Don Luís, habiendo ganado el título de Don en una tómbola de las fiestas de su localidad natal, se empeñó en andar hacia atrás cierto lunes al romper a hervir el alba. Marcha atrás caminó hasta la panadería, marcha atrás se llevó sus dos piezas de pan, y marcha atrás trastabilló con el escalón del establecimiento. Dicho traspiés, nunca mejor dicho, no le hizo cejar en su empeño.
En los días posteriores los vecinos asistieron, incrédulos unos y en platea otros, al espectáculo. Don Luís, a la sazón tipo serio, conservador en el voto y de costumbres moralmente aseadas, subía la calle principal taconeando, eso sí, sin dejar de saludar a contertulios y parroquianos.
Pasaron un par de años siguiendo Don Luís en sus catorce. Más de dos se habían aburrido de la novedad, pero nuestro amable vecino no se comportaba de aquella manera por llamar la atención: simplemente, le dio por ahí.
Cierto marzo ventoso, abril lluvioso, seguido de mayo florido y hermoso, quiso el destino, las circunstancias y el paralelo treinta y seis que Don Luís, en su retroceder continuo, se cruzara con un asiduo de la taberna “Machaquito”, a dos manzanas de su residencia habitual. Viéndolo de tal guisa y con el extraño caminar, le soltó lo de “¡haga el favor de andar usted bien, merluzo!”. Don Luís, asistiendo a la profusidad capilar del inmenso torso marinero del interlocutor, sus anchos antebrazos, sus tatuajes carcelarios y los vapores de alcohol que rodeaban la fortaleza de su mollera, se achantó un tanto, dio un par de pasitos y dobló la esquina.
Fuera de su ángulo de visión, Don Luís expulsó el aire acumulado al ahorrarse respirar unos quince segundos, se planchó manualmente la camisa y siguió su camino.
Andando lateralmente siguió camino a casa. Temía una paliza y cambió su hábito...a medias. A cabezón no le ganaba nadie.
jueves, 7 de mayo de 2009
viernes, 24 de abril de 2009
FLEMA VERSUS TEOREMA.
Removía el té sulfuroso con una cucharilla al uso. Ondas sinérgicas se apelotonaban entre las paredes de la taza. Concentraba su atención en el bebedizo, sabedor de que, si levantaba la cabeza, se vería obligado a preguntar.
La carrera por acabar primero la ganó su paciencia frente al terrón de azúcar sin necesidad de recurrir a la foto-finish. Ligeramente nervioso, y esquivando cierto punto de la habitación, se dirigió a su anfitrión.
-Señor Shepard...
-Dígame joven.
-Creo estar en la obligación de comunicarle algo.
-¿De interés?
-Sin duda.
-Proceda.
-Creo que ha escapado a su atención, pero tiene usted un elefante en el salón.
El paquidermo, sabiéndose protagonista del diálogo, apoyó la moción estrellando contra el suelo un jarrón al girarse. Eso sí, de manera fortuita. El señor Shepard, en equipación de señor muy rico ( a saber, batín, babuchas, puntitas de pañuelo en el pecho y cigarro con filtro ) garabateó una sonrisa.
-Amigo, debe usted estar bromeando.
-En absoluto mi querido colega. Un elefante, no cabe duda.
-Es una afirmación arriesgada.
-Y peliaguda, pero al tenerlo frente a frente es difícil errar.
-Más, creo, es una tesis a la ligera, a destiempo y basada en indicios.- remató la frase apartándose la trompa gris de la frente.
-Indicios fehacientes, si me permite.
-Meros indicios al fin y al cabo.
El mayordomo, en el más absoluto y hermético silencio, vislumbraba la escena a través de la rendija de la puerta del salón. Blanco marfil, a juego con las protuberancias del invitado de lujo, asistía incrédulo.
-Le ruego discúlpeme si mi aseveración le ha parecido inoportuna.
-No tiene porqué disculparse amigo. “Errare est humanum”.
-Aunque me reafirmo en mi postura.
-Va a propiciar usted con su actitud que gire mi cuello para constatar la veracidad del asunto.
-Tampoco querría yo causar molestias a mi amable anfitrión.
