lunes, 7 de mayo de 2012

HURGANDO ES GERUNDIO (Segunda parte)


- Me parece que lo conozco – dijo Manzano inclinándose levemente sobre el paciente.-¿ No es tu tío Jacinto, ese de Móstoles...el que tenía una pajarería?
-Que va a ser mi tío Jacinto...lo habría reconocido yo antes, para algo es hermano de mi padre.
-Bueno, pues si no es mejor, faenamos más tranquilos.
-Francamente.

Ambos hombres, formados y experimentados, dieron comienzo a la intervención, justo a las seis y cinco, esperando unos treinta y cinco segundos a que el palito grande se escondiera tras el pequeñito: en parte superstición, en parte momento que les hacía bastante gracia a ambos. Revolvieron el material quirúrgico hasta tenerlo como ellos acostumbraban. Mangas por hombro.

Tras la pregunta de rigor al paciente de “¿está usted dormido o se lo hace?” y constatando que el susodicho seguía muy pendiente de algo que no recordaba, dieron comienzo al corte y confección. Una rutinaria intervención de sincalopotromía múltiple invertida con doble zigzag paralelo. Tras el rutinario primer corte sobrevino el primer mareo por parte de un enfermero, suizo y pelirrojo para más señas, que fue llevado a la cafetería a tomarse un bollo suizo, al que su estómago estaba más acostumbrado. Una vez abierto el capó del anestesiado, el quirófano asistió al milagro de la vida.

Todo un milagro que un señor ande con esas cosas viscosas metidas dentro. Y a presión.

Manzano apartó un trozo de algo, dejando al descubierto un algo más oscuro, mirando con preocupación a su colega de bisturí.

-Fíjate aquí, ¡vaya chapuza le han hecho a este caballero!
-Si es que ya no hay profesionales.
-A saber quién se lo habrá hecho.
-Pues Dios...vamos, digo yo.
-O Darwin...
-¿Darwin hizo a este señor?
-No, me refiero a eso de los monos, que venimos de ellos y eso.
-¡Vamos, que te vas a creer antes las afirmaciones lanzadas al vacío por un señor mayor antes de creer en la santísima trinidad y demás vericuetos! – protestó al estilo energúmeno Gutierres, realizando aspavientos con el bisturí del quince, movimientos estrechamente vigilados por los presentes.
-Hombre...cada uno en su casa...pues tiende a creer lo más cómodo.
-Venga hombre, que eres científico, un poquito de rigor religioso. –pronunció amigablemente palmeándole un hombro.
-Ahí me has dado. Sea lo que sea, una chapuza.
-¡Ojalá tenga aún la factura!

A servidor le gustaría indicarles como transcurrió la intervención, explicarles con rigor los pormenores de la operación, el porqué de cada cosa, los momentos extremos, como cuando el poli de turno salva el colegio cortando el cable correcto de la bomba y las implicaciones psicológicas de una gente preparada para devolverte de los umbrales del hades.

Pero no voy a poder, no tengo ni idea de medicina. Y lo que veo por la tele no se me queda...menos si son palabros técnicos.

De tal modo que Manzano y Gutierres cortaron, apartaron cosas, empujaron otras y devolvieron a su sitio algunos tejidos que no habrían tenido que cortar silbando “el puente sobre el río Kwai”. El origen de los males de ese señor estaba ante ellos: bajo el subcroaxial y escondido tras el carancambalo ( pronunciado carancámbalo según algunas corrientes alternas de pensamiento ).

El mal humor del paciente los miraba resabiado, seguro de que le esperaba una mudanza a un tarro de formol para pasar el resto de sus días en el mueblecito del baño del paciente, delante de los bastones del oído. Intentó aferrarse con tenacidad, revolverse, ocultarse tras una costilla, pero fue en vano. Con unas pinzas curvadas como el pico de una grulla salió a la superficie. Eso sí, se quedó afónico insultando. Tanto que una de las enfermeras tuvo un ataque de vergüenza y hubo de ser atendida allí mismo con un frasquito de sales.

Tras coser, rematando el zurcido al biés con la fecha y firma de los integrantes de la cuadrilla médica, gran parte de ellos irrumpió en un aplauso sincero, desmascarándose y usando el artículo de tela como improvisado pañuelo pidiendo trofeos para los diestros ( siendo uno de ellos zurdo ). Manzano y Gutierres declinaron el ofrecimiento con convicción, emoción y asco a partes iguales, pero no se libraron de salir del hospital a hombros.

Tampoco se libraron de darse en la frente con una puerta no pensada para que la traspasaran dos hombres a llevados a caballito.

