguilla con coderas de polipiel y zapatos bonitos, de esos de salir, una música empezó a inundar mis sentidos...y por muchas válvulas de escape que abrí, no tenía escapatoria.
Es frecuente en esta sintomatología el aparecer en lugares apartados del paso, ahorrando el disloque del personal al ver aparecer a un semejante ante sí, influenciado como está todo quisque por esas series de televisión de casos extraños...ya ven ustedes, extraterrestres...como si eso fuera posible. Al grano. Aparecí en una cocina de teca con su hornilla, su horno, su calentador de gas y todas las comodidades. La estructura metálica de las sillas, la capa plástica sobre el suelo y una licuadora me hicieron datar la nueva época como de finales de los 60. El calendario de pared me dio la razón.
Asomé la nariz por la puerta abatible: una animada fiesta tenía lugar en el coqueto salón. El aforo sobrepasaba claramente las posibilidades de la modesta vivienda, es por ello que una señora con pinta de marquesa y rebequita de punto consumiera su armagnac subida al poto decorativo junto a las cortinas. Parecía no importarle. Parecía no ser su primera copa de la noche. Ni la quinta.
Yo diría que acerté con la indumentaria, quizás algo recargada, pero no desentonaba con el resto de los invitados. Movían pelvis, caderas, hombros y próstatas al ritmo de un bugaloo escupido por un pick-up ( alias tocadiscos ). Uno cree al ver esas películas añejas que la recreación de nuestro país en la época es algo exagerado. Nada más lejos de la realidad. Creía yo estar atrapado en celuloide, incluso pellizqué a un señor con bigote para probar la veracidad de la experiencia. Su recatado insulto dio fe de la época en la que me encontraba.
lunes, 9 de febrero de 2009
BRONCA A LAS SEIS.
Las seis de la tarde es la hora pactada para la discusión-sermón del día. Exacto como un reloj suizo, Ramiro abre la puerta de su dormitorio. Estrella no le quita ojo:
-¿Y qué me dices de los franceses?
-Así a bote pronto...
-¡Esta mujer mía no está en el mundo! Los franceses, nuestros vecinitos...imaginate, España es una península mientras ellos quieran.
-Supongo...
-Supones...¡nuestro país se puede convertir de la noche a la mañana en una isla y tu supones!
-Por hacer algo...
-Tan malinchista como siempre. ¿Tú sabes la de papeleos que llevaría convertirnos en isla?, ¿qué vas a saber?
-Eso digo yo, qué voy a saber...
Ramiro amaga y renuncia a volver al dormitorio.
-¿Y las bebidas con gas?, ¡son un peligro en venta en el colmado de la esquina!
Ramiro empieza a enlazar temas. Estrella sabe que les darán las claras del día.
-¿Y qué me dices de los franceses?
-Así a bote pronto...
-¡Esta mujer mía no está en el mundo! Los franceses, nuestros vecinitos...imaginate, España es una península mientras ellos quieran.
-Supongo...
-Supones...¡nuestro país se puede convertir de la noche a la mañana en una isla y tu supones!
-Por hacer algo...
-Tan malinchista como siempre. ¿Tú sabes la de papeleos que llevaría convertirnos en isla?, ¿qué vas a saber?
-Eso digo yo, qué voy a saber...
Ramiro amaga y renuncia a volver al dormitorio.
-¿Y las bebidas con gas?, ¡son un peligro en venta en el colmado de la esquina!
Ramiro empieza a enlazar temas. Estrella sabe que les darán las claras del día.
sábado, 17 de enero de 2009
SUBINSCONCIENTE
Su amplia colección de discos se presentaba ante él primorosamente ordenada tal y como debieron verse en principio los azulejos de las pirámides. Un tipo meticuloso, sin duda, dedicando tardes si no días enteros a clasificar la ingente cantidad de artefactos redondos con agujero a la mitad por interprete, género, orden alfabético y color del lomo del estuche. Tras ello había reforzado la estantería con cemento llevando pilares hasta el suelo: era un maniaco del orden, de acuerdo, pero andaba escaso de ganas para repetir aquella tarea de orden y colocación en caso de estropicio estanteril y posterior contacto de baldas y contenido contra el suelo. Aún en su desquicio, ese principio de vagancia era algo a su favor.