-Pues no me de motivos. Fin del asunto. Bébase su infusión.
Avergonzado, probó un sorbo del contenido de la taza.
-¿Qué le parece mi te?
-Sabe a perros, señor Shepard.
-Mas es el mejor sabor a perros de la India.
-Eso no se lo discuto.
El elefante, al oír la nación mencionada se inquietó un tanto por su patria y descolgó un par de cuadros. Shepard sabía que si seguía armando follón, al final tendría que retractarse de su negativa.
Tras el sillón le hacía señas manuales para apaciguarlo, inútiles visto lo visto.
La carrera por acabar primero la ganó su paciencia frente al terrón de azúcar sin necesidad de recurrir a la foto-finish. Ligeramente nervioso, y esquivando cierto punto de la habitación, se dirigió a su anfitrión.
-Señor Shepard...
-Dígame joven.
-Creo estar en la obligación de comunicarle algo.
-¿De interés?
-Sin duda.
-Proceda.
-Creo que ha escapado a su atención, pero tiene usted un elefante en el salón.
El paquidermo, sabiéndose protagonista del diálogo, apoyó la moción estrellando contra el suelo un jarrón al girarse. Eso sí, de manera fortuita. El señor Shepard, en equipación de señor muy rico ( a saber, batín, babuchas, puntitas de pañuelo en el pecho y cigarro con filtro ) garabateó una sonrisa.
-Amigo, debe usted estar bromeando.
-En absoluto mi querido colega. Un elefante, no cabe duda.
-Es una afirmación arriesgada.
-Y peliaguda, pero al tenerlo frente a frente es difícil errar.
-Más, creo, es una tesis a la ligera, a destiempo y basada en indicios.- remató la frase apartándose la trompa gris de la frente.
-Indicios fehacientes, si me permite.
-Meros indicios al fin y al cabo.
El mayordomo, en el más absoluto y hermético silencio, vislumbraba la escena a través de la rendija de la puerta del salón. Blanco marfil, a juego con las protuberancias del invitado de lujo, asistía incrédulo.
-Le ruego discúlpeme si mi aseveración le ha parecido inoportuna.
-No tiene porqué disculparse amigo. “Errare est humanum”.
-Aunque me reafirmo en mi postura.
-Va a propiciar usted con su actitud que gire mi cuello para constatar la veracidad del asunto.
-Tampoco querría yo causar molestias a mi amable anfitrión.
-Pues no me de motivos. Fin del asunto. Bébase su infusión.
Avergonzado, probó un sorbo del contenido de la taza.
-¿Qué le parece mi te?
-Sabe a perros, señor Shepard.
-Mas es el mejor sabor a perros de la India.
-Eso no se lo discuto.
El elefante, al oír la nación mencionada se inquietó un tanto por su patria y descolgó un par de cuadros. Shepard sabía que si seguía armando follón, al final tendría que retractarse de su negativa.
Tras el sillón le hacía señas manuales para apaciguarlo, inútiles visto lo visto.
jueves, 16 de abril de 2009
LOS MALOS.
Simonson, en honor a la añeja costumbre, maltrató la puerta del despacho golpeándola con los desnudos nudillos. Educación frente a bienestar de la madera. Una voz achacosa le concedió la venia, introduciéndose el sujeto militar al cubículo de su superior.
-Buenas noches señor.
-Descanse soldado, ¿qué quería?
-Me preguntaba algo señor...¿nosotros somos los buenos?
-En un término maniqueista sí.
-Ajam.
-Pero claro, siempre desde nuestro punto de vista.
-Claro claro.
-¿Y para eso se presenta en pijama de dormir en mi despacho a estas horas?
-La pregunta turbaba mi sueño. Mire, que si llegamos a ser los malos después de tanto tiempo.
-Quite quite, nos lo habrían dicho.
-Visto así, pues sí.
-Ande, vuelva a su camastro.
Simonson se enfundó en la litera. Aún con la respuesta del coronel, mientras los párpados aguantaron, estuvo vigilando a sus compañeros de dormitorio. Por si los malos.
-Buenas noches señor.
-Descanse soldado, ¿qué quería?
-Me preguntaba algo señor...¿nosotros somos los buenos?
-En un término maniqueista sí.