A un eficiente diseñador sueco nunca le habría pasado. Menudos son los suecos para las puertas de quirófanos.

martes, 1 de mayo de 2012

HURGANDO QUE ES GERUNDIO. (Primera parte)

Se paseaba lángidamente delante de la puerta para personal. Miraba su cigarro como si se lo acabaran de presentar y maldecía la señalita de poliestiruporeno de “prohibido fumar”. Al menos no estaba prohibido charlar con el tabaco, ya era algo. Gutierres llegó a la carrera, intentando que sus pulmones no le salieran de dentro y llegaran antes a la linea de meta.

 -Arf arf...
-Anda que...un día de estos no llegas.
-No....asf...un día de estos ni salgo de casa...total para estas prisas...
-Será que no te he dicho que no vengas más de una vez.
-Ya...¿y qué hago yo en casa a estas horas de la mañana?
-No, eso sí. -¿Para hoy? –dijo bajito intentando no hipotecar el resuello.
-Nada...cortar, hurgar, coser y a otra cosa.
-Pues ya tardamos.

Sendos cirujanos empujaron, no sin esfuerzo, la pesada puerta de láminas de madera, accediendo al pasillo de personal. Saludaron a enfermeras, asistentes, limpiadoras y al extintor no necesariamente por ese orden. Se enfundaron en sus trajes de faena, prácticamente plastificándose para protejerse de bacilos, virus, manchas y demás agresiones a la limpieza de las prendas en lo que debería ser un sitio impoluto. Gutierres ya salía tan campante empujando la puerta del vestuario con la cadera, acordándose de aquellos pasos de la conga bailada en la boda de un primo suyo...o de su mujer, tampoco estaba muy seguro. Manzano llamó su atención carraspeando.
-Anda, ven aquí.
-Venga hombre, vamos a la faena...
-¿Te tendrás que lavar las manitas?, vamos, digo yo...y la OMS.
-Ya estamos...¡que escrupuloso caramba!. ¡Si he venido en el coche y llevo sin tocar nada desde que llegué! -Anda Gutierres...
-¡Pero si he abierto la puerta con el culo incluso!, ¿no me has visto?
-Aaanda –suplicó utilizando el mismo tono usado con el cobrador del gas ciudad y sus sempiternos recibitos atrasados.
-Es que me las lavo aquí, luego llego a casa y Ofelia también se pone de un pesadito con la limpieza...anda, sea...con tal de no escucharos a los dos.
-Si es por tu bien.
-Pues mejor sería lavárselas al final ¿no? –dijo poniéndose en jarras – con lo que se ensucia uno.
-Y ahora también. Venga, ¿qué te cuesta?, si el jabón te sale gratis...un par de frotaditas.

Gutierres se enjuagó someramente ambas manos, dualidad que era un logro, mirando hacia atrás sobre su hombro y resoplando cuando Manzano le obligó a seguir por encima de las muñecas. El desinfectado se dirigió al quirófano refunfuñando y llenando el suelo con el resto de la poquita agua que había cubierto sus extremidades superiores. Entraron al unísono abriendo las puertas de metal, con reminiscencia de barco por los ojos de buey, empujando con la espalda, consiguiendo con ello una semicoreografía, envidia de la planta quinta. Ambos saludaron a los presentes con un leve aumento de grados en su inclinación craneal y un alzamiento de cejas. Igualmente lo hicieron con el enfermo en cuestión, reacio a contestarle ya que la anestesia lo tenía bastante concentrado en sus cosas.

(concluirá)

jueves, 26 de enero de 2012

PARA NO ESCUCHARTE MÁS.

Un teléfono móvil se arrastra con la barriga por una mesa como queriendo partir en busca de aventuras. Para animarse entona una cumbia digital, porque el teléfono de pequeñito quería ser acordeón. Un hombre entra en la sala dando pasitos de baile frotando contra el costado un brazo encogido mientras lo menea delante y detrás al ritmo de su teléfono. Aquí el narrador hace el petate y deja que el diálogo fluya.

- ¿Sí? Aló.
- Buenas tardes, ¿hablo con el señor Potrillez?
- Ese soy yo, ¿qué se le ofrece?
- Le llamo de la compañía telefónica Troquitrás, con la que usted tiene contratada la línea.
- ¡Y bien contento que estoy oiga! Que más de una vez he comentado con mis conocidos las ganas que me dan de pedirme otra línea, aunque sea por gastar.
- No es necesario que disimule conmigo.

El narrador ya estaba en la puerta, pero se ha dado cuenta que habría que narrar ese ambiente espesado con silencio que se produce a continuación.