Siete de la tarde de un viernes con la planificación de ajetreo social de costumbre: casilla en blanco. Optó por calzarse el albornoz, encender su estupendo equipo de música ( condenado a convertirse en pieza de museo al pagar la última letra de la financiera ) y ordenarle extender la bandeja de CD. La orden fue cumplida sin rechistar, comportamiento propio de las máquinas inventadas por el hombre, salvo cuando estas se hacen mayores o salen demasiado baratas. Enfocó sus ojos y esa porción del cerebro encargada de controlarlos hasta la tercera planta de la estantería, sección música de cuerda, época contemporánea, letra “B”, lomos azulados, discos adquiridos con anterioridad al 2003. Sintió aquel pellizco en la parte baja del estómago, esa lisonja para sí mismo por la perfecta adecuación de la discografía. La obra de su vida, digna de bibliotecaria solterona y con dos gatos.
Tenía aquella tarde cuerpo de Bela Bartok. Con índice, corazón y pulgar de la mano derecha en formación de pinza dirigió sus esfuerzos a alcanzar el disco en cuestión: “Bela Bartok, obras completas en cuerda”. Realizó automáticamente las tareas posteriores: apertura del estuche, inserción del índice en la oquedad del disco a tal efecto, colocación en el reproductor, repliegue de bandeja, pulsación del play, rematando la tarea con esa frasecilla con aires de jocosidad tan suya “comandante de la nave, desvíen la energía principal suban los escudos” por la pretendida semejanza de sus movimientos con esas series de naves tan de su interés. Una frase muy suya: nadie en sus cabales tendría la tentación siquiera de pedírsela prestada.
Con los brazos cruzados tras la cabeza reclinada en el sofá entornó los ojos. Sus párpados se replegaron como los de una muñeca al perder la verticalidad con los primeros compases: algo andaba mal. Las cuerdas se habían convertido en trompetas y el ritmo lánguido había mutado a compases dignos de conga de boda regional. Se levantó autopropulsado, paró el reproductor, sacó el disco y observó desde el mirador de su propio asombro aquel extraño disco: “Burt Bacharach Greatest Hits”.
“Qué tontería” se dijo. “Confusión más tonta”, apuntó seguidamente ahorrándose algunas palabras, para eso estaba en su casa. Comprobó como el estuche pertenecía a el citado disco intruso y devolvió a ambos a su lugar de la estantería. Rescató a Bartok y lo introdujo en el reproductor.
El trompetazo inicial le descalabró. Estuvo a punto de no tener salón suficiente para botar del sofá. Regresó al equipo Hi-Fi y extrajo de nuevo el disco.
Burt Bacharach volvía a estar en su mano. Miró acusador al reproductor y este, en la medida de sus posibilidades y mediante lucecitas y pantallas de cristal líquido, intentó exculparse mediante aquella frase tan socorrida “ A mí que me registren “. Devolvió el CD a su funda, la funda a la estantería y a Bartok a su mano. Pulsó el play.
Bacharach se mofaba de él a ritmo de trompeta con sordina. “¡Esto es cosa de brujería!” gritó a la lámpara con el rostro desencajado, tal y como si se hubiera descolgado del Guernica. La lámpara, por corporativismo electrodoméstico con su compañero musical dijo no saber nada. Podría aburrir al lector relatándole los viajes de ida y vuelta entre estantería y equipo de música con la intención de oir a Bartok ya por pura cabezonería, aumentando a cada párrafo el estado de centrifugado mental de nuestro protagonista. Pero usted tendrá cosas mejores por hacer, así que permítame un ligero salto temporal.
Tenemos a nuestro protagonista atrincherado tras el sofá, esquivando el tiroteo de ritmo de Burt Bacharach por decimoséptima vez consecutiva, añorando la cordura perdida y perjurando sobre la guía de teléfonos ( lo más parecido a la biblia que tenía a mano ) su intención de escuchar a Bartok y de no pensar estar loco, al menos en principio. Estando en este juramento, una vocecilla interior carraspeó.
-Ejem..., atienda si es tan amable, tengo algo que decirle.
-¡Madre mía, loco, he perdido la chabeta, loco a mi edad! –exclamó enviando las páginas amarillas abiertas por la legión de Perez bajo la trinchera del sofá.
-Tranquilo, la cosa no es tan grave...aunque admito que tiene la pinta.
-¿Quién me habla?, ¿se dirigen a mí extraterrestres, santos, ánimas, arcanos mayores?
-Venga hombre, no hagamos un dislate de esto. Le habla su subconsciente.
-Pues mire, habría preferido alguna de los que yo he dicho, no sé bien porqué.
-No es costumbre de los subconscientes charlar con su patrocinado...pero a la luz de los acontecimientos no he tenido otro remedio.
-Bien caballero –dijo rindiéndose a la locura pero conservando su inmaculada educación- usted dirá.