-Ajam.
-Pero claro, siempre desde nuestro punto de vista.
-Claro claro.
-¿Y para eso se presenta en pijama de dormir en mi despacho a estas horas?
-La pregunta turbaba mi sueño. Mire, que si llegamos a ser los malos después de tanto tiempo.
-Quite quite, nos lo habrían dicho.
-Visto así, pues sí.
-Ande, vuelva a su camastro.
Simonson se enfundó en la litera. Aún con la respuesta del coronel, mientras los párpados aguantaron, estuvo vigilando a sus compañeros de dormitorio. Por si los malos.
lunes, 30 de marzo de 2009
BACK TO THE GUATEQUE ( Y 2 )
En el capítulo anterior...
Me acerqué a la mesa de viandas, sobre la que descansaba un estupendo refrigerio. Me decanté por un cocktail ( cotel ) de gambas. Debido a la época y los aprietos económicos, amen de que al señor mandamás con gafas de sol no le hacían gracia, y como no le hacían tilín, no había gambas para nadie, al cocktail ( cotel ) de gambas le faltaba el apellido. Y la fórmula, mire usted, no funciona con cacahuetes ( veáse Alcahueses ).
Un señor en el estanco ya me dijo que hacía mal no aprovechando estos viajes involuntarios para aprender cosas. Y razón tenía, pero inmerso yo en la experiencia lo último a considerar es ilustrarse. Además, no tengo por costumbre echar cuentas al primero con el que cruzo un parlamento en un estanco. Intenté mezclarme con el personal, atendiendo a sus cuchicheos sobre el gasto de gasolina de un 600 ( “con media jarra llego yo a Fernando Po, de verdad se lo digo” ), las últimas novedades de Galas del Sábado, y los últimos comunistas vistos por los alrededores del país, gente por lo oído, de mal vivir, maleantes, vagos y con ideas aberrantes. Saqué la conclusión de que debían ser distintos a los comunistas de hoy en día...los pobres andan algo escasos de...de todo.
Mi error, admitido queda, fue entrar al trapo y discutir sobre el Señor del Pardo. Yo, conociendo su vida y milagros por unos señores entendidos aparecidos en televisión en documentales a los que yo, en mi tiempo ( y el suyo de usted ) asistía con sopor, por obligación contractual o por falta de pilas en el mando a distancia, me lancé a la piscina de la opinión desde el tercer trampolín, efectuando doble tirabuzón argumental. Sus caras lo dijeron casi todo.
El resto salió por sus boquitas.
¡A deleite estaban ellos!, a tutiplén...eran ciudadanos decentes sin encontronazos con la justicia...yo debía ser uno de esos revolucionarios malinchistas...intentando inocular idearios en una ciudadanía decente...Decentes, decentes, no se cansaban de repetirlo, aunque los sobeteos de refajo a los que asistí de reojo antes de la discusión haría enrojecer a un parroquiano-tipo de discoteca chumba-chumba contemporáneo. No quise entrar en discusiones.
Las balas entonces estaban baratas.
El hipo vino al rescate. La experiencia terminaba. Me excusé, dirigí mis pasos al baño ( con mis ideas y desapareciendo en mitad del guateque habría causado más de una acusación por brujería, merecida por otro lado ), mientras me despedía de las cortinas de cretona, lo que más añoraría en el futuro. Tras dos “hipidos” y un golpe en la espinilla con la bañera, me recoloqué en casa. Todo estaba en su sitio. Mis acciones y/u omisiones en el pasado no habían alterado el presente...al menos en principio...o por lo menos no en algo que se notara demasiado.
Me disculpo si le he aburrido. Son anécdotas que bien es cierto, sacadas a pasear fuera de congregaciones meramente familiares pueden inducir a la vuelta a casa o la visita al bar más cercano. Lo contado tampoco es representativo del riesgo, la emoción y la incertidumbre producida por hacer excursiones en el tiempo.
Otro día les contaré como NO tuve que ver en la extinción de los dinosaurios. Cuento con un acta notarial que da fe de la veracidad del asunto.
Sí, me encontré con un notario en el jurásico...cosas más raras he visto...un par o dos.