- No le entiendo.
- Pues debería. Vamos a terminar pronto, porque estoy a punto de encenderme y al no poder llegar a las manos vamos a llegar a los insultos, y no quisiera.
- ¿Qué ocurre? ¿Qué broma es esta?
- Voy a leerlo, lo tengo aquí escrito. Me lo he preparado, porque me veía venir esta situación...tengo un nudo en el alma que a ver...Troquitrás Telefonía, a través de su agente, que soy yo, le comunica mediante las consiguientes palabras la intención de la compañía de cortar unilateralmente el contrato, en virtud de las leyes vigentes, nada más den las ocho, que casi son ya. Porque el señorito venía bailando la cumbia, ¡o lo que él dice que es cumbia!

Potrillez mira su teléfono como si se lo hubiera cogido prestado a alguien en el metro y no entendiera ni media sílaba. Es ligeramente consciente de que puede que le estén observando, aunque él es mucho de cumbia y bien lo podrían haber adivinado.

- Me temo que no le entiendo.
- Mire, hasta aquí llega el escrito y a partir de ahora le hablo como humano. En la centralita estamos asqueados, sí señor, verdaderamente asqueados de lo que hemos oído soltar por esa boca desenfrenada a través de nuestras líneas. ¡Por favor! Los cables pasan bajo colegios, parques y hospitales, ¡imagine que cualquier niño hubiera pegando la oreja a los conductos y hubiera oído la sarta de sandeces que usted suelta!
- Pero oiga, ¿qué atropello es este? Está vulnerando usted a manos llenas mi derecho a la intimidad.
- Responda usted por sus palabras amigo. Que ya son siete bajas de empleados en la central, los ha deprimido uno tras otro. Tengo a una compañera que ahora derrama lágrimas por las esquinas. Le vamos a dar la patada a usted y punto.
- ¿Pero qué habré dicho yo que pudiera...?

Al titular de la línea el rostro le muta en rasgos munchianos en menos de lo que se suena la nariz un alergólogo chiflado. Balbucea, inclina hacia atrás los ojos buscándose una cosa en la cabeza y la encuentra. La retira y encuentra otras muchas. En realidad el narrador ya se iba, pero ya se va a quedar para ver el final de la historia.

- ¿Es por aquello que le dije a mi amigo Santipetri de lo que pensaba de los negritos?
- Diga usted africanos. O del Congo. O de Chad, o guineano. Que usted a un alemán no le dice blanquito...¡aunque vaya a saber, porque vaya boca que nos gastamos!
- ¿Es eso más grave que espiar mis conversaciones?
- No tiremos de demagogia, que de ese juego tenemos todos barajas en casa. Usted ha soltado cada argumento reprochable de pobres, ancianos, jóvenes, amas de casa...Tenemos aquí una conversación suya de una tarde después del almuerzo con su amigo Santipetri...que ese es otro...Vamos, después de esa conversación tuvimos que cerrar la centralita en señal de luto.
- ¡Me quejaré a consumidores y usuarios!
- ¡Usted dice cosas que no se deberían ni pensar en silencio!
- ¡Censores, espías!
- ¡Mala persona!

Resopla Potrillez con ansias de morder el teléfono. El aparato, incómodo, ha pasado de la alegría colombiana a una situación muy incómoda que le provoca un incipiente ataque de ansiedad.

- Guardaré la compostura. Ante todo, profesionalidad.
- Una vergüenza, en mi propia casa. Así sin verse las caras qué fácil es.
- Ya va enseñando usted la cara.
- Pues sí, chalao del quince sí. Mis ideas son mías y usted no tiene por qué oirlas
- Ni ganas que tengo.
- Calladito, que ya has hablado bastante.
- Suyas dice que son las ideas, las habrá ido recogiendo de la calle.
- Ale, que son las ocho, corta la línea ya operario.
- Sí señor, bien a gusto que me voy a quedar.
- ¡Subalterno, mandao! A ver si la vas a cortar tú sólo, si quieres dejo la línea libre para que llames a tu madre o a tu tía Jacinta.
- Esto no es nese...necesario.
- No te oigo de cortar con tijeras.
- No se hace así.
- Además, mentira podrída lo de sacarme otra línea con esta compañía. Si tiene empleados como tú no quiero tocarla ni con un palo.


Sollozos al otro lado de la línea. Me salto la imparcialidad de narrador, la tercera puerta y la cuarta pared. Vaya un tipo.

- Venga, a llorarle al jefe. Ya está, ya no pita. No tengo línea. ¡Uy que he vuelto de golpe a la edad de piedra! Madre mía, que me han puesto la mordaza...Ya ves tú. A uno les pagan por decir lo que yo repito y a mí...claro, adelantarse a tu propio tiempo está mal visto.