-Verá, le comento. Como subsconsciente suyo, elegido democráticamente, he decidido por el bien común que lo mejor para usted hoy, día tal, a tantos de tantos del año de nuestro señor dos cero cero puntos suspensivos, era oír a Burt Bacharach, sustituyendo este a su elección, la cual en modo alguno criticamos, de Bela Bartok, por considerar a este último tendente a la depresión.
-Entiendo...bueno, entiendo a medias.
-Considerando igualmente el mérito del excelente orden del que goza su colección musical, no observando fallo alguno en ella y siendo el motivo y causa de la confusión de intérprete exclusivamente nuestra ( véase mí ) voluntad.
-Se agradece la valoración del orden.
-Haciendo un inciso, servidor tuvo bastante que ver en la clasificación, ¿no querrá que tire piedras sobre mis propios jarrones?
-Claro claro. ¿Algo más?
-Déjeme ver....debemos declarar....ehm...mediante la ley subconsciente vigente...aplicable...Bah, nada más de interés, lenguaje legal. Recomendamos acatar la decisión de su subconsciente.
-¿Podría negarme?, conste que no lo digo por llevar la contraria...sólo...
-Tiene usted quince (15 ) días hábiles para recurrir esta Recomendación enviándose escrito a sí mismo por certificado.
-No no, déjelo, si usted dice Bacharach, pues sea.
-Nada, me alegro. Es probable que no hablemos en bastante tiempo.
-Ha sido un placer.
-El placer ha sido suyo.
-Buenas tardes.
-Nada, a cuidarse.
-¿Es esto otra recomendación?
-Ciertamente.
-De acuerdo.
-Lo dicho.
Se hizo el vacío en su cabeza y todo quedó como de costumbre, bajo la sintonía de Bacharach. Se dijo que tampoco no estaba tan mal. Incluso acompañó algunas piezas chasqueando los dedos.
En lo sucesivo hizo caso a su subconsciente. Con mayor o menor acierto, pero evitó mantener uno de estos bizarros parlamentos en mitad de unos grandes almacenes, manteniendo con ello, sin saberlo, al día su higiene mental, tal y como recomiendan nueve de cada diez psicólogos.
Siete de la tarde de un viernes con la planificación de ajetreo social de costumbre: casilla en blanco. Optó por calzarse el albornoz, encender su estupendo equipo de música ( condenado a convertirse en pieza de museo al pagar la última letra de la financiera ) y ordenarle extender la bandeja de CD. La orden fue cumplida sin rechistar, comportamiento propio de las máquinas inventadas por el hombre, salvo cuando estas se hacen mayores o salen demasiado baratas. Enfocó sus ojos y esa porción del cerebro encargada de controlarlos hasta la tercera planta de la estantería, sección música de cuerda, época contemporánea, letra “B”, lomos azulados, discos adquiridos con anterioridad al 2003. Sintió aquel pellizco en la parte baja del estómago, esa lisonja para sí mismo por la perfecta adecuación de la discografía. La obra de su vida, digna de bibliotecaria solterona y con dos gatos.
Tenía aquella tarde cuerpo de Bela Bartok. Con índice, corazón y pulgar de la mano derecha en formación de pinza dirigió sus esfuerzos a alcanzar el disco en cuestión: “Bela Bartok, obras completas en cuerda”. Realizó automáticamente las tareas posteriores: apertura del estuche, inserción del índice en la oquedad del disco a tal efecto, colocación en el reproductor, repliegue de bandeja, pulsación del play, rematando la tarea con esa frasecilla con aires de jocosidad tan suya “comandante de la nave, desvíen la energía principal suban los escudos” por la pretendida semejanza de sus movimientos con esas series de naves tan de su interés. Una frase muy suya: nadie en sus cabales tendría la tentación siquiera de pedírsela prestada.
Con los brazos cruzados tras la cabeza reclinada en el sofá entornó los ojos. Sus párpados se replegaron como los de una muñeca al perder la verticalidad con los primeros compases: algo andaba mal. Las cuerdas se habían convertido en trompetas y el ritmo lánguido había mutado a compases dignos de conga de boda regional. Se levantó autopropulsado, paró el reproductor, sacó el disco y observó desde el mirador de su propio asombro aquel extraño disco: “Burt Bacharach Greatest Hits”.
“Qué tontería” se dijo. “Confusión más tonta”, apuntó seguidamente ahorrándose algunas palabras, para eso estaba en su casa. Comprobó como el estuche pertenecía a el citado disco intruso y devolvió a ambos a su lugar de la estantería. Rescató a Bartok y lo introdujo en el reproductor.