Me acerqué a la mesa de viandas, sobre la que descansaba un estupendo refrigerio. Me decanté por un cocktail ( cotel ) de gambas. Debido a la época y los aprietos económicos, amen de que al señor mandamás con gafas de sol no le hacían gracia, y como no le hacían tilín, no había gambas para nadie, al cocktail ( cotel ) de gambas le faltaba el apellido. Y la fórmula, mire usted, no funciona con cacahuetes ( veáse Alcahueses ).
Un señor en el estanco ya me dijo que hacía mal no aprovechando estos viajes involuntarios para aprender cosas. Y razón tenía, pero inmerso yo en la experiencia lo último a considerar es ilustrarse. Además, no tengo por costumbre echar cuentas al primero con el que cruzo un parlamento en un estanco. Intenté mezclarme con el personal, atendiendo a sus cuchicheos sobre el gasto de gasolina de un 600 ( “con media jarra llego yo a Fernando Po, de verdad se lo digo” ), las últimas novedades de Galas del Sábado, y los últimos comunistas vistos por los alrededores del país, gente por lo oído, de mal vivir, maleantes, vagos y con ideas aberrantes. Saqué la conclusión de que debían ser distintos a los comunistas de hoy en día...los pobres andan algo escasos de...de todo.
Mi error, admitido queda, fue entrar al trapo y discutir sobre el Señor del Pardo. Yo, conociendo su vida y milagros por unos señores entendidos aparecidos en televisión en documentales a los que yo, en mi tiempo ( y el suyo de usted ) asistía con sopor, por obligación contractual o por falta de pilas en el mando a distancia, me lancé a la piscina de la opinión desde el tercer trampolín, efectuando doble tirabuzón argumental. Sus caras lo dijeron casi todo.
El resto salió por sus boquitas.
¡A deleite estaban ellos!, a tutiplén...eran ciudadanos decentes sin encontronazos con la justicia...yo debía ser uno de esos revolucionarios malinchistas...intentando inocular idearios en una ciudadanía decente...Decentes, decentes, no se cansaban de repetirlo, aunque los sobeteos de refajo a los que asistí de reojo antes de la discusión haría enrojecer a un parroquiano-tipo de discoteca chumba-chumba contemporáneo. No quise entrar en discusiones.
Las balas entonces estaban baratas.
El hipo vino al rescate. La experiencia terminaba. Me excusé, dirigí mis pasos al baño ( con mis ideas y desapareciendo en mitad del guateque habría causado más de una acusación por brujería, merecida por otro lado ), mientras me despedía de las cortinas de cretona, lo que más añoraría en el futuro. Tras dos “hipidos” y un golpe en la espinilla con la bañera, me recoloqué en casa. Todo estaba en su sitio. Mis acciones y/u omisiones en el pasado no habían alterado el presente...al menos en principio...o por lo menos no en algo que se notara demasiado.
Me disculpo si le he aburrido. Son anécdotas que bien es cierto, sacadas a pasear fuera de congregaciones meramente familiares pueden inducir a la vuelta a casa o la visita al bar más cercano. Lo contado tampoco es representativo del riesgo, la emoción y la incertidumbre producida por hacer excursiones en el tiempo.
Otro día les contaré como NO tuve que ver en la extinción de los dinosaurios. Cuento con un acta notarial que da fe de la veracidad del asunto.
Sí, me encontré con un notario en el jurásico...cosas más raras he visto...un par o dos.
lunes, 9 de marzo de 2009
BACK TO THE GUATEQUE. ( PARTE 1 )
En mis continuas idas y venidas en el continuo espacio tiempo se han dado cita algunas anécdotas: unas son aburridas incluso para mí y no sirven más que para espantar visitas molestas a horas de enfundarse el colchón. Otras, sin encambio, pueden resultar, cuando menos, divertidas, reveladoras o meramente didácticas. Huyendo de este último término, pues es usted ya mayorcito para seguir aprendiendo cosas, optaremos por una que...¡oh!, esperen, recuerdos jocosos se abren paso a codazos por mi cortex cerebral. Verán...