El mequetrefe deja caer el teléfono que ya no quiere ser acordeón y abandona la habitación con el paso torcido, despeinado y dejando tras de sí una estela de olor corporal que...

- Cuidadito narrador, que te estoy oyendo.

Sí señor, usted perdone. Vaya humos.

- ¿Dónde te escondes gallinita?


Tengo el coche en doble fila. Fin. The End. Koniec.

miércoles, 14 de diciembre de 2011

CON LA VERDAD SE VA A TODAS PARTES.

A Julito siempre le ha perdido la sinceridad. Su camino vital está plagado de cambios de sentido impuestos por una pulcra observancia del término verdad con todas las letras. Julito es muy noble, tanto que en tiempos de caballería, honor y caries lo habrían hecho desaparecer por fastidiarle la media a los caballeros vecinos de castillo.

Julito está mal puesto en el tiempo, porque el afán de actuar según lo correcto agobia un montón a semejantes y parecidos. Siempre se puede pensar uno que está maquinando un plan futuro para hacer la puñeta en un radio de dos habitaciones.

Además escogió un mal negocio. Anuncia cosas. Quizás en un arranque de querer cambiar el eje del mundo se subió al tiovivo de la publicidad. La profesión es amplia y no es lo mismo quien esparce las piezas sobre un papel y crea un anuncio como el que baja a la huerta de las ideas a recolectar lemas frescos. Pero al fin y al cabo todos ejecutan el mismo número. Julito es eficaz, una pieza engrasada, infatigable y de confianza. Pero no sabe bailar al son de la trompeta con sordina de la mentira. Y así, cuando hace unos días, le encargaron anunciar unos tapones de rosca, actuó en conciencia.

Nadie esperaba que se saliera del guión. En ese mundo particular plagado de círculos de plástico hay poco espacio para maniobrar mal con las palabras. Nadie concibe un mundo sin tapón en el fondo del mar, así que es un objeto que se vende solo.

Una tarea tan asequible que al bueno de Julito le dejó mucho tiempo para pensar.

Quedarse delante de un examen acabado repasando las respuestas es mal asunto ahora y ya lo era cuando se copiaban al natural bisontes al fondo de cuevas. Tapones Anoillo son muy buenos, ¡y qué colores! Unas roscas a prueba de impacto de meteoritos y con una noble familia unida tirando de palancas para llenar camiones de esos punto y final de las botellas.

Una pena que su cliente fuera Tapones Taponatto.

Nadie revisó el material antes de anunciarse en prensa. Las prisas, zalameras, musitan al oído que los arreglos ya vienen hechos. Así las mentes que rellenan seis departamentos de dos divisiones distintas fueron empujando la campaña por todo el proceso sin fijarse más allá de un inapropiado y leve matiz azul en ciertas partes del anuncio.

¿Quién iba a imaginar que Tapones Taponatto recomendara Tapones Anoillo a página completa en el ejemplar del domingo de uno de esos periódicos que en la mañana del lunes todo el mundo dice haber leído?

Los gritos estuvieron de más, porque la patada ya estaba dada. La del cliente a la compañía de publicidad y esta, por transmisión de fuerzas, a Julito.

Ahora Julito espera en esa marabunta humana enclaustrada frente a mostradores de falsa madera en espera de una oferta de trabajo. Está tranquilo, hizo lo que debía. Tapones Anoillo son mejores, no podía mentir a página completa. Un timbre lo saca de su satisfacción por los caminos tomados y es requerido a una de las mesas. Allí, para su propia sorpresa, le espera un puesto muy similar. Es suyo si lo quiere.

Recuerda haber oído hablar por teléfono al siguiente elemento en la cola de la oficina de empleo. ¡Qué verbo! Una seguridad que habría aplaudido de no ser porque, además de sincero, es tímido patológico. Pide que se acerque el empleado, porque las cosas importantes de la vida siempre se dicen en susurros.

-¿Ve aquél chico de barba en la cola? Ese se merece el puesto más que yo.

sábado, 3 de diciembre de 2011

EL HOMBRE AL QUE LE CAMBIARON LA EDAD.

Caminaba en esa ocasión junto a un precioso descampado dispuesto junto a otros similares para hacer cadena y no dejar escapar la ciudad de sus límites. No recuerdo si iba en busca del autobús o si huía de él, pero caminaba con paso firme por ese lugar remoto y casi imaginado cuando una figura sentada obstaculizó el correcto trazado de las tapias bajas entre matojos amarillos y aceras grises.
Por su adecuada postura y su vestimenta deduje con pericia que se trataba de alguien mayor. Apoyaba ambas manos sobre el puño de un bastón clavado en el suelo y sobre toda la construcción descansaba su barbilla. Fui acercando mi cuerpo entero al lugar, porque desde hace mucho mis ojos no son capaces de enfocar a tanta distancia, necesitando algo de ayuda. Por un momento fue un anciano de postal, el jubilado perfecto, de catálogo. Pero al siguiente debió caerse una tramoya y dejó una tela pintada al descubierto cuando aún no le tocaba.

En definitiva, allí fallaba algo.

Seguía enfocando a aquel señor a base de acercarme. Yo quería esa piel cuando tuviese esa edad. Incluso la querría ahora. Pensé que aún no le habían practicado las arrugas a la figura y durante todo el trayecto, no soy precisamente rápido, su postura había permanecido inamovible. Permanecía mirando al frente, hacia unas casas bajas abrazadas a un árbol viejo en un patio cuajado de puertas donde parecía turnarse el inquilino a cada rato o estar comunicadas por dentro todas las viviendas. Algo se me escapaba, tanto del punto de su inquebrantable atención como de su aspecto.

Dos pasos normales y corrientes nos separaban. Mis ojos ya eran algo más efectivos. Aquel señor no era tan mayor. Casi no podía llamársele señor. La piel sobre los pómulos estaba alisada a conciencia y sus ojos no estaban perseguidos por los arañazos de las patas de un gallo. Ni sus manos, de uñas parejas, eran las de un anciano. Pese a todo la rebeca, la gorra calada y el bastón me llevaban la contraria. Seguía esperando verlas venir sin dejar que la columna de madera, carne y hueso se moviera.
En ese punto se disgrega la historia. Una versión me ve pasar de largo, como nos han enseñado a casi todos, sin mirar atrás. Cada uno a su asunto, cada uno sabrá. Esta historia, de por sí disuelta, acabada así no serviría ni para comentarla en un consultorio por rellenar el tiempo. Le gustará más la otra versión. Aunque le guste poco.

Me detuve ante él, haciendo inútil la visera de su gorra aplastada con mi sombra. Ni apartarle de los acogedores rayos solares clavándolos en mi espalda le turbó. Le dí las buenas tardes; pese a pasear por las afueras de la ciudad, los alrededores casi parecen adoptados por las costumbres de pueblo, y no se ve mal el saludo a destiempo a presuntos desconocidos. Giró sus ojos brillantes pero cansados y con todos sus dientes respondió los mismos deseos de bonanza para el resto del día. Le pregunté por el tiempo, afortunadamente es una materia que puede implicar en la misma conversación a un rico hacendado, un puericultor, una abogada y un señor que nunca se ha bañado en la playa. En su opinión el calor apretaba incluso a esa hora. De manera poco apropiada le pregunté por el objeto de su atención. Yo miro al frente, me dijo, y las casas están ahí porque están y si no estuvieran, seguiría mirando al frente.

Me caló el brote filosófico; añadiéndolo a su pose, su energía arrastrada y su indumentaria redondeaba una edad que negaban mis ojos. Como es un relato, le mentiré diciéndole que le pregunté por la edad. Mucha, me contestó, ¿no me ve? Y hube de ser sincero y no atribuirle una docena de años más que yo. Deseó que fuera cierto bromeando sobre el año impreso en su carnet. Puse en duda lo infalible de la autoridad, actitud esta sólo indicada en casos claros como aquel y no recomendable en modo alguno como modo de vida. No concebía tal error en un documento oficial. Las arrugas seguían sin aparecer bajo la gorra. Me encontré insistiendo en una fecha desconocida, renegando de lo oportuno de pedir cita en un oftalmólogo. Se levantó del remedo de banco con la fuerza de cualquiera a mitad de mañana cuando ha desayunado por segunda vez. No participaba yo a aquellas alturas del diálogo indirecto, llevando el señor por entero el peso de la discusión sin lograr ponerse de acuerdo entre las dos opciones. Pero debió verse con arranque en un momento dado. Me cogió por los hombros a punto de darme una noticia tremenda.

Me dio la razón. Se quitó un par de décadas de encima. Se palpó la cara a falta de espejo próximo y arrojó el bastón al sembrado pajizo con la esperanza de verlo echar raíces. Se marchó desabrochándose la rebeca y tocando a una papelera con la aplastada gorra.

Ese día le quité a un hombre el título de señor por un buen motivo y le regalé una prórroga de dos tiempos y penaltis.

Y eso a ciertas edades es bastante.