El trompetazo inicial le descalabró. Estuvo a punto de no tener salón suficiente para botar del sofá. Regresó al equipo Hi-Fi y extrajo de nuevo el disco.
Burt Bacharach volvía a estar en su mano. Miró acusador al reproductor y este, en la medida de sus posibilidades y mediante lucecitas y pantallas de cristal líquido, intentó exculparse mediante aquella frase tan socorrida “ A mí que me registren “. Devolvió el CD a su funda, la funda a la estantería y a Bartok a su mano. Pulsó el play.
Bacharach se mofaba de él a ritmo de trompeta con sordina. “¡Esto es cosa de brujería!” gritó a la lámpara con el rostro desencajado, tal y como si se hubiera descolgado del Guernica. La lámpara, por corporativismo electrodoméstico con su compañero musical dijo no saber nada. Podría aburrir al lector relatándole los viajes de ida y vuelta entre estantería y equipo de música con la intención de oir a Bartok ya por pura cabezonería, aumentando a cada párrafo el estado de centrifugado mental de nuestro protagonista. Pero usted tendrá cosas mejores por hacer, así que permítame un ligero salto temporal.
Tenemos a nuestro protagonista atrincherado tras el sofá, esquivando el tiroteo de ritmo de Burt Bacharach por decimoséptima vez consecutiva, añorando la cordura perdida y perjurando sobre la guía de teléfonos ( lo más parecido a la biblia que tenía a mano ) su intención de escuchar a Bartok y de no pensar estar loco, al menos en principio. Estando en este juramento, una vocecilla interior carraspeó.
-Ejem..., atienda si es tan amable, tengo algo que decirle.
-¡Madre mía, loco, he perdido la chabeta, loco a mi edad! –exclamó enviando las páginas amarillas abiertas por la legión de Perez bajo la trinchera del sofá.
-Tranquilo, la cosa no es tan grave...aunque admito que tiene la pinta.
-¿Quién me habla?, ¿se dirigen a mí extraterrestres, santos, ánimas, arcanos mayores?
-Venga hombre, no hagamos un dislate de esto. Le habla su subconsciente.
-Pues mire, habría preferido alguna de los que yo he dicho, no sé bien porqué.
-No es costumbre de los subconscientes charlar con su patrocinado...pero a la luz de los acontecimientos no he tenido otro remedio.
-Bien caballero –dijo rindiéndose a la locura pero conservando su inmaculada educación- usted dirá.
-Verá, le comento. Como subsconsciente suyo, elegido democráticamente, he decidido por el bien común que lo mejor para usted hoy, día tal, a tantos de tantos del año de nuestro señor dos cero cero puntos suspensivos, era oír a Burt Bacharach, sustituyendo este a su elección, la cual en modo alguno criticamos, de Bela Bartok, por considerar a este último tendente a la depresión.
-Entiendo...bueno, entiendo a medias.
-Considerando igualmente el mérito del excelente orden del que goza su colección musical, no observando fallo alguno en ella y siendo el motivo y causa de la confusión de intérprete exclusivamente nuestra ( véase mí ) voluntad.
-Se agradece la valoración del orden.
-Haciendo un inciso, servidor tuvo bastante que ver en la clasificación, ¿no querrá que tire piedras sobre mis propios jarrones?
-Claro claro. ¿Algo más?
-Déjeme ver....debemos declarar....ehm...mediante la ley subconsciente vigente...aplicable...Bah, nada más de interés, lenguaje legal. Recomendamos acatar la decisión de su subconsciente.
-¿Podría negarme?, conste que no lo digo por llevar la contraria...sólo...
-Tiene usted quince (15 ) días hábiles para recurrir esta Recomendación enviándose escrito a sí mismo por certificado.
-No no, déjelo, si usted dice Bacharach, pues sea.
-Nada, me alegro. Es probable que no hablemos en bastante tiempo.
-Ha sido un placer.
-El placer ha sido suyo.
-Buenas tardes.
-Nada, a cuidarse.
-¿Es esto otra recomendación?
-Ciertamente.
-De acuerdo.
-Lo dicho.
Se hizo el vacío en su cabeza y todo quedó como de costumbre, bajo la sintonía de Bacharach. Se dijo que tampoco no estaba tan mal. Incluso acompañó algunas piezas chasqueando los dedos.
En lo sucesivo hizo caso a su subconsciente. Con mayor o menor acierto, pero evitó mantener uno de estos bizarros parlamentos en mitad de unos grandes almacenes, manteniendo con ello, sin saberlo, al día su higiene mental, tal y como recomiendan nueve de cada diez psicólogos.
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