Fue uno de esos ataques de hipo involuntario, señal inequívoca de la destabilización del flujo temporal en torno a mi persona. Sin saber a ciencia cierta el año de destino de mi salto temporal, opté por, en cuestión de segundos, engalanarme con un conjunto de prendas neutras, de esas que nunca pasan de moda, al menos desde mi sentido de la estética. Recién embutido en un pantalón de pata de elefante, encamisado con chorreras, chaquetilla cuadriculada a la espiguilla con coderas de polipiel y zapatos bonitos, de esos de salir, una música empezó a inundar mis sentidos...y por muchas válvulas de escape que abrí, no tenía escapatoria.
Es frecuente en esta sintomatología el aparecer en lugares apartados del paso, ahorrando el disloque del personal al ver aparecer a un semejante ante sí, influenciado como está todo quisque por esas series de televisión de casos extraños...ya ven ustedes, extraterrestres...como si eso fuera posible. Al grano. Aparecí en una cocina de teca con su hornilla, su horno, su calentador de gas y todas las comodidades. La estructura metálica de las sillas, la capa plástica sobre el suelo y una licuadora me hicieron datar la nueva época como de finales de los 60. El calendario de pared me dio la razón.
Asomé la nariz por la puerta abatible: una animada fiesta tenía lugar en el coqueto salón. El aforo sobrepasaba claramente las posibilidades de la modesta vivienda, es por ello que una señora con pinta de marquesa y rebequita de punto consumiera su armagnac subida al poto decorativo junto a las cortinas. Parecía no importarle. Parecía no ser su primera copa de la noche. Ni la quinta.
Yo diría que acerté con la indumentaria, quizás algo recargada, pero no desentonaba con el resto de los invitados. Movían pelvis, caderas, hombros y próstatas al ritmo de un bugaloo escupido por un pick-up ( alias tocadiscos ). Uno cree al ver esas películas añejas que la recreación de nuestro país en la época es algo exagerado. Nada más lejos de la realidad. Creía yo estar atrapado en celuloide, incluso pellizqué a un señor con bigote para probar la veracidad de la experiencia. Su recatado insulto dio fe de la época en la que me encontraba.
Fue uno de esos ataques de hipo involuntario, señal inequívoca de la destabilización del flujo temporal en torno a mi persona. Sin saber a ciencia cierta el año de destino de mi salto temporal, opté por, en cuestión de segundos, engalanarme con un conjunto de prendas neutras, de esas que nunca pasan de moda, al menos desde mi sentido de la estética. Recién embutido en un pantalón de pata de elefante, encamisado con chorreras, chaquetilla cuadriculada a la espiguilla con coderas de polipiel y zapatos bonitos, de esos de salir, una música empezó a inundar mis sentidos...y por muchas válvulas de escape que abrí, no tenía escapatoria.
Es frecuente en esta sintomatología el aparecer en lugares apartados del paso, ahorrando el disloque del personal al ver aparecer a un semejante ante sí, influenciado como está todo quisque por esas series de televisión de casos extraños...ya ven ustedes, extraterrestres...como si eso fuera posible. Al grano. Aparecí en una cocina de teca con su hornilla, su horno, su calentador de gas y todas las comodidades. La estructura metálica de las sillas, la capa plástica sobre el suelo y una licuadora me hicieron datar la nueva época como de finales de los 60. El calendario de pared me dio la razón.
Asomé la nariz por la puerta abatible: una animada fiesta tenía lugar en el coqueto salón. El aforo sobrepasaba claramente las posibilidades de la modesta vivienda, es por ello que una señora con pinta de marquesa y rebequita de punto consumiera su armagnac subida al poto decorativo junto a las cortinas. Parecía no importarle. Parecía no ser su primera copa de la noche. Ni la quinta.
Yo diría que acerté con la indumentaria, quizás algo recargada, pero no desentonaba con el resto de los invitados. Movían pelvis, caderas, hombros y próstatas al ritmo de un bugaloo escupido por un pick-up ( alias tocadiscos ). Uno cree al ver esas películas añejas que la recreación de nuestro país en la época es algo exagerado. Nada más lejos de la realidad. Creía yo estar atrapado en celuloide, incluso pellizqué a un señor con bigote para probar la veracidad de la experiencia. Su recatado insulto dio fe de la época en la que me encontraba.